La brujería es un buen negocio para charlatanes. Ése es el primer pensamiento que ronda por la tendenciosa mente de alguien que simplemente esconde falta de flexibilidad detrás de una careta de intelectual, apenas alguien comienza a hablar de adivinación, hechizos o espíritus, su boca comienza a producir ruidos semejantes a quejas y burlas que poco aportan a la conversación. Lo único cierto detrás de todo ello es que, ignorando a estos personajes, la magia y la brujería son una parte esencial de nuestra historia.



En un estricto sentido, la hechicería y la alquimia no son otra cosa más que los antecedentes inmediatos de la química y la farmacéutica. Por ello, quienes dedicaron su tiempo y conocimiento a realizar estas prácticas deben ser considerados como los primeros médicos y científicos de la historia. Ya sean brujos, hechiceros o chamanes, el respeto de una comunidad hacia sus figuras es totalmente compresible, considerando que prácticamente tienen entre sus manos la clave para asegurar la salud de todo un pueblo, usando nada más que lo que la naturaleza pone a su disposición.




Sin embargo, a pesar de la gran responsabilidad que descansa sobre sus palmas, también entra en juego el terrible espíritu humano; ése que impide que las personas puedan despegarse de su lado más oscuro y los lleva a atentar con la vida y espíritu de quienes consideran obstáculos o enemigos. Para ellos la magia también tiene un lugar especial, religiones como el vudú originario de Togo, Ewe, Kaybe y otras regiones del África Occidental, ponen a la disposición de sus adeptos una serie de rituales y fetiches enfocados especialmente a infringir daño hacia otras personas.




Fabricados bajo la supervisión de un bokor —nombre que reciben los chamanes africanos—, artefactos como las ya famosas muñecas de trapo con alfileres encierran dentro de sí un poder inimaginable. En términos modernos, dichos objetos son como una especie de control remoto con el cual se puede manipular tanto el alma como el cuerpo de la persona hechizada. Generando males que van desde fuertes dolores hasta pensamientos impuros; todo los cambios y males que se le ocurran a quien solicita el hechizo pueden ser ocasionados a distancia, a menos que el afectado encuentre, con otro bokor que revierta el hechizo.


Pero, ¿de dónde se obtienen los materiales para realizar semejantes trabajos? Sencillo, así como en México hay mercados especializados en magia y brujería, en las principales cunas del vudú africano también existen sitios en los que es posible comprar todo lo necesario para realizar estas artes. El más famoso de todos ellos es el de Akodessewa en Togo, no en vano es considerado la capital de la magia negra.




Desde cabezas de monos, leones y cocodrilos, hasta algunas partes humanas como las extremidades de personas albinas, todo lo que se vende ahí tienen un propósito específico, que sólo quienes cuentan con dichos conocimientos milenarios pueden usar a su conveniencia. Además de cadáveres, hay también criaturas vivas; gallinas y cabras cuya presencia en ceremonias yoruba —una religión con orígenes en el vudú— implica un sacrificio de sangre, lo cual complace a sus deidades, haciendo que éstas otorguen sus favores con mayor facilidad.




Más que por el miedo o la efectividad de los procedimientos que todas estas prácticas prometen, el respeto hacia ellas viene de un sentido histórico y de pertenencia que no podemos dejar de lado. La magia y la hechicería despertaron las inquietudes científicas del mundo en general, de modo que pensar si quiera que son en sí mismas una tontería es suponer que nuestra historia no es más que eso; un infinito sinsentido que es mejor ignorar para continuar por el llano camino del progreso que no ofrece sino una visión cuadrada del mundo.
Fotografías de Cameron Karsten y Giancarlo Majocchi.
