"Bagazas, huilas, leperuzcas, cuscas..." los primeros prostíbulos de la Ciudad de México

Miércoles, 17 de octubre de 2018 17:55

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la historia de los primeros prostibulos de la ciudad de mexico

Descubre el oficio más viejo del mundo con la historia de los primeros prostíbulos de la Ciudad de México en este texto de Héctor de Mauleón.

Texto escrito por: Héctor de Mauleón


En el séptimo tramo de la calle de Mesones hay una placa que recuerda el sitio donde estuvieron los primeros burdeles que hubo en la metrópoli. Dice así:


En esta calle se establecieron en el siglo XVI las primeras casas de tolerancia de la ciudad.


Apenas se hubo destinado un sitio para cosas tan esenciales como la cárcel, la horca y la carnicería, los fundadores de la ciudad virreinal comprendieron que tarde o temprano iban a requerir un espacio para el niño Amor y su abismo —o, para decirlo a la manera de Quevedo, para la "oh barata y alegre putería"—: un lugar en el que los hombres solos, los militares y aventureros que llegaban día con día a poblar la capital, pudieran desfogarse en "tragos, tajadas y gandaya".


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En 1538, con una cédula que terminaba con la frase: "Yo, la Reina", la Corona autorizó el funcionamiento del primer prostíbulo de la ciudad. No se sabe a ciencia cierta dónde fue instalado; lo habitaban mujeres españolas recién desembarcadas.


En 1542 se concedieron cuatro solares al final de la calle de Mesones para que allí se construyeran cuatro casa públicas de mancebía. En la entrada de estas casas, según las ordenanzas de la época, debía colocarse una rama de árbol, símbolo que desde tiempos inmemoriales dejaba claro el oficio que se practicaba en ellas. De ahí deriva la palabra "ramera", aunque el público novohispano —misógino, como el propio Quevedo— prefirió referirse a las prostitutas con una batería de nombres despectivos: putas, bagazas, huilas, leperuscas, cuscas.


Aquel tramo de Mesones recibió desde entonces un nombre encantador: calle de las Gayas —es decir, calle donde viven las alegres, las ligeras.


A pesar de encontrarse lejos de la Plaza Mayor, o quizá por esto, las casas de mancebía fueron acogidas de manera espectacular por los caballeros de la Nueva España. El piadoso fray Juan de Zumárraga no tardó en denunciar ante el rey a dos sacerdotes, Rebollo y Torres, que salían de noche "con pretexto de ir a buscar ídolos para destruirlos", y en realidad atravesaban Mesones para ir a idolatrar a las ruidosas gayas.


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El escándalo que se vivía en la calle era tan rotundo, que "Ortiz, el Músico", quien poseía ahí una escuela "de danza y tañer" —según Bernal, fue el que introdujo el arte de la música en la Nueva España—, pidió permiso al Ayuntamiento para cambiar de domicilio; literalmente, para llevar su música a otra parte.


Felipe II reglamentó, en 1572, las casas públicas de la ciudad. A cargo de cada una debía estar "un padre" o "una madre" encargados de vigilar la aplicación del reglamento (de ahí los términos "padrote" y "madrota"). Las gayas debían ser mujeres huérfanas o abandonadas por sus padres. Estaba prohibido enrolar vírgenes, menores de doce años y mujeres casadas, o que debieran dinero.


Según la historiadora Josefina Muriel, en aquella ciudad amortajada por su moral, en la que la honra de las mujeres decentes debía ser salvaguardada a toda costa, a los hombres no les quedaba otro recurso que refugiarse en los burdeles. En consecuencia, las prostitutas se enriquecieron. Algunas de ellas llegaron a ostentar "lujos tan inmoderados" que se levantó en su contra una airadísima protesta. Una ordenanza encaminada a distinguirlas de "las personas de calidad" les prohibió usar vestidos de cola y andar por la calle con mozas que se las levantaran. Se les prohibió también usar tacones altos, arrodillarse sobre cojines durante la misa, así como lucir "oro, perlas e seda".


Pese a las ordenanzas, muchas de ellas se dejaban ver en sus propias carrozas y tenían a su servicio criados de librea. Existe un decreto de 1670 que enumera a algunas de las gayas más famosas de ese tiempo. Sus apodos resultan inolvidables: "la Chinche", "la Sedacito", "la Vende Barato", "las Priscas" —las ingenuas— y "la Manteca" —ignoro si por la blancura de su piel o por la consistencia de sus carnes.


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Desde 1525, año en que Pedro Hernández Paniagua solicitó permiso para establecer un mesón en el que pudiera brindar a los viajeros "carne, pan e vino", Mesones comenzó a erigirse en una calle de hospederías por la que a toda hora rondaban arrieros, comerciantes, buscavidas; también nobles y aristócratas que según una denuncia anónima, al entrar en los burdeles, lo hacían con la cara tapada. Por eso, Artemio del Valle Arizpe escribió que en las Gayas "los pecados andaban por lo alto y las virtudes por el suelo".


Durante una razia efectuada en 1809, una mujer declaró que había entrado al prostíbulo sólo para cobrar el importe de una colcha que le debían, y un administrador, al que habían pescado con los calzones en la mano, aseguró que había acudido a ese sitio "a pedirlos prestados"; a casi tres siglos de las excursiones nocturnas de los sacerdotes Rebollo y Torres, la picaresca se sostenía como una de las señas de la calle.


En la segunda mitad del siglo XIX, la apertura de una institución más cómoda y refinada, el hotel, marcó el declive de los mesones. "Nadie que se tiene en algo los habita: los pobres y las bestias son los únicos que buscan su abrigo. Pronto tal vez desaparecerán", escribió a finales de ese siglo Luis González Obregón.


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Murieron los mesones y se llevaron consigo las innumerables mancebías. La geografía sexual se trasladó a otros rumbos.


De las placas que uno encuentra en las calles, la de Mesones es, sin duda, mi favorita.


Si quieres saber más historias de la Ciudad de México que seguramente no conocías, las encuentras en La ciudad oculta, un libro de Héctor de Mauleón, editado por Planeta. En este primer tomo se narran 500 años de historia desconocidas acompañadas por fotografías de las época para revelar personajes y secretos de la imponente Ciudad de México. Entre sus páginas podrás encontrar historias como: El embalsamamiento de Maximiliano, Del olor a la ciudad de México, Gabriel Figueroa, el desconocido; Las momias de Santo Domingo y La calle de las boticas.


Si te gusta la historia pero no soportas los textos aburridos, La ciudad oculta se convertirá en uno de tus libros favoritos.


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