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Por: Jacobo

19 de febrero, 2016

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El golpe sonó hueco, seco, como una olla de barro que cae en una superficie de granito…era la defensa de hierro de la camioneta contra la frente del perro. 

El sonido que escuché debió ser el hueso frontal del can partiéndose en dos, apenas a tres metros de mi vista. 

Un instante previo y mientras corría por una calle de la colonia Progreso escuché a mis espaldas el rugido veloz de la unidad. Fue en los mismos momentos en que al centro de la calle dos perros dirimían sus diferencias en un agresivo escarceo. 

Estoy seguro de que el conductor pudo aminorar su marcha desde al menos 10 metros antes. No le importó. 

Supongo que debió asumir que los perros se quitaban o bien “se los carga la chingada”. 

Y si el chofer frenó poco después (luego de partir en dos la cabeza del can) fue porque los dos perros al centro de la calle le impedían circular, al extremo de que pasar por encima de ambos animales hubiera puesto en riesgo la propia salud de los otros dos que viajaban en la camioneta. Me refiero, claro, al conductor y su copiloto. 

Para ese instante el homicida estaba ya al nivel de mi apresurado trote, lo vi al voltear a mi lado derecho y sorprenderme de su amplia sonrisa divertida. 

De unos 45 o 50 años, debió parecerle una leve travesura lo que acababa de hacer. 

Me atreví a reclamar:

— ¡Qué no lo estás viendo! –increpé.

— ¡Y no viste como se amarró! –respondió.

Se refería a que en el último instante, cuando la enorme camioneta ya estaba frente a sus ojos, el perro quedó inmovilizado por el pánico…como se compactan los humanos por instinto cuando un gran peso amenaza con caerles encima. 

En tanto seguía con mi carrera, el chófer aceleró su camioneta y se alejó. Iba riendo, con cinismo. 

Con sus últimas fuerzas, el perro se había retirado gimiendo a morir (o a quedar lisiado) en algún hogar cercano. 

Continuando con mi recorrido y al ver en algunos puestos de periódicos los titulares de ciertos diarios con sus casi cotidianas noticias de “ejecutados” y “decapitados”, pensé: ¿y a quién le importa un perro si los mismos humanos son tratados como desechos? 

Al salir de la citada colonia vi más perros por la calle: uno se lamía con ternura la herida en una pata; otro echado sobre el pavimento disfrutaba del sol mañanero; otro más olisqueaba en la basura. 

No me parecieron muy diferentes a los humanos… quizá sólo más inocentes… y menos peligrosos.


Referencias: