«… mi madre, mi padre y mi abuela y mi abuelo y yo
íbamos conduciendo a través del desierto al amanecer.
Un camión de trabajadores indios había chocado con otro coche.
No sé qué sucedió, pero había indios desparramados
por toda la autopista, sangrando hasta la muerte».
—Jim Morrison
Un accidente de carretera alrededor del cual se reunieron las almas de decenas de miembros de la tribu hopi, rondando sus cuerpos ya sin vida. Ese fue el evento que marcó para siempre la percepción de Jim Morrison acerca de la vida, la muerte y el arte. A través de su música y sus poemas quedaría plasmado ese episodio, no traumático, sino revelador; sobre todo en álbumes como An American Prayer y canciones como “Wild Clid” la estética marcada por esta extraña visión alcanzaría su punto más alto.
Morrison mostró su pasión por la tradición étnica de Estados Unidos mezclando en cuanto podía elementos tanto kwakiutl como hopi; de este modo su trabajo, si lo queremos ver así, no sólo es un gran legado para el rock sino para quienes quieren conocer, más allá de los museos, el legado de quienes han inspirado expresiones y tendencias que recuperan el saber o los elementos lúdicos que otrora servían para ahuyentar o atraer espíritus antiguos.


El impacto visual que ofrecen algunos artículos ceremoniales como los trajes hace que un espectador promedio, aun sin tener conocimientos básicos de antropología, se sienta cautivado por la majestuosidad de su construcción a base de plumas, pieles y vistosas telas que convierten a quien los porta en bestias antropomorfas creadas por un dios antiguo para resguardar a la recién nacida y desorientada raza humana.


Por esa razón artistas como el ya mencionado Jim Morrison, Karin Dreijer Andersson y el fotógrafo francés Charles Fréger no han perdido la oportunidad de captar en su trabajo un poco de la magia que transmiten estos hombres salvajes cuando se encuentran en medio del trance surgido apenas sus pieles tocan los ancestrales atuendos.


Fréger, a través de su serie Wilder Mann, pone en evidencia un hecho que se creía imposible: la transformación del hombre en bestia a partir del folclor. Tal y como lo dictan las antiguas tradiciones de 18 países europeos, la piel o los huesos de algunas criaturas encierran la esencia de sus antiguos propietarios, aguardando a quien quiera prestarle su cuerpo para saltar de nuevo al mundo y confrontarlo con la fuerza de las bestias de antaño.


Plumas, piel, textiles y fibras vegetales, todo lo que implique cierto aire de vitalidad es el material perfecto para la construcción de estos trajes rituales y aleccionadores que resguardan y mantienen viva la cosmogonía, a veces milenaria, de todo un pueblo que se niega a tergiversar sus creencias a pesar de que la idea de progreso implique desplazar lo viejo para dar paso a lo nuevo.


Guardianes u hombres-bestia, en vivo o mediante una fotografía, el poder que estos disfraces transmiten al manifestarse ante la mirada atónita de sus espectadores, les hace pensar en la grandeza del espíritu y de cómo éste, a pesar de todos los aparentes avances de la humanidad, sigue dando fe de que su verdadera fuerza se encuentra en una energía nacida incluso antes de la creación del Universo.


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Para conocer el trabajo de Charles Fréger puedes visitar su sitio web.
