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HISTORIA

‘Pachita’, la chamana mexicana que superó a María Sabina por ‘curar con las manos’ y que nadie recuerda

Conoce la historia de la curandera poderosa que afirmaba estar poseída por el espíritu de Cuauhtémoc, el último gobernante de Tenochtitlán.

*Artículo publicado originalmente en noviembre de 2016*

Bárbara Guerrero, conocida como ‘Pachita’, fue una curandera nacida en 1900 en un pueblo de Chihuahua, que afirmó estar poseída por el espíritu de Cuauhtémoc, el último gobernante de Tenochtitlán. Uno de los supuestos ‘milagros’ que Doña Pachita hacía era el de realizar complicadas operaciones en su casa guiada por los espíritus para dejar a sus pacientes completamente curados.

La historia de Pachita, quien superó a María Sabina, pero no fue tan recordada como ella, llegó a oídos tanto del científico mexicano que desapareció misteriosamente Jacobo Grinberg como de Alejandro Jodorowsky.

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Grinberg reveló en su libro ‘Las manifestaciones del Ser I: Pachita’, que la mujer tenía una fuerte conexión con el tlatoani mexica. También mencionó que solía atender todos los viernes en ‘La Casa de las Brujas’, un edificio de las calles Río de Janeiro y Durango en la colonia Roma de la Ciudad de México.

Por otro lado, a Jodorowsky también le llamaron la atención la serie de ‘milagros’ de la curandera que operaba a corazón abierto con un único cuchillo como instrumento quirúrgico, por lo que viajó por todo el país para buscarla y para que le platique su acto místico, casi mágico.

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Pachita murió en la Ciudad de México un 29 de abril de 1979.

Pachita y Alejandro Jodorowsky

Por fortuna la encontró y su vida cambió para siempre. Alejandro llegó a una habitación oscura, alumbrada por unas cuantas velas. En el suelo había varios cuerpos envueltos en sábanas ensangrentadas. Al fondo, en una habitación contigua, yacía un enorme sillón donde la vieja bruja descansaba. Él la describe como pequeña, gorda, con una larga frente abombada y un ojo más bajo que el otro, como caído, velado por una membrana blanca.

Ella aceptó al visitante con gentileza, él le pidió ver sus manos bañadas en sangre. Se quedó azorado. La palma de aquella mano tenía la suavidad y la pureza de una virgen de quince años. Entre la base de sus dedos medio y anular brilló un objeto metálico, muy pequeño. Era un triángulo dentro del cual había un ojo. Alejandro pidió ser partícipe de las operaciones y Pachita, la curandera más famosa de México y del mundo, accedió.Dos días después llegó el aclamado momento. Alejandro regresó a la penumbra y descubrió por otro huésped que la luz directa dañaba los órganos y había que estar a oscuras. Pachita le pidió leer un poema. De pronto, la que parecía una anciana cansada lanzó un grito estentóreo, alzó el brazo derecho y habló con voz de hombre: “¡Hermanos queridos, doy gracias al Padre por permitirme estar de nuevo con ustedes! ¡Tráiganme al primer enfermo!”.

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Pachita no era quien operaba sino –según dicen– el espíritu de Cuauhtémoc, el último caudillo Azteca que entraba al cuerpo de la anciana. La mujer ya poseída hundía su cuchillo en la carne de los pacientes. Las viseras expuestas permitían que la mano de la curandera hurgara en las entrañas. Si había un tumor lo extirpaba y si un órgano estaba inservible, ella materializaba otro y lo transplantaba en el momento. En el quirófano había sólo un catre estrecho provisto de un colchón forrado con plástico. El paciente debía traer una sábana, un litro de alcohol, un paquete de algodón y seis rollos de vendas, materiales que servirían para su operación y recuperación. Alejandro presenció la operación de vejiga del hijo de Pachita. La ceremonia se realizó como era costumbre. El ayudante le pasó el cuchillo a la curandera. La empeñadura estaba recubierta y forrada con una cinta negra de aislar y la hoja tenía grabado un indio con penacho. La vieja auscultó el interior del vientre, cortó un tejido que produjo un insoportable hedor. Luego extrajo una nauseabunda masa. Después extrajo de un frasco la nueva vejiga. La colocó junto a la herida y fue absorbida hacia el interior del cuerpo de una forma mágica.

Ésta es la forma en que trabaja Pachita, la curandera más famosa del mundo. Quien relató estos acontecimientos fue Alejandro Jodorowsky quien estuvo a su lado durante tres años todos los viernes, los días en que el Hermano aparecía (la entidad espiritual que ocupaba el cuerpo de Pachita cuando ésta entraba en trance). El otro testimonio, de gran profundidad, es de Maurice Cocagnac, fraile dominico y lexicógrafo bíblico que llegó a México a final de la década de los setenta acompañando a un amigo gravemente enfermo de cáncer. Su nivel espiritual es reconocido de inmediato por Pachita, y como lo hacía con quienes lo merecían, lo integró a su equipo de operaciones. Sus experiencias están descritas en “Conversaciones con Pachita y Carlos Castaneda” (1993). A diferencia de Jodorowsky, quien prefería describir la técnica, Maurice Cocagnac concentró su atención en el aspecto metafísico del acto. Dejó a un lado el misticismo del cuchillo y las viseras para internarse en la complejidad de la mente, las posesiones y las energía que van más allá de la comprensión humana. La medicina chamánica –dice Cocagnac– actúa sobre los indicios del cuerpo, que son los síntomas, la manifestación de un desarreglo orgánico pero también factor de desorden. Plantea el francés que “el ritual de borrar mágicamente los signos de la enfermedad puede despojar al síntoma de su poder de angustia, que constituye un factor negativo. La cura chamánica no es un juego de manos, establece una especie de transferencia sobre el curandero y reduce así las resistencias, empezando por las que se expresan con el lenguaje”.

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En el quirófano había sólo un catre estrecho provisto de un colchón forrado con plástico. El paciente debía traer una sábana, un litro de alcohol, un paquete de algodón y seis rollos de vendas, materiales que servirían para su operación y recuperación.

“De hecho –continúa Maurice– el enfermo apenas pregunta y se sume en un silencio que se convierte en abandono, confianza, disponibilidad. En ese silencio, el curandero puede ver a su enfermo y ver su enfermedad, es decir, percibir a su paciente como una totalidad y la enfermedad como los puntos frágiles o de ruptura de su ligamento orgánico. (....) Pachita, mediante la sugestión, captaba a sus pacientes para llevarlos a su primera infancia, cuando el cuerpo del in-fans se expresaba sin ser preso de un discurso aprendido”.

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Hay quienes dicen que Pachita es una farsa, al igual que su posesión y sus operaciones con sólo un cuchillo. En realidad nunca se comprobó que la curandera materializara órganos o que extirpara tumores con sus manos, pero nunca existió una queja en contra. La gente asistía a ella como último recurso, cuando ningún método médico lograba sanar al cuerpo. De alguna forma la anciana los curaba, quizá toda la ceremonia que creaba en el momento persuadía al cerebro de estar recibiendo la cura exacta.

El acto más mágico de Pachita fue convencer a la personas de que los curaría. El rito era como un gran placebo que los enfermos recibían con gusto. Es probable que Jodorowsky se dejara asombrar por lo que creía ver, pero Cocagnac entendió a la perfección la relación entre curación y mente.

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Fuente: Ciclo literario

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