Historia

Darwinismo social: la peligrosa teoría que legitima la desigualdad y explotación

Historia Darwinismo social: la peligrosa teoría que legitima la desigualdad y explotación




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Desde que vio la luz, la teoría del origen de las especies por medio de la selección natural siempre ha estado envuelta en polémica. El darwinismo es comúnmente celebrado al interior de la comunidad científica por enterrar definitivamente las aspiraciones religiosas y explicar el estado histórico y actual de todos los seres vivos, desechando el mito de la creación.

A través de minuciosas observaciones científicas, Darwin asentó las bases de la teoría de la evolución, replicadas y probadas posteriormente hasta el cansancio en un sinnúmero de especies animales y vegetales; sin embargo, la naturaleza estrictamente social del conocimiento obliga a mirar los avances anteriores en vías de generar una teoría evolutiva coherente: lo estudiado por Diderot, Charles Wells y especialmente,
Jean-Baptiste Lamarck y Patrick Matthew. Estos últimos establecieron las bases reales sobre las que se erigió la teoría de la evolución, obviados a menudo por el dominio darwinista de la historia de la biología.

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La relevancia científica de la evolución es innegable y su aplicación práctica como modelo explicativo del devenir biológico de la vida en la Tierra, incontestable. La revolución teórica que trajo consigo significó terreno fértil para el nacimiento de ciencias naturales auxiliares tan relevantes como la genética y el desarrollo de avances técnicos considerables en la reproducción de especies animales y vegetales. Pero en contraposición a todos los beneficios que reportó el hito darwinista, su intento de aplicación en la sociedad ha jugado un papel tan funesto como miserable en la historia de los siglos XIX y XX.


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Toda expresión humana es al mismo tiempo la expresión de un periodo histórico determinado y el contexto de la Inglaterra victoriana en que Darwin escribió su teoría influyó definitivamente sobre su carácter. Durante los primeros años del siglo XIX, la Revolución industrial desarrolló vertiginosamente la productividad del trabajo, generando un crecimiento económico y demográfico como nunca antes en la historia de la humanidad con su obvia contraparte, un aumento mayúsculo en la desigualdad entre clases. Las calles de Inglaterra se convirtieron en verdaderos vertederos de miserables, gente que con las leyes de cercado y el afianzamiento del capitalismo perdió sus medios de subsistencia causaba escarnio a la burguesía nacional y su presencia se convirtió en un tema polémico.


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Las leyes de pobres que operaban en Inglaterra desde 1562 como un sistema de asistencia a los más miserables fueron cuestionadas en sendas ocasiones y una de esas críticas fue la que inspiró a Charles Darwin en su principio de la evolución: Thomas Malthus utilizó los conocimientos demográficos de la época, especialmente los estudios de Wallace, para demostrar la tendencia al superpoblamiento como un fenómeno inherente de la especie humana que exige la desigualdad social y prohíbe la asistencia.

Malthus desarrolló una teoría a modo de justificación ideológica para terminar con la polémica sobre las leyes de pobres bajo una simple premisa: la población crece en razón geométrica, mientras los medios de subsistencia lo hacen en proporción aritmética, de modo que si la humanidad pretende evitar una catástrofe alimentaria, debe hacer de lado las aspiraciones de igualdad entre los hombres, perpetuando una competencia por la supervivencia.

Darwin aceptó en distintas ocasiones que su teoría estaba fuertemente influida por la noción de competencia de Malthus; sin embargo, el verdadero alcance del darwinismo aplicado en la sociedad no apareció a todas luces hasta veinte años después de la publicación de "El origen de las especies". Un ingeniero inglés con pretensiones de filósofo llamado Herbert Spencer, tomó los postulados positivistas de la sociología naciente y los unió a la versión más llana de la teoría de la evolución, afirmando con seguridad que el mecanismo por medio del cual se originan todas las especies, la selección natural (el proceso mediante el cual los miembros con características mejor adaptadas a su ambiente mantienen una posibilidad más alta de sobrevivir, mientras la población menos apta posiblemente perecerá) podía ser aplicado igualmente al "desarrollo" de la sociedad. Era el principio del darwinismo social.


