Cuando escuchas o lees la palabra “genocidio”, ¿qué es lo primero que viene a tu mente? ¿El Holocausto? ¿Ruanda? ¿Bosnia? ¿Armenia? Imaginamos a cientos de personas muertas a causa del odio y los prejuicios que han teñido de rojo a varios países a lo largo de la Historia, y que a muchos nos han provocado perder la fe en la humanidad. El término “genocidio” se adoptó después de la Segunda Guerra Mundial con la finalidad de describir la política nazi al cometer asesinatos sistemáticos contra ciertas comunidades —principalmente la judía. En 1944, el abogado Rafael Lemkin creó la palabra al combinar geno —término griego que significa “raza” o “tribu”—, y cidio del latín que significa “matar”.

Para 1948, a la sombra del Holocausto, las Naciones Unidas aprobaron la convención para la prevención y el castigo del genocidio. En esta convención se establece al genocidio como “la aniquilación o el exterminio sistemático y deliberado de un grupo social, por motivos raciales, políticos y religiosos”. Sabemos que el Holocausto ocurrió por cuestiones raciales, en Ruanda por cuestiones étnicas, en la ex-Yugoslavia fue religioso y étnico, el genocidio Armenio por cuestiones políticas; pero, ¿y Camboya? ¿Cuál fue la razón del genocidio que afectó a este país durante cuatro años?
Muchos dirán que fue por cuestiones políticas, pero no fue sólo eso. Quizá todo haya comenzado como una cuestión política utópica, pero terminó por ser un conflicto cultural, racial, étnico, religioso e ideológico. Hacia el final, los motivos eran por demás absurdos; por ejemplo, se asesinaba a personas por el simple hecho de usar lentes. Camboya —un pequeño país del sudeste asiático— fue víctima de una de las masacres más crueles de la Historia. La muerte y el horror sufrido por el pueblo camboyano durante el régimen de Pol Pot —cuyo verdadero nombre era Saloth Sar— constituye una página negra de la Historia universal.

A partir de la guerra en Vietnam y la presencia del comunismo en ese país, ocurrió una invasión paulatina por parte de los norvietnamitas —comunistas— en Camboya. En 1969 se gestó un golpe de Estado perpetrado por el mariscal Lon Nol con apoyo del gobierno estadounidense en el cual se instauró la República Jemer, que se dedicó a luchar en contra de la presencia vietnamita en el país. Sin embargo, ante el aumento de comunistas —tanto vietnamitas como camboyanos— y frente a un gobierno débil, los Jemers Rojos —que eran un grupo guerrillero recién creado y de ideología comunista-maoista radical— comenzaron a fortalecerse para luego tomar el poder en 1975. Establecieron una revolución socialista agraria, en la cual se pretendía reformar a Camboya en una idea utópica en la que sólo existiera una sociedad campesina.

El problema de esta nueva “revolución” era que ellos pretendían eliminar todo indicio de modernidad, avance científico, cultural y cualquier influencia extranjera. La revolución intentó destruir todo aquello que tuviera relación con el sistema capitalista, pero desde una muy particular perspectiva. Con ese objetivo declararon el “Año Cero”, en el cual comenzaron a reescribir la historia de su país.
Pol Pot quería que el campo tuviera el poder, por lo que decidió eliminar todos los núcleos de población de las ciudades y trasladar a las personas al campo. En pocos días, 2 millones de personas viajaron de las ciudades a la zona agrícola, donde fueron explotados hasta la muerte en los sembradíos de arroz. La aniquilación era tal que te podían matar por cualquier motivo: saber otros idiomas, tener estudios de cualquier nivel, por tu vestimenta o tus antecedentes laborales, si usabas lentes o tenías apariencia “intelectual”, si eras monje budista o católico. Incluso te podían matar si platicabas mucho tiempo con tu cónyuge, o si tenías relaciones sexuales por placer y no con el fin de procrear.

Quienes iban a la cárcel sufrían un destino peor que el ser asesinados al momento, pues eran torturados hasta su inevitable muerte. Se sabe que en la antigua escuela —Tuol Sleng— convertida en cárcel, fueron torturados y ejecutados más de 14 mil prisioneros. Los ataques iban desde golpes en la nuca con varas de bambú hasta estrellar las cabezas de los niños en troncos de árboles. Para los jemeres rojos, era necesario “deshacerse” de los enemigos desde la raíz, por eso cuando asesinaban a una persona también asesinaban a toda su familia. Las ejecuciones se hacían públicas, obligaban a la gente a ver cómo mataban a estos supuestos criminales o incluso a matarse entre ellos mismos.
La paranoia era tal que se realizaron purgas internas en las que cualquier miembro del partido podía ser acusado de colaborar con el enemigo, y por lo tanto había que ejecutarlo. Estas purgas internas ocasionaron que muchos miembros del partido desertaran y provocó que el régimen fuera derrocado en 1979. Lo más grave de todo esto fue que al ser derrocado —y después de tantas muertes— Pol Pot se fue al exilio en la frontera con Tailandia, y nunca fue capturado. A pesar de que se llevaron procesos judiciales en su contra e incluso fue condenado a muerte, Pol Pot murió en libertad en 1998 y sin un atisbo de arrepentimiento.

El genocidio camboyano tuvo fuertes connotaciones raciales, religiosas, culturales y étnicas; costó la vida de una cuarta parte de la población. Se convirtió en una absurda revolución en la que todo estaba prohibido: las muestras de afecto, la amistad, la familia, la música, las tradiciones. Los cráneos de más de 4 mil víctimas de este régimen se exhiben en los museos de Tuol Sleng y en el Memorial del Genocidio Choueng Ek en Camboya; son un recordatorio de que las ideas extremistas, la intolerancia y la discriminación conducen a la más despiadada violencia y a la muerte.
*
Desafortunadamente, el siglo XX estuvo marcado por genocidios que cambiaron a la humanidad. Debemos conocer y recordar cada uno de ellos, para tener siempre en mente que jamás será válido atentar en contra de la vida de millones sólo por ganar guerras inútiles y despiadadas.
