Historia de nacos y mirreyes: desigualdad y clasismo en México

Historia de nacos y mirreyes: desigualdad y clasismo en México

Por: Diego Fernandez -



"(...) Comprendí que no había un México sino muchos Méxicos".

  Fernando Benítez



No hay duda de que algunos aspectos de la cultura popular en México son atávicos. En 1521 dio inicio la Colonia de la Nueva España, y durante los 300 años que duró esta etapa histórica los peninsulares se encargaron de sembrar la semilla de una nueva raza y con el paso del tiempo se estableció una forma distinta de organización social, en la que destacó una desigualdad imperante y un hedor terrible a racismo que, aún en nuestros días, permanece impregnado en el ambiente de este país. Como ya sabemos, los nativos conquistados fueron acomodados en los cinturones del lago de Texcoco, mientras que las encomiendas se establecieron en los mejores sitios del valle lacustre, explotando las riquezas, pero también dándole forma a una ciudad naciente con edificios de carácter religioso, administrativo y residencias de élite criolla y peninsular.

Para la organización social en la Nueva España se creó una pirámide en la que los peninsulares ocupaban la cúspide seguidos por los criollos; después venían los mestizos; el cuarto lugar era para los indígenas y en la parte más baja de esta estructura radicaban los esclavos negros.

México y el clasismo

En tiempos coloniales, identificarse con una casta marcaba el rumbo de la vida de todos los habitantes de la Ciudad de México. La casta a la que se pertenecía determinaba dónde vivir, qué oficio practicar y hasta con quién era posible casarse y procrear.


"La presencia de las clases sociales se exalta en la cultura
y en la contracultura de México".

Algunos historiadores explican que la Independencia de 1821 le dio un vuelco a la forma en la que la sociedad mexicana se organizaba. A pesar de terminar con el poder político y económico de los españoles, la cultura del clasismo y el racismo no desapareció en el México independiente. 

Clasismo en México

En la actualidad ya no nos distinguimos por medio de nuestra raza –aunque sigue muy presente la idea del valor racial entre nosotros–, ahora se le da más importancia a las costumbres, al cuidado de la apariencia y a la educación del individuo. A pesar de ser mal visto, también la capacidad monetaria es determinante para perfilarse en la sociedad mexicana.

La presencia de las clases sociales se exalta en la cultura y en la contracultura de México. El pobrísimo contenido de la televisión mexicana tiene en su bagaje una serie de telenovelas cuyas historias -refritas y manoseadas hasta el cansancio- nos muestran siempre al habitante de una colonia baja que se enamora de un millonario imposible que termina siendo posible. 

El cine tampoco se queda atrás en la divulgación de los amores clasistas. Llega a mi mente la película "Amarte duele" (2002): trama que emula a Romeo y Julieta en el siglo XXI: Renata, la niña fresa y pudiente se enamora de Ulises, el mísero naco. Aunque desde otra perspectiva, este filme es más una crítica a la discriminación y a la intolerancia, pues desde su primera proyección desató un sinnúmero de críticas hipócritas que se resumían en una indignación ante el clasismo que promovía el filme.



El naco tiene su origen histórico en los totonacos, los habitantes de la provincia de Totonacapan; quienes fueron despreciados por otras culturas mesoamericanas. En 1519 mil 300 totonacos se aliaron a los 500 hombres de Hernán Cortés para enfrentar a los mexicas. El término “naco” se refiere, en su esencia, al indio. Este vocablo despreciativo surge a principios de la década de los 60 del siglo pasado para referirse a lo que antes se le conocía como “el pelado”. La naquiza, más allá de su postura socioeconómica, se logra identificar por distintas características que los envuelven: su aspecto físico, su forma de hablar, sus gustos personales y su visión ante la vida. Carlos Monsiváis define al naco de la siguiente manera:

“El naco es aquel que quiere aprender karate, quien le apuesta su alma al Cruz Azul, ahorra con sus amigos para jugar squash una vez al mes, le tupe al futbol llanero, sigue iniciándose con prostitutas, le entra ilusionado a los cursos de inglés de donde nunca saldrá a conversación alguna. Seré sintético: enajenada, manipulada, devastada económicamente, la naquiza enloquece con lo que no comprende y comprende lo que no la enloquece. La naquiza hereda lo que la clase media abandona”.



"Los nacos evitan a los mirreyes
y los mirreyes evitan a los nacos
porque así lo dicta el manual de convivencia en México".


La definición de Monsiváis va directo hacia la clase social, pero la realidad es que el naco no es el pobre, sino el maleducado, el lépero, el que incluye nueve groserías en una oración de 10 palabras. El naco es un personaje mítico de la cultura mexicana que vive en pugna con el gran derrochador, con el pudiente, con el que presume lo que tiene porque quiere y puede, es decir, con el denominado “mirrey”.

Para evitar darle vueltas a la definición del mirrey –buscando ir al grano– transcribo la definición que el periodista Alberto Tavira hace de este mítico personaje:

“Los mirreyes son una tribu urbana que surgió echando a la licuadora dos heterosexuales, un tecnosexual, un medio de ubersexual y cinco homosexuales… A todos ellos los licuaron con tres cucharadas de Luis Miguel, un litro del autobronceador de Roberto Palazuelos, dos copas de champaña, dos cucharaditas de Splenda y un clavel rojo de Oscar Wilde… Hombres con camisa desabotonada, mínimo hasta donde inicia el vello púbico, que gustan de colgarse rosarios de madera y, cuando van a persignarse, comienzan la bendición diciendo: ‘En nombre del Papalord…’”.

Mirreyes, clasismo México

El mirrey es el junior, el hijo de papi que nació acostumbrado a conseguirlo todo tan sólo con un chasquido de dedos. Este ser, a diferencia del naco, sí depende de su nivel socioeconómico, pues entre sus acciones destacan: presumir sus pertenencias, viajes a destinos lejanos y excesos en sus redes sociales. El mirrey no camina solo; siempre lo acompaña su “lobuki”, la niña fresa de buena familia que busca ser la mirreina del territorio que probablemente el mirrey herede de su padre.

Algo que caracteriza al mirrey es el despilfarro del dinero que no es suyo: el gasto excesivo en el antro o en la fiesta (mínimo de 10 mil pesos), la nula capacidad ahorrativa, su escasa noción de ganarse el pan con gotas de sudor y el afán de vivir la vida loca sin darle importancia a la preparación cultural y académica; muchos estudian en las universidades más nice de México y fingen saber más de lo que saben en realidad, pues hablan de lo que vieron en su última visita al Louvre o al Museo del Prado.

Estereotipos clasistas

Los nacos evitan a los mirreyes y los mirreyes evitan a los nacos porque así lo dicta el manual de convivencia en México. Seguimos aferrados a la diferencia, a la preferencia por una clase social, a los prejuicios  y a los complejos enfermizos heredados de la Conquista. La fuerza de los personajes urbanos es la evocación de los arquetipos que consagran nuestra cultura. Seguimos viviendo con el fantasma de la Historia susurrándonos al oído.
México es un mosaico de tribus, de símbolos y riñas entre clases que alimentan nuestra cultura popular. Para concluir, hay que aclarar que estos dos entes culturales no son los únicos protagonistas de la sociedad mexicana, pero lo cierto es que son mayoría. La desigualdad y el clasismo siguen presentes en México y, aunque no sintamos su peso, los llevamos a cuestas sobre la espalda.

 

**
La cultura mexicana, al igual que el resto, es muy compleja; es necesario recurrir a su Historia para comprender a fondo las razones y consecuencias de su transformación, de la manera en la que se ha construido la identidad y ha ido evolucionando


Referencias: