Cambiamos nuestro destino, pero hoy el destino nos cambia
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Cambiamos nuestro destino, pero hoy el destino nos cambia

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Por: Gonzalo de la Fuente

5 de julio, 2017

Letras Cambiamos nuestro destino, pero hoy el destino nos cambia
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Por: Gonzalo de la Fuente

5 de julio, 2017



En la "Odisea" de Homero, Ulises se enfrenta a un grupo de sirenas que intenta engañarlos a él y a su tripulación en el viaje de regreso a Ítaca. El héroe se hace atar al mástil de su barco y pide a sus compañeros que se coloquen cera en las orejas para no oír el canto de estas criaturas. La mítica figura de la sirena ha acompañado las épicas más importantes de la historia literaria, pero también se ha convertido en un símbolo del romance mortal, del amor peligroso y de la seducción que atrapa al hombre hasta acabar con él.

En el siguiente poema de Gonzalo de la Fuente, la sirena se encuentra con otro ser mitológico en una danza lírica de deseos y romance.


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EL CENTAURO Y LA SIRENA


Huellas puestas en la arena, recogidas por el mar,

van trazando un recorrido que encamina mi mirar.

Desde lejos algo llena mi cabeza de sonidos,

es la voz de una sirena que repite entre gemidos:

“Lo que Natura no da Salamanca no presta,

si no aprendes la Summa, no comprenderás la resta.”

 

Cuando alcanzo a vislumbrar al final del recorrido

una voz que en cuatro patas proclama desde una cuesta:

—¡No te atrevas a hablar de Natura si no has conocido a Gea!

Tú eres mujer de mar, debes salir del agua

para que Ella te vea.

Si debajo hay otra mitad no te preocupes,

que también yo soy producto de la fragua.

Usa las olas, toma mi mano; burlemos la influencia de Vulcano.

Pero te lo advierto para que no te lastimes: yo soy el hombre animal,

mis intenciones pueden ser tan bajas como sublimes;

yo no diferencio entre el bien y el mal.

Todo lo hago por amor, nada me cuesta trabajo,

yo vivo con el pecho abierto y con el cierre abajo.

—¡Calla, que yo vivo devorando canallas!

Los seduzco diciendo su nombre

y luego me da igual que sea un animal, o sea un hombre.

O que uno siga mi melodía y otro me siga por mi figura,

yo en ambos casos cumplo mi faena con dulzura.

 

Tú eres de la tierra y yo del mar,

yo no soy ni pez ni parte, pero…

Tú llegas venciendo a un toro y con tu espada empuñada,

tú vienes armando una guerra ¿y luego de escaparte?

 

Yo vengo entregando un alma, al cuidador de la nada,

de un pobre hombre que, por perder su mirar, perdió su arte.

Aquí te he de esperar, yo soy del agua,

ahora has de conformarte con verme pasar…

 

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Casi maravillado ante otra Deyanira, el centauro con sus cuatro pezuñas bien puestas en tierra, exclama:

 

—¡Ya no sé si somos cuatro o somos tres: el humano, el caballo y el pez!

¿Será que el destino nos une y los dioses nos separan?

¿O nos separó el destino con estas formas cambiadas?

 

¿Ya no recuerdas —dijo la Sirena—

cuando contigo burlamos la corriente?

Cuando toda agua era buena porque era de la misma fuente.

Pero se cambió el destino y hoy el destino nos cambia;

y si los dioses existen, nos unen y nos separan.

 

Un héroe matando a un héroe, el hombre y el animal,

Para salvar a una dama que habita en el animar.

Yo sé que fue en otros tiempos de la mente y el andar

cuando una obligada lanza alcanzó tu calcañar.

Ahora intentas nuevamente tomar el mismo camino

y envenenas mi esperanza porque me vuelvan a amar.

 

No es el flujo de la sangre ni la condición de equino

lo que impide que el buen vino se instale en el paladar;

siempre estarás separado aunque parezcas unido

por esa túnica falsa y el veneno de tu hablar.

 

Casi para sí mismo el centauro:

   — Mujer bella de agua buena, siempre te amaré por señalar

la túnica sobre mi cuerpo, los hábitos de mi destino y la condición de mi sangre.

Y que este encuentro sea el recuerdo de todos los encuentros

porque fui Neso, soy Quirón, seré Aquiles y tú Helena.

 

Cuando el medio hombre logró recordar, empezó también a imaginar.

Y mientras imaginaba, las huellas se iban borrando para siempre.

El agua las tragaba y las iba diluyendo en el olvido.

Dos mitades se hundían, en el oscuro mar.

 —Un día quizá regresa— comenzó a soñar viendo las estrellas…


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Referencias: