¿Fracasó la Independencia de México?

La bandera tricolor que cuenta ufana la fundación de Aztlán en lo alto de cada zócalo y plaza pública, la Virgen de Guadalupe que en su manto encarna la fe de un pueblo, la alegría del mariachi, los efectos del tequila o la gastronomía: todos parecen ser indicativos del color y la vitalidad de un pueblo, expresión genuina de la mexicanidad con respecto a otras nacionalidades del mundo, que sale a relucir siempre que se trata de mostrar el orgullo “nacional”.
De Tijuana al Suchiate, de Isla Guadalupe a Isla Mujeres, a través de las serranías, costas y todo el territorio que conforma a la República Mexicana, existen tantas naciones como leyendas que dan cuenta de la cosmovisión de los pueblos originarios, aquellos que no comparten otro rasgo de identidad entre sí más que su afinidad territorial como parte del estado mexicano. Quienes reconocen el español, el cristianismo o el himno nacional como características inequívocas de “identidad nacional”, olvidan que para los primeros pobladores, la mexicanidad aparece como una invención que amenazó y en muchos casos, destruyó su cultura.
En la actualidad, no resulta difícil encontrar razones convincentes para creer que los festejos nacionales por la Independencia no son más que una sátira amarga de la realidad social, un sarcasmo muy elaborado que en vez de risa, llega y se marcha cada septiembre dejando un halo de coraje y nostalgia ante la decadencia del presente.

La mayoría de los mexicanos están convencidos de que la mejor razón para no celebrar en plenitud el 15 de septiembre de cada año es la traición y el olvido de las causas que inspiraron a los héroes que nos dieron patria y libertad. Se trata de una visión que concibe al movimiento de Independencia como el punto de partida de la “pureza” de los ideales que formaron a México como nación independiente: libertad, igualdad, democracia y un férreo nacionalismo, mismos que poco a poco fueron apagados por la corrupción, falta de educación y oportunidades, entre otros problemas, pero ¿qué tan cierto es esto?
¿Cuáles eran los ideales de quienes hicieron patria?
La Independencia, contrario a la versión oficial que se enseña a todos los niveles, fue un movimiento criollo que respondió al entramado social de la Nueva España y el desarrollo del liberalismo en el siglo XVIII, expresado en revoluciones burguesas bajo los principios de la Ilustración. La clase alta, compuesta en su mayoría por peninsulares que ocupaban importantes cargos políticos y eran constantemente beneficiados por la Corona, mantenía el control de las actividades económicas de los territorios de ultramar.
El intento de emancipación de los nacidos en México (criollos que representaban un incipiente poderío económico), tanto del régimen colonial como de la burguesía española, fue el verdadero motor y la principal proclama de la independencia nacional. En una época donde los valores de la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos se encontraban aún frescos, el movimiento independentista mexicano enarboló la lucha armada sobre las máximas del liberalismo: libertad individual, de mercado y defensa de la propiedad privada.
El movimiento independentista no buscó de ninguna manera trastocar la estructura económica y política de la Nueva España. A pesar de que la gesta iniciada por Hidalgo es hoy recordada como un movimiento que incluyó los ideales del grueso de los mexicanos en busca de sacudirse el yugo de la Corona española, la realidad dista de esta visión romántica y nacionalista. Mientras la Conspiración de Querétaro, organizada por un grupo de terratenientes (que más tarde se convirtieron en los grandes hacendados del siglo XIX), comerciantes y altos mandos castrenses planearon un levantamiento contra quienes celebraban el desconcierto causado por la invasión napoleónica a España, el mismo Hidalgo arengaba a la población a luchar entre vivas a Fernando VII.
La igualdad que buscaba el cura de Dolores y el Grito que pasó a la historia, fueron sólo la expresión de una clase económica en ascenso, políticamente identificada y cuyos ideales de libertad terminaban donde su reconocimiento como iguales ante los peninsulares se hacía patente. A excepción de Morelos (también liberal, pero profundamente influido por el pensamiento de Rousseau que lo dotó de una visión de libertad más radical), el movimiento de Independencia nunca se planteó transformar la realidad social de México, sino conseguir el ascenso de la naciente burguesía local sobre el sistema colonial y ante su competencia de ultramar.
Respondiendo a la pregunta expresa que inaugura este artículo, afirmar que el principal motivo para no celebrar el movimiento armado que inició el 16 de septiembre de 1810 es el fracaso de los ideales que guiaron a los próceres de la patria, es faltar a la ciencia histórica. El movimiento de Independencia triunfó en términos generales con la firma de los Tratados de Córdoba de 1821, donde se reconoció la autonomía del Imperio Mexicano con respecto a su antigua metrópoli.
¿Y dónde quedan la igualdad, la libertad y los ideales románticos que en teoría, debían llegar junto con la conquista de la independencia nacional? El ideario de Hidalgo, Allende, Aldama, José Miguel y Josefa Ortíz de Domínguez nunca contempló la igualdad social entre clases, mucho menos un cambio en las estructuras de dominación, subyugación y conquista que se perpetuaron desde la invención de América; tampoco un reparto más equitativo de la riqueza ni el reconocimiento de todos los mestizos como iguales.
Desposeídos, indígenas, trabajadores libres e hijos de criollos sin privilegios participaron en el movimiento armado y ganaron batallas cruciales para la causa independentista, pero las pretensiones más radicales de una transformación profunda de los esquemas de explotación en territorio nacional durante más de trescientos años, murieron a manos del cumplimiento del ideario liberal que forjó a la patria, un movimiento que mantuvo su cauce en líneas generales, evitando cualquier intento de consecución de un cambio drástico en la génesis de la nación mexicana, que nació tan libre como esclava, tan soberana como imperial, tan rica como mísera y llena de profundas contradicciones que en la actualidad se agudizan cada vez más.
