Letras

Ánimo, pequeño

Letras Ánimo, pequeño

sinnombre
Pedro Jimena se llamaba. Le gustaba que su nombre fuera largo y sin pausas. La música lo transportaba a lugares recónditos en su alma. Tenía dos hermanos más pequeños. Muertos sus padres en un tiroteo de narcos, no tuvo otra opción más que vivir para mantener a sus hermanos. De día cantaba por los vagones del metro: La línea dos y tres eran su plaza. Por la tarde se dedicaba a almacenar cajas en una proveedora de ultramarinos. En la noche se iba a darle de cenar a sus allegados, y ya entrada la madrugada se entregaba a su verdadera pasión : la pintura como arte y forma de evasión.

Desde pequeño, Pedro se interesó en dibujar y plasmar todo lo que la imaginación le dictaba. No hubo estímulo ni conducción por parte de sus padres. Apenas hace un año que se compró sus primeras acuarelas. Eso a Pedro le tenía sin cuidado. Un artista se hace con el tiempo y se descubre con el alma, pensaba. Así, por la madrugada se aplicaba trazando a lápiz, para después dedicar otra sesión a colorear lo creado. Así le daba cada noche a su rutina sin mayor distracción que la cotidianidad diaria. Dejaba a los niños por la mañana en la escuela pública y de allí se lanzaba al metro a cantar al vacío y a todos los pensadores lagañosos obligados. Sin ganas y con miradas perdidas, los transeúntes se escurrían a diario en ese monstruo que recorre las bragas y los olores bajos de esta ciudad, la puta más absorbente y demandante que es la Capital Mexicana. Pedro le rasca fuerte a las cuerdas de una vieja guitarra. Aúlla con melodías conocidas cargadas de drama y desamor. Entre el sexo y la desgracia las personas se entregan con soltura a la pasión . Eso lo sabe bien el cantante y la puta en cada esquina . Lo sabe también el editor de revistas, lo sabe el cura de la parroquia, ¡lo sabe todo mundo! Secreto a voces. Moralistas disfrazados de modernos personajes. En fin, que Pedro le daba con ganas a las cuerdas recorriendo diez vagones cada dos horas. De allí, una vez reunido unos cuantos pesos para el papeo, se lanzaba al almacén a cargar cajas. Sus allegados, mientras tanto, se iban a casa en el transporte público. Ya como a eso de las ocho de la noche, Pedro Jimena llegaba a verles y a prepararles la merienda. Ahí charlaban acerca de sus cosas, revisaban tareas y compartían su desgracia con un poco de fantasía. Los hermanos de Jimena veían de alguna manera la preocupación en el rostro del proveedor. La pobreza no se esconde ni con todas las risas producidas por la mentira de la imaginación. Cuando el alma se refleja sin engaño, no hay palabras que cubran el brillo. La de Pedro brillaba sin mucha alegría. Las deudas y facturas lo ahorcaban sin dejarle mucho margen de maniobra. Atrapado a la condición social estaba. Los niños sólo observaban. Cuando los problemas se juntan con fuerza, la desgracia ya no pesa por tamaño: lo hace por insolente y retadora dispuesta a mermar al espíritu más cautivo y reacio a sucumbir ante los hechos de la vida que, en aquel escenario, ofrecía más pena que gloria.

Una enfermedad cayó como maldición al hermano más pequeño. En una semana bajó seis kilos de golpe; en cama, postrado estaba sin saber su destino. Todos lo ignoramos, el destino. Pero en cama, perdiendo peso y siendo un niño, no era alentador el desenlace. Pedro necesitaba dinero. Sin seguro social ni protección de nadie, se arrojó a probar suerte de ladrón. Intentó asaltar a un par de chicas que salían de la estación Chabacano de la línea dos del metro. No tuvo el valor de quitarle sus pertenencias . Ser pobre y dubitativo no sirve en este mundo hipócrita y despiadado. Dos veces más lo intentó con otras víctimas obteniendo el mismo resultado: no se atrevía a dar el golpe final. Su hermano se escurría con el paso de los días. No podía darse el lujo de perder más tiempo. Al cabo de un último autorretrato que se trazó en una noche oscura sobre la mesa que tenía en el cuarto donde vivía, Jimena se armó de valor y dejó, junto al dibujo, una dirección anotada y mil pesos con dedicatoria a su otro allegado, el que estaba sano. Allí le indicó que al cabo de unos días fuera a la dirección escrita y que por ahora llevara a su hermano a la clínica más cercana y que no escatimara en gastos: "Lo importante es que lo atiendan". Que al cabo de unos días fuera para el domicilio ya citado y que allí le entregaría lo suficiente para atender a Demetrio, su hermano, sentenció. ¡Ánimo pequeño! Fue el último enunciado escrito.

