La eterna angustia humana encuentra en la muerte la raíz de su sufrimiento. Importa poco la astucia de cada persona o su grado académico o religioso; el final del ciclo de la vida es un tema que lo mismo causa miedo que dolor. Probablemente esa negación hacia el sufrimiento es la razón por la que alrededor del mundo han aparecido tantas versiones distintas de cielo e infierno, para la mente humana que constantemente añora la eternidad, pensar que todo se termina con el último latido del corazón es sinónimo de desesperación que, a su vez, comienza a generar escenarios posibles en los que estar muerto no es otra cosa que abrir otra puerta.

Detrás de esa puerta, dependiendo de cada religión y expectativas, se encuentran recompensas o simplemente una prolongación espiritual de la vida. Los mexicas por ejemplo, creían que para llegar al inframundo no era necesario obrar bien o mal durante la estancia en la tierra, pues esas actitudes tenían que nacer del corazón y realizarse desinteresadamente; por otro lado, los pueblos nórdicos estaban seguros de que para llegar al Valhalla (donde habitaban todos los dioses) era necesario morir heroicamente, sobre todo en batalla.

Conocemos todas esas visiones gracias a algunos documentos de dominio público y gran valía histórica, documentales o hasta series de televisión; sin embargo, existen visiones que difícilmente podrían ser transmitidos en dichos formatos, no por ser menos interesantes, sino un tanto más complejas.
La interpretación egipcia, por ejemplo, es una de esas ideas construidas a partir de un considerable numero de reglas compiladas en una serie de papiros conocidos en Occidente como Libro de los muertos. Numerosos autores se han empeñado en asegurar que sólo existió una versión de este texto para todos los egipcios; no obstante, las instrucciones y hechizos que aparecen en estos papiros es distinta a cada una de las tumbas encontradas a lo largo del desierto.

Para una civilización que se levantó en un terreno tan bravo como el desierto del Sahara, tratar temas sobre la muerte era un asunto que no podía esperar: desde la infancia, los niños comenzaban a recibir información valiosa acerca de lo que deparaba este gran salto en el ciclo de la vida, misma que era vista como la antesala de un viaje hacia la luz del sol.

Según las diferentes interpretaciones de este texto sagrado, al morir un egipcio tenía tres opciones: ser huésped eterno de Osiris en el Inframundo, navegar por el cielo en la barca del dios Ra o viajar a un sitio conocido como el Campo de los juncos. Para una persona que provenía de una civilización principalmente agrícola, este último destino era sin duda la añoranza de toda su vida, pues representaba una versión perfecta de Egipto donde los campos eran verdes y las cosechas abundantes.

De modo que bajo esta percepción, la vida y la muerte se presentaban en conjunto como un calendario agrícola en el que cosechabas para que, después de una breve o larga espera —en el desierto la vida podía durar desde una semana hasta varios años—, todo el mundo pudiese cosechar los frutos de su trabajo. Pero claro, como el final de la vida supone un reposo, la estadía en el Campo de los juncos no podía ser una eterna y pesada vida en el campo, por ello cada difunto era enterrado con una figura llamada Shabti, mismo que se encargaría de realizar todas las actividades agrícolas para su amo por toda la eternidad.

Así, los egipcios encontraron, gracias a una serie de hechizos e instrucciones finamente ilustradas, la forma indicada de continuar con su jornada aun cuando la vida parecía haberse terminado; aunque vista desde otra perspectiva, la muerte sólo era un extensión de la vida, sólo que en una versión más relajada y con menos complicaciones. De tal forma que la transición entre ambos mundos resultaba ser un pequeño instante al lado de la eternidad portentosa que les esperaba. Sólo así pudieron calmar su angustia ante un desconocido “más allá”.
