Incluso antes del siglo XVIII, el ser humano, llevado por su natural curiosidad, ha tratado de reemplazarse incluso a sí mismo. Con cada avance científico que aparece ante sus ojos, el hombre vuelve a preguntarse acerca de la posibilidad de encontrar un sustituto digno para la mente humana. La razón por la que esta tendencia cobra cada vez más adeptos a medida que avanza el tiempo, por increíble que parezca, es una cuestión de mera comodidad. Ya sea por un asunto de misantropía o para prescindir de mano de obra a la que se le tenga que remunerar, el sueño del autómata perfecto se mantiene vigente.

Hoy nos es posible hablar de Inteligencia Artificial con la seguridad de que algo como eso, de una forma u otra, existe gracias a la ciencia. No obstante, hace cuatro siglos hablar de esta tecnología sólo era posible si se le relacionaba con pequeños mecanismos que emulaban comportamientos animales, aunque esto era sólo una ilusión, porque eran precisamente eso: movimientos mecanizados y no conductas voluntarias surgidas de una especie de conciencia artificial.

Relojes cucú o cajas de música con personajes que parecían bailar al ritmo marcado por las lengüetas de metal dentro de la maquinaria del juguete; los inicios de la robótica que para el siglo XVIII se presentaban como un gran avance en ese campo. Sin embargo todo cambió cuando llegó “El Turco”, un aparato que bien podría ser considerado el abuelo de las máquinas de adivinación en las ferias antes que el predecesor de la AI.

El audaz invento apareció por primera vez en Viena, siendo operado por Johann Maelzel quien (para que sus espectadores no creyeran que se trataba de una estafa) dejaba al descubierto una pequeña cabina en la que decenas de engranes giraban simulando hacer funcionar a un maniquí que jugaba ajedrez con los asistentes. La maestría del personaje en el juego era tal que personalidades como Benjamin Franklin y Napoleón Bonaparte en verdad creyeron que estaban frente a una especie de mecanismo genio capaz de vencer a la mente humana en su propio juego.

Por otro lado, estaban quienes sabían —o al menos sospechaban— que dentro de la cabina había una persona operando el mecanismo, sin embargo, al ser un lugar reducido, mentes como la de Edgar Allan Poe comenzaron a formular teorías en las que intervenían enanos que eran genios en el ajedrez, aunque quedaba pendiente la incógnita de cuáles eran las posibilidades de encontrar a tantos enanos que reunieran las aptitudes para operar cada una de las copias del turco que existían. La verdadera historia detrás de todo ello es que Maelzel contrataba a todo aquél habilidoso del ajedrez que estuviese dispuesto a pasar semanas enteras encerrado dentro de una caja.

Historias como la de El Turco son muestra irrefutable de nuestra necesidad de encontrar una realidad fantástica que de alguna manera reemplace todos los horrores que representa la cotidianidad humana, pues, a pesar de que la verdad detrás de la máquina fue revelada, personajes como Charles Babbage retomaron la idea de la supermáquina para llegar a crear las primeras computadoras como la máquina diferencial o, ahora sí, lo que conocemos como Inteligencia Artificial y de esta manera prescindir un poco más de la subjetividad humana.
