Una de las mentes más importantes de la ciencia del siglo XX, fue al mismo tiempo una brillante feminista, incansable promotora por los derechos humanos y luchadora contra el fascismo. A pesar de su longevidad (murió a la edad de 103 años), se mantuvo completamente lúcida hasta el último día de su vida. No sólo eso: mantuvo una posición vanguardista en sus ideas sobre la solidaridad, la igualdad social, la participación de las mujeres en la ciencia y la política europea.

Se trata de Rita Levi-Montalcini. Nació en Turín en 1909 y se dedicó al estudio de las ciencias a pesar de la negativa y el enojo de su padre, quien la obligaba a olvidarse de los libros y cumplir con los quehaceres domésticos. Cuando por fin logró sacudirse el yugo machista de la sociedad, ingresó a la Facultad de Medicina. Era 1936 y el fascismo conquistaba buena parte de Europa, incluido su país natal. Las leyes antijudías fueron decretadas por Mussolini y tuvo que abandonar la recta final de sus estudios en Medicina, pero no se alejó de sus ideales. Rita se unió a las tropas aliadas y fungió de doctora para la resistencia. La Segunda Guerra Mundial estalló y tuvo que huir a Florencia, donde montó un laboratorio casero con el objetivo de seguir sus investigaciones en neurología.
“La científica diferenció el amor de las leyes del hombre y de las leyes que se creen divinas pero también son parte de las primeras. Tuvo claro su rechazo hacia el matrimonio desde que era una adolescente, en ese entonces su padre tomaba todas las decisiones en casa a pesar de lo que dijera su madre”.
A pesar de que estuvo vinculada emocionalmente con distintos hombres durante su vida, Levi-Montalcini nunca pretendió contraer matrimonio. La científica diferenció el amor de las leyes del hombre y de las leyes que se creen divinas pero también son parte de las primeras. Tuvo claro su rechazo hacia el matrimonio desde que era una adolescente, en ese entonces su padre tomaba todas las decisiones en casa a pesar de lo que dijera su madre. Con menos de 15 años, Rita se acercó a su padre para informarle lo que pretendía: no ser madre ni esposa, sino científica y ayudar a aquellos que más lo necesitan. 75 años después, sin hijos ni esposo y con decenas de premios a cuestas, la italiana replica su pensamiento de entonces con sencillez: “Soy mi propio marido”.

En 1947 inició su portentosa carrera como investigadora en el área de Neurología de la Universidad de Missouri. Se interesó especialmente por el funcionamiento de ambos hemisferios del cerebro y la reproducción celular, estudio que la llevó a la fama cuando ganó el premio Nobel de Medicina por su descubrimiento de los factores de crecimiento de las células, la base científica sobre la que se erige el estudio de la neurología moderna.

Durante sus últimos años, la científica siguió trabajando e investigando tan arduamente como lo hacía cuando era joven, con la máxima de que todo lo que no se utiliza se desgasta. Todos los días acudía al European Brain Research Institute, el organismo que fundó con la misión de aumentar el conocimiento sobre las células humanas. En ese sitio supervisaba y dirigía las investigaciones de científicas (todas féminas), pues siempre creyó en la ciencia como una práctica liberadora, capaz de terminar con los rezagos en el pensamiento que creen que existe diferencia entre las razas y los géneros.
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