
Se ganaba la vida como instructor de karate y zumba en el gimnasio del cual era propietario. Además fue militar (ex subteniente del Colegio del Aire especializado en el mantenimiento de aeronaves en los estados de Coahuila y Chihuahua) y alguna vez impartió catecismo. Ninguna de estas actividades lo pusieron en los reflectores de la sociedad sino hasta que se convirtió en asesino. Entre 2010 y 2014 Filiberto Hernández Martínez, apodado por los medios de comunicación como “El estrangulador de Tamuín”, robó la vida a cuatro niñas y una joven de 32 años de edad.

Filiberto Hernández Martínez es originario de Estación Velasco del municipio de Ébano, San Luis Potosí colindante con Tampico, Tamaulipas. Nació en 1971 y al no concluir sus estudios se enroló en las filas del ejército. Su familia compuesta por sus padres Marcelino Hernández y Julia Martínez, además de tres hermanos y una hermana, dejaron de verlo desde entonces.
Después trasladó su residencia a la colonia Juárez en el municipio de Tamuín, cercano a Ébano en la región Huasteca de San Luis Potosí. En esta región fue donde “El estrangulador de Tamuín” secuestró, violó y estranguló a las menores Dulce Jimena Reyes Hernández, de 9 años, Itzel Romani Castillo Torres, de 11, Adriana Martínez Campuzano, de 13, y Rosa María Sánchez González, además de Eliehoenai Chávez Rivera, de 32 años.

La Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE), ya prevenida por los feminicidios, detuvo en 2014 a este hombre por portar arma blanca. En su interrogatorio Hernández Martínez terminó confesando sus crímenes e incluso llevó a la justicia hasta los cañaverales donde arrojaba los cuerpos en la comunidad La Puntilla. También dijo que los crímenes los había cometido totalmente consciente de lo que estaba haciendo y sin la ayuda o protección de nadie.
En el interrogatorio, Filiberto Hernández Martínez, de 43 años, aseguró que en el caso de Adriana Martínez Campuzano le ofreció llevarla hasta su casa cuando la menor esperaba el transporte público a las afueras de la secundaria donde estudiaba. Era el 29 de octubre de 2010. Él manejaba una camioneta de su propiedad en la cual golpeó a la estudiante hasta dejarla noqueada después de que ella se negara a mantener relaciones sexuales con él.

Llevó el cuerpo hasta su casa en donde abusó de la menor y la estranguló. Después envolvió en una cobija el cadáver, lo metió en la camioneta y condujo por un camino de terracería hasta Pujal Coy, a la altura del Ejido La Primavera donde tiró el cuerpo en un cañaveral. Al volver a casa quemó la ropa y los libros de texto de su víctima.
Días después de su detención y declaración acerca de los feminicidios, el asesino negó las acusaciones que lo señalaban como “el estrangulador de Tamuín”: “Es mentira de lo que se me está acusando; yo, como buen ciudadano, católico, padre de familia, y a pesar de dedicarme a las artes marciales, enseño los valores de la familia a la sociedad, principalmente a niños, por lo tanto es mentira todo esto que me están levantando”.
Hallazgo de una de las víctimas de Filiberto Hernández Martínez.
Pero todo señalaba lo contrario y el 15 de julio del 2014 se le dictaminó auto de formal prisión por feminicidio en contra de Eliehoenai Chávez Rivera, empleada de la empacadora Ensacar y a la que conoció en las clases de zumba que él impartía en su negocio. También estaban las pruebas de los cuerpos hallados en los cañaverales pertenecientes a las menores desaparecidas, todas ellas alumnas de la escuela de karate y zumba perteneciente al “Monstruo de Tamuín”.
Entrevistado por el periódico Pulso de San Luis Potosí, el padre de Filiberto, Marcelino Hernández, declaró: “Dicen que hay que pagar como 50 mil pesos de fianza. Pues de dónde, no tenemos dinero. Filiberto rentaba la casa donde vivía, ahí dejó todo y no podemos entrar porque sólo él sabe. Ni modo, él se lo buscó”.
Don Marcelino Hernández en entrevista para el periódico Pulso. Fotografía: Periódico Pulso
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