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La teoría planteada originalmente desde el campo de la biología evolutiva, poseía un inmenso potencial como justificación ideológica para posicionar el valor de una raza sobre otra, de los ricos sobre los desposeídos, de los letrados sobre los ignorantes. Spencer acuñó el término "supervivencia del más apto" para explicar el motor de la sociedad, mismo que Darwin a su vez, tomó previamente de Malthus. Muy especialmente, el darwinismo funcionó como un hito que no solo estipulaba que la competencia, la desigualdad y la explotación del modo de producción capitalista eran el camino a seguir en aras del progreso humano desde la óptica positivista, sino que establecía las bases "científicas" de la dominación racial y de clase en la sociedad liberal.


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Pero ¿qué pensaba Darwin de todo esto? Los biólogos y científicos románticos, seguidores a muerte del biólogo inglés, afirman que le provocó horror y tristeza ver cómo la extrapolación de sus trabajos funcionaba a la perfección para consentir la opresión humana. En realidad, el mismo Darwin, al tener contacto con los asiduos seguidores que alimentaban la corriente pseudocientífica del darwinismo, se mostró no menos que complacido. En una misiva respondiendo a Heinrich Fink, partidario de la aplicación del darwinismo social en la legislación, el científico afirmó:

"Los sindicatos también se oponen al trabajo a destajo (en suma, a toda competición). Me temo que las sociedades cooperativas que muchos ven como la principal esperanza para el futuro, igualmente excluyen la competición. Esto me parece un gran peligro para el futuro progreso de la humanidad. No obstante, bajo cualquier sistema, los trabajadores moderados y frugales tendrán una ventaja y dejarán más descendientes que los borrachos y atolondrados".

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Si, como dijo Engels, "Darwin no sospechaba qué sátira tan amarga escribía de los hombres, y en particular de sus compatriotas, cuando demostró que la libre concurrencia, la lucha por la existencia celebrada por los economistas como la mayor realización histórica, era el estado normal de las bestias", el mismo filósofo nunca sospechó que Darwin era consciente de que su teoría formaba parte, ya no de una sátira, sino de una justificación pseudocientífica de la lucha por la competencia por la vida entre los hombres.

El mismo hombre que realizara un histórico viaje a las Galápagos dejó claro que el darwinismo social no le molestaba; al contrario, era un partidario de la superioridad racial, misma que manifestó en distintas ocasiones. Entonces surge la pregunta obligada: ¿La teoría de la evolución, pilar de la ciencias naturales modernas, es también un intento de legitimación de superioridad de una raza sobre otra? ¿La teoría de Darwin tiene un ápice de aplicación social? ¿Acaso "el origen de las especies" nació envenenado y sesgado por la ideología desde el momento en que Darwin tomó los principios justificativos de Malthus sobre la desigualdad social?


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La verdad sobre una de las máximas conquistas del conocimiento humano se revela como un duro recordatorio de que el carácter de la ciencia se determina a través de quien la posee. El darwinismo sirve aún en nuestros días de investidura y sustento ideológico a una clase política e históricamente identificada. La ciencia y el conocimiento tienen un fin intrínseco, que en ocasiones, lejos de concretarse, es utilizado por pequeñas minorías que ostentan el poder en una sociedad determinada y lo peor: consentido por la misma comunidad científica. Puede que vestirse de bata y echarse en la espalda décadas de complejos estudios y exquisitos conocimientos en busca de resolver los más grandes misterios que propone la ciencia sea una actividad totalmente estéril, si omite a cada paso el carácter social del conocimiento. 


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Fuentes:

Sandin, Máximo, Sobre una redundancia: El darwinismo social, ASCLEPIO, Vol LII, Fascículo 2, 2000

Denis, Henri, Historia del pensamiento económico, Ed. Ariel, Barcelona, 1970



Referencias: