
Lluvia,
canto de sol,
si bien tu voz serpentea el viento,
un boceto clama silencio,
liebre de fuego,
en los huertos amordaza el sosiego
Cementerio de jade y azucenas, desde el tenso arco y la nube hielo los ojos de un venado se incendian de humor al contemplar el sereno. Martín y la cueva del diablo; Écatl y la sombrilla estelar, dos platos rotos y un ovni que escarba entre los restos de un banjo… el mercado, tan cercano a la tierra, ataviado aroma de mujer mimosa, vitral de Matisse, Tonantzin y su oleaje luz.
Azulejos de maíz,
si de maíz somos,
¿por qué un santo como tú intenta domesticarnos?
