Los dentistas mayas incrustaban jade en los dientes con un cemento antibiótico que sigue activo hoy

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por mayo 2, 2026

Hace más de mil años, en algún lugar de lo que hoy es Mesoamérica, un paciente se recostó y abrió la boca. Lo que vino después no fue un ritual de dolor: fue odontología. Un especialista tomó un taladro de mano —probablemente hecho de sílex o cuarzo— y comenzó a perforar el esmalte con una precisión que los investigadores modernos todavía encuentran difícil de explicar. Al final del procedimiento, una pequeña pieza de jade quedó incrustada en el diente, fijada con un cemento que, según los análisis actuales, contenía propiedades antibióticas naturales.

Lo más perturbador del hallazgo no es la técnica. Es que funcionó. Muchas de esas incrustaciones siguen intactas después de más de mil años.

Jade, estatus y algo más

Durante décadas, los arqueólogos interpretaron las incrustaciones dentales mayas principalmente como marcadores de estatus social o identidad ritual. El jade era el material más sagrado en la cosmovisión mesoamericana —más valioso que el oro— y llevarlo literalmente en la boca era una señal inequívoca de rango. Pero esa lectura dejaba fuera una pregunta incómoda: ¿por qué las piezas sobrevivieron tan bien?

La respuesta llegó con análisis químicos más detallados del cemento usado para fijar las incrustaciones. Los investigadores encontraron que la mezcla —compuesta de resinas vegetales, savia y otros compuestos orgánicos— tenía cualidades antimicrobianas. Es decir, no solo pegaba el jade al diente: lo protegía activamente contra infecciones. Un detalle que transforma por completo la narrativa sobre quiénes eran estos practicantes y qué sabían.

Precisión sin anestesia moderna, sin rayos X, sin taladro eléctrico

El proceso de perforación dental es, incluso hoy, delicado. El esmalte es el tejido más duro del cuerpo humano. Perforarlo sin fracturar la pieza, sin dañar la pulpa, sin provocar una infección que matara al paciente, requiere conocimiento anatómico y control motor muy precisos.

Los dentistas mayas lo hacían con herramientas de piedra, a velocidades bajas, probablemente usando agua o algún líquido como refrigerante. Los análisis de las piezas muestran que las perforaciones son limpias, simétricas, calibradas al tamaño exacto de la incrustación. No hay evidencia masiva de fractura del esmalte circundante. Es trabajo fino.

El hecho de que el paciente sobreviviera —y que muchos dientes intervenidos muestren signos de remodelación ósea saludable alrededor de la incrustación— sugiere que la tasa de éxito era considerable. No era magia. Era práctica acumulada, transmitida de generación en generación dentro de un sistema de conocimiento que todavía no terminamos de entender.

El cemento que los científicos modernos están estudiando

Quizás la parte más relevante del hallazgo para el presente es el cemento. Las propiedades antibióticas no eran accidentales: los compuestos identificados —entre ellos resinas con actividad antimicrobiana documentada— eran ingredientes conocidos en la farmacopea mesoamericana. Los mayas usaban plantas medicinales con sofisticación; no es sorprendente que esa misma lógica se aplicara a la odontología.

Lo que sí sorprende es la efectividad. Que esas mezclas hayan preservado incrustaciones durante más de mil años, sin que el tejido circundante colapse completamente, abre preguntas sobre si algunos de esos compuestos podrían tener aplicaciones en odontología contemporánea. En un contexto donde la resistencia a los antibióticos es una crisis global, la búsqueda de alternativas naturales con actividad antimicrobiana comprobada no es arqueología: es urgente.

Lo que sabemos y lo que todavía falta

Los hallazgos provienen de análisis de restos dentales encontrados en sitios arqueológicos mayas, con datación que supera los mil años. La muestra es suficientemente amplia como para descartar casos aislados: la práctica estaba extendida y estandarizada. Afectaba tanto a hombres como a mujeres, y aparece en distintas regiones del mundo maya, lo que sugiere una tradición compartida más que una práctica local.

Lo que falta —y lo que los investigadores reconocen como deuda pendiente— es una identificación más precisa de todos los componentes del cemento y una comprensión más clara de cómo se formaba y transmitía este conocimiento especializado. ¿Había escuelas? ¿Gremios? ¿El saber pasaba dentro de familias? Las respuestas, si existen, están enterradas en algún lugar que todavía no hemos excavado.

Por ahora, lo que el hallazgo deja en claro es más simple y más radical: hace más de mil años, en una civilización que el mundo occidental tardó siglos en tomarse en serio, alguien entendía lo suficiente sobre infección, materiales y anatomía como para hacer odontología funcional. Y la evidencia sigue ahí, en los dientes, esperando que le prestemos atención.

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