Para cuándo su hermano hubo leído el mensaje, Pedro yacia en una habitación en cama y en reposo. Un riñón le funcionaba mientras el otro le fue extirpado con su consentimiento. Por 60 mil pesos se había despojado de su órgano. En su mente sólo estaban Demetrio y Jorge, sus hermanos. No tenía tiempo para convalecer, tendría que salir pronto para hacerse cargo. Sin embargo, tendría que esperar. El trato consistía en insertar su riñón a otro ser sano y si funcionaba como se esperaba, habría pago, si no, se arriesgaba a perder el dinero y también el riñón; ¡faltaba más! No podría ser de otra manera en el teatro de la crueldad e inmundicia.

Pasaron tres días interminables y llenos de incertidumbre. Una muchacha, de unos 19 años, vigilaba a Pedro. En la clínica, mientras tanto, Demetrio requería un trasplante urgente de riñón. De hecho necesitaba dos. Una enfermedad intempestiva le invadió su organismo pudriendo y secando sus riñones hasta dejarlos como dos huesos de ciruelo masticado. La vida es cruel cuando se lo propone. Jorge llegó puntual al domicilio sugerido. La muchacha reacia a abrir la puerta, accedió al ser informada por Pedro de quien se trataba.

-¡Déjalo pasar! Es mi hermano Jorge.

Al ver un poco la desesperación mezclada con el dolor, la chica se conmovió sólo un poco.

-¡Bueno, bueno! Sólo diez minutos .

Jorge, al ver a su hermano postrado entre cables y sueros, se abalanzo asustado.

Excitado y con la voz entrecortada abrazo a Jimena.

Ambos se estremecieron y se pusieron al tanto. Pedro, al enterarse de la gravedad de Demetrio no daba crédito a su suerte. El hambre y la desesperación, mezclada con la ignorancia, irremediablemente te llevan a lugares y situaciones insospechadas, pero esperadas. Para el pobre que no tiene esperanza, para los seres que han perdido toda noción del tiempo,espacio y viven sólo para respirar un poco más, para los seres marginados y excluidos del concierto mundial de los capitales y de las economías emergentes. Para todos los humanos que por condición y situación padecen la pobreza y el abandono a todo momento sin la posibilidad de mirar un poco más hacia adelante. Para ellos, los desprotegidos, hay algo aún más indignante, grosero e imperdonable: la indiferencia de un mundo de consumo, cada vez más monstruoso, ajeno a tantas necesidades mínimas pero atento a saciar los gustos y deseos absurdos, producto del hastío global.

Pedro falleció tres días después a causa de una infección por falta de higiene al someterse a la extracción. Jorge, sin dinero ni esperanza, se dedicó a deambular por los vagones del metro en busca de ayuda y de comida inmediata. Se perdió en la inmundicia del abandono y vacío social. Demetrio fue diseccionado un vez que falleció. Un médico atento y perverso lo reclamó como suyo sin el protocolo necesario: un billete por aquí y listo. En la clandestinidad logró sacarle provecho a los órganos del pequeño, vendiendo partes demandadas en el mercado negro. Ellos, los mercados, nunca duermen, cada vez están más despiertos ante el apetito voraz de la humanidad. Poco a poco nos vamos comiendo los unos a los otros a la luz de la civilización y a la sombra de la pobreza.


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