Bájame las bragas, no las estrellas
Letras

Bájame las bragas, no las estrellas

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Por: Andres

21 de febrero, 2013

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21 de febrero, 2013


B06

Todos los días la misma aburrida historia: el teléfono de Julia no dejaba de sonar. No era una mujer ardiente, sí tenía lo suyo. Los tipos que le llamaban no eran de su agrado, más no había más. "Los otros", como ella nombraba a los hombres que le gustaban, ni la miraban de reojo. Era exigente pero su cuerpo no daba para pedir calidad. Ante ese panorama adverso, Julia se disponía a atender las solicitudes de los pretendientes al teléfono.

Vayamos para acá, le decía Armando; te invito a cenar, le comentaba Ernesto; te llevaré a rumbear, le proponía Lucas. Jorge le compraba flores pero no se atrevía a mirarle de frente. De todos ellos no se hacía un hombre. Respiraban timidez y escupían pusilanimidad. Por más que Julia intentaba resaltar alguna virtud de los tipos que la asediaban, nomás no encontraba alguna.

Cada cita era un aburrimiento total. Uno le hablaba del clima y de los sazones culinarios. El otro, que si el dólar estaba en paridad con el euro y las finanzas públicas. Uno más le preguntaba estupideces que harían dormir a un tecolote a media noche. Cada que abrían la boca, Julia dejaba escapar aullidos como pedos silenciosos atmosféricos. El disimulo se convertía con el paso del tiempo en un hastío educado. El hartazgo y la represión gobernaban a Julia.

¡Ya no aguanto más! ¡Pero qué carajos pasa con los hombres!

Ningún hijodeputa me ha insinuado ni un toqueteo... ni un roce en el culo... Así reflexionaba Julia mientras los imbéciles se desvivían por perfumarse, comprarle objetos o cosas para agradarle, y nada más. Ni pienses que se esmeraban más allá de su apariencia. Eran unos fracasados que apenas sabían decir: Hola, ¿qué haces? ¿Estudias o trabajas? Y las demás frases sin sentido que no vale la pena mencionar.

Así pasaron dos meses y Julia ardía cada noche en su habitación. Al terminar de cenar se subía la falda y se tocaba sin pudor el clítoris. Con sólo tres dedos se perdía en sus pensamientos y sensaciones. Y así le daba suave... duro... constante... hasta contraerse y correrse con alaridos diversos .. Ayyy ahhhh aiaiai ¡Qué rico! uuuuu... y caía exhausta donde le agarrara el sosiego.

Un miércoles, después de la cena normal de un día para el olvido, Julia salió con Camila,su vecina; se fueron a un bar de mala pinta pero de tragos baratos. Ya una vez adentro le dieron duro al aguardiente y la cerveza. Al cabo de un par de horas miraban a los hombres con deseo lascivo y miradas sugestivas.

Entre la bruma de las cervezas y el hedor de los deseos, llegaron dos tipos de la nada a los ojos de Julia y Camila.

Uno de ellos dirigió su atención a los ojos de Camila. Se presentó como Eugenio, abogado que se dedicaba a estafar a las clases proletarias con leyes que ni él entendía y códigos que no existían, un cabronazo corrupto. Camila sonreía y bebía mientras miraba el pantalón de Eugenio. Se imaginaba cómo sería su canario: el tamaño, forma, fondo... todo en sí. Miraba aquel paquete con deseo y se olvidaba del contexto: ella sólo se veía tomando el canario.

Bamboleando la cintura, Julia hacía como que escuchaba y atendía la mirada de Carlos, el tipo que se plantó frente a ella. De un lado a otro observaba cada parte de su cuerpo: brazos, torso... En fin, que le agradaba lo que veía y más en ese estado, ¡la cosa apremiaba!

Carlos, al percatarse de ello, tomó a Julia por la cintura y la dirigió afuera del bar. Ella, por vez primera, sintió una ligera fuerza que la guiaba. Se excito aún más y lubricó su sexo en demasía... Estaba lista para lo que viniera.

Carlos comenzó con unos apretones a su cuerpo y le restregó el suyo con deseo y firmeza, mientras Julia se contoneaba aún más... ya sus poros aullaban deseo en desenfreno.

Camila, mientras tanto, estaba mirando el fondo de su trago con frustración. Eugenio era uno más de los tipos aburridos que de último minuto había arruinado la ocasión con preguntas estúpidas que me avergüenza compartirte.

Afuera, Julia estaba abierta de piernas esperando en el cofre de un auto el paquete de Carlos. La luna estaba llena y su hombre se puso romántico.

Entonces, por un momento detuvo su movimiento y se paró en seco para recitarle un verso: La luna está sola y hermosa como tú ahora... Y la melosidad se impregnó en el ambiente.

¡Cállate y ponte acá de una buena vez! Los poemas recítalos en la escuela... ¡Bájame las bragas que ya me encargaré yo de ver las estrellas, y lo que venga! Ahora... ¡A lo tuyo! Mientras tanto, en el bar, Camila bebía cerveza. Eugenio intentaba enganchar otra chica y Julia cabalgaba en la madrugada al lado del poeta desnudo. De Armando, Ernesto, Lucas y Jorge, ni hablar. Al menos por una noche las estrellas brillaron y las bragas cayeron. Julia sonríe... por ahora.


Referencias: