Bilis negra.
¿Puedes sentirla fluir por tu cuerpo? ¿Estrujando todo lo que guardas en tu pecho y mente?
Hace miles de años, Aristóteles escribió un corto opúsculo sobre la melancolía, la cual –según su teoría– es el producto del desequilibrio de los humores que segrega el cuerpo humano; el filósofo señala que la melancolía es característica de los genios, una especie de fuerza que les lleva a la autodestrucción. Allí están Heracles, Ayax, Empédocles, Platón y otros para reforzar su creencia. Pero, ¿de verdad esa melancolía, aquella que podríamos advertir hoy como depresión, es signo de grandeza y trascendencia?

En el Problema XXX de su colección de Problematas, Aristóteles identifica un íntimo vínculo entre la melancolía con la locura y la desmesura; caracterizando al melancólico como un ser que no se adapta a la realidad, el ateniense perfila a esta persona como una suerte de criatura heroica en busca del sentido de la existencia.
Contrario a la melancolía-depresión que vivimos en la actualidad, aquella que plaga de incertidumbre y pérdida de ideales a millones, la filosofía griega postulaba a este sentimiento como una perplejidad que movilizaba a cambiar las cosas en un arrebato de inconformidad, desesperación, soledad y falta de rumbo.
Quizá sea tiempo de que recobremos ese entendimiento de la depresión, no como un congelamiento, una reclusión o un corte de tajo con lo que nos rodea, sino como esa borrachera que te incita a participar y a tomar decisiones abruptas. Esa embriaguez que no mide las consecuencias, pero que conlleva actos épicos y plenamente revolucionarios.
Un poco de eso hay en la fotografía de Tristan Petel. Artista cuyos autorretratos se formalizan en el conglomerado de angustia, desesperación, duda existencial e inocencia superada.

En cada una de sus tomas se hace evidente que el hombre frente a la cámara –él mismo– es la consciencia absoluta de que no todos los túneles tienen una luz al final del camino, que después de las tormentas no siempre sale el sol y que tras la partida de las nubes puede llegar la noche completa.
Si es que nos parece pertinente que la depresión vuelva a nosotros como una facultad de intelecto superlativa, de alcances catastróficos pero decisivamente gloriosos en la realidad rehusada, de que los hombres volvamos a ese momento de fragilidad que se convierte en cataclismo purificador, renovador.
En cuanto al género masculino respecta, se nos ha enseñado a los hombres que todo debe estar controlado por la mente, siempre bajo control, en un bosque impenetrable de sombras. Sin embargo, y si es que la depresión-melancolía es ciertamente el signo de nuestra época, debemos dar rienda suelta entonces a la vacuidad. A la mirada perdida que lo arriesga todo.

A los pensamientos nocivos que nada excitan pero todo lo engendran.

Esas desesperanzas que no dirigen a la pasividad, sino todo lo contrario, a la carrera desenfrenada y a la máxima sensibilidad sobre la piel; aquellas que nacen de la contrariedad para morir en el acierto.

La fotografía de Petel no es un retrato de los flacos intereses por la vida; es la aceptación de que todo está perdido y, si es cierto que no hay posibilidades de recobrarlo, ¿por qué no afirmar mediante otros medios lo que parece de principio estar negado para nosotros? Es decir, abrazar las alternativas que el resto repele.

¿Sueños? ¿Dormir? Para qué evadir esporádicamente al mundo si le podemos prender fuego de una vez y por todas.

¿Encerrarse en una habitación para llorar? Si el planeta entero es una prisión en sí, no hay razón para no aprender a manchar dicha jaula.

Tristan Petel mira en una de sus capturas varias luces encendidas; nos queda la duda de si está observando un pastel de cumpleaños, un altar religioso o una ofrenda para su próxima muerte. Lo mismo sucede en un retrato azul con la playa de fondo; ¿acaso está resbalando? ¿Está tomando un último y largo respiro? ¿O disfruta de una alegría inexplicable? Su trabajo se concentra en lo que no va a volver, pero sobre todo en lo que se puede inaugurar con la pérdida. Los secretos gloriosos y las ruinas exquisitas de existir harto de la vida tal cual es.


Si quieres conocer más de Tristan, dirígete a su Flickr oficial o a su Instagram.
**
Ahora lee:
Retratos de hombres que no temen demostrar su vulnerabilidad frustrada
Fotografías de los hombres salvajes que se convirtieron en bestia
