Las Islas Canarias en España son un punto clave en la historia de la piratería después de su conquista en el siglo XV. Dentro de este contexto, destaca un personaje que supuso un antes y un después en los relatos de la piratería en Canarias e incluso en el mundo, y fue Amaro Rodríguez Phelipe de Varrios Machado Lorenzo de Castro y Núñez de Villavicencio, quien nació en la isla de Tenerife y fue mejor conocido como Amaro Pargo (1678-1747).
En sus inicios, Amaro era pirata y cometió cientos de crímenes, pero el remordimiento lo llevó a realizar obras caritativas y a convertirse en devoto religioso. Es por esto y por la inseguridad que causaban los mares de la época, llenos de enemigos, que el rey de España le dio la Patente de Corso para defender a los comerciantes y la corona.

Durante toda su vida destacó como un hombre de negocios, comerciaba con vino de malvasía de su cosecha de viñedos y poseía una destilería, donde realizaba aguardiente y lo exportaba al puerto de La Habana y Venezuela. También mercantilizaba con tabaco y con esclavos negros y tuvo a un fiel criado personal llamado Cristóbal. Con sus comercios y su astucia, obtuvo una enorme fortuna en forma de monedas, joyas, tierras y casas.

En una de sus cuantiosas travesías, una tormenta les impidió mover la embarcación, por lo que Amaro creyó morir, pero recordó el brazo de un crucifijo que su amada tinerfeña le había regalado, así que lo tiró al mar y, casualmente, se calmó. Su amada era a su vez un amor secreto, pues pertenecía a un famoso convento de la isla de Tenerife; cada que volvía de sus viajes, lo hacía no sólo para descansar o comercializar, también para verla y pedirle consejos, a cambio la colmaba de regalos en forma de obras bondadosas; sin embargo, Sor María de Jesús, 35 años mayor que él, no le correspondería, pues su devoción por Dios era más fuerte que el amor por Amaro.
A lo largo de su vida como corsario vivió grandes desventuras, desde apuñalamientos en La Habana, hasta arduas batallas en alta mar, pero esto no le impidió seguir con su cometido. Mientras se encontraba en Tenerife, y a sus 52 años, recibió una terrible noticia: su amada Sor María de Jesús había fallecido; devastado por el hecho decidió hacerse cargo de los gastos del entierro, y entregó dinero a la madre superior del convento para que realizaran misas en honor a la monja.

Amaro, vagando sin rumbo y encerrado en su casa favorita, decidió, tras tres años con la ausencia de su querida Sor María, también llamada la “Sierva de Dios”, comprarle un sepulcro más digno, un sarcófago de madera tallada y policromada,pero al abrir su sepultura se llevaron una gran sorpresa: el cuerpo se encontraba inmaculado, y esto le hizo sentir a Amaro una devoción más grande por su señora.

Amaro era considerado un gran capitán de barco, no permitía que su tripulación bebiera o apostara a bordo, ni llevara mujeres, por eso era muy bueno al capitanear los navíos. A su carácter fuerte y recio le acompañaba su inteligencia y astucia. Era un ciudadano valorado por toda la isla, con sus actos caritativos ayudaba a pobres, presos, conventos, clérigos e iglesias, incluso lo nombraron Caballero Hijodalgo.

Su última batalla la luchó contra un ataque de apoplejía, y tuvo que guardar reposo en cama, de la cual nunca más se levantó. El miércoles 4 de octubre de 1747, alrededor de las 8 de la mañana, el corsario Amaro Pargo falleció; fue enterrado al siguiente día en la capilla de San Vicente, en la iglesia del convento de Santo Domingo, en La Laguna, bajo un sepulcro con la heráldica familiar que coincide con su labor en vida: una calavera con dos tibias cruzadas.

La historia de este corsario temido por los piratas inspiró la saga de videojuegos Assassins Creed 4, por lo que los realizadores visitaron la isla de Tenerife y exhumaron su cuerpo para completar su árbol genealógico y recrear su apariencia, pues en toda la historia de Amaro sólo se conoce un retrato de él. Un de las leyendas que también se cuentan es que el corsario dejó un tesoro enterrado en alguna parte de la isla, por eso muchos han destrozado las propiedades que le pertenecían —dejándolas en ruinas— en busca de este ansiado cofre.
En la actualidad se puede visitar el cuerpo incorrupto de la “Siervita de Dios” en el convento de Santa Catalina de Siena, en San Cristóbal de La Laguna, en la isla de Tenerife, y en el sarcófago está escrito un acróstico con el nombre de Pargo, como muestra de su amor.
Pare aquí el humano afán
A mirar con luz divinal
Rara ave peregrina
Gyrando al cielo Guzmán
O al tronco de Catalina.

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