La Historia no se resume en hechos únicos y aislados que definieron el rumbo del mundo. La Historia es, de hecho, una sucesión de anécdotas que compiten entre sí por la jerarquía de importancia y trascendencia. En ese proceso, a menudo algunos personajes destacan más que otros, pues en su circunstancia o en su contexto representan una especie de épica o de piedra angular en un momento clave —desde los puntos de vista negativo y positivo—de las civilizaciones, sobre todo occidentales. Mientras tanto, otros de igual relevancia y fama —o infamia, mejor dicho— quedan enquistados en el olvido de las páginas oscuras, y por lo regular poco leídas —en comparación con otras—, de la Historia. He ahí el caso de Román Ungern von Sternberg.

Dedicó parte de su vida al estudio del budismo. Sin embargo, el XIII Dalai Lama lo consideró como la propia reencarnación de Mahakala, un dios destructor. Así fue de compulsiva la vida de Román Ungern von Sternberg, apodado “El barón sanguinario”, un noble y militar ruso de origen alemán de la zona báltica que destacó en el Ejército Imperial Ruso como uno de los caudillos del Movimiento Blanco durante la Guerra Civil Rusa. En su trayectoria llegó a convertirse en un brutal señor de la guerra que dominó Mongolia y los territorios al este del lago Baikal. Su descripción más generalizada, que se extendió como noticia por los territorios que conquistó y a través de la Historia, es la de un ruso blanco, sanguinario y budista.
Ungern von Sternberg pertenecía a una antigua familia europea, mezcla de alemanes y húngaros, con mentalidad guerrera pero también mística y aventurera, que afirmaba que sus antepasados provenían “del tiempo de Atila”. Siempre hubo un Von Sternberg en la Orden Teutónica y estuvieron en todas las guerras desde las Cruzadas. Incluso algunos practicaron la piratería. Durante los siglos XVI y VXII vivieron en sus castillos de Livonia y Estonia.

El barón Von Sternberg retratado por el pintor ruso Dmitri Shmarin
Nació en Graz (Australia), pero creció en Reval (Estonia), en el entorno del mar Báltico, perteneciente al Imperio ruso. Al igual que su padre, dedicó gran parte de su vida al estudio del budismo, que llevó a su abuelo desde Asia al Báltico. Fue oficial del zar, pero la guerra ruso-japonesa le obligó a abandonar su profesión para unirse a los cosacos de Zabaikal. Luchó en la I Guerra Mundial, en la que tuvo fama de valiente, temerario y psicológicamente inestable, por lo que nunca fue promovido a mayor graduación. Pero eso no fue mayor impedimento para que, aprovechando su carácter y cierto respeto que inspiraba, se autonombrase general. Durante la Revolución de 1917 fue enviado por el Gobierno Provisional al Extremo Oriente ruso, bajo el mando de Grigorio Semiónov como garantía de que Rusia tendría una representación militar.
La Revolución bolchevique y su rechazo al comunismo le hicieron formar parte de los rusos blancos —como eran llamados los partidarios de las fuerzas contrarrevolucionarias durante la guerra civil rusa—, aunque se opuso fervientemente a su jefe, el almirante Kolchack, con base en Siberia central. En cambio, los japoneses ayudaron a Ungern von Sternberg y a Semiónov con armas y dinero, con la intención del imperio nipón de crear un estado títere en Extremo Oriente. Ambos tenían su zona de operaciones en la Trasbaikalia, donde asaltaban y saqueaban, cual mercenarios, los trenes de blancos y rojos, incluido el ferrocarril Transiberiano, lo que obstaculizó los movimientos militares de Kolchack en los Montes Urales.
Autoproclamado teniente general, ejerció de dictador de facto de Mongolia entre marzo y agosto de 1921 y proyectó crear un gran imperio en Asia Central, siguiendo la estela de Gengis Kan. Su éxito en la guerra por la independencia de Mongolia Exterior comenzó a menguar esporádicamente y fue derrotado por el Ejército Rojo, mandado por Sükhbaatar. Entretanto, intentó organizar la Orden Militar de los Budistas para luchar contra la Revolución rusa e invadió la Trasbaikalia. Unos tres meses después fue derrotado y capturado por las tropas bolcheviques, sentenciado por la traición cometida contra sus oficiales y ejecutado en Novosibirsk en septiembre de 1921.
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El terror tiene muchas formas y ha sido empuñado por muchos personajes infames, como el dictador que ordenó raptar miles de niños horrorizó a toda Europa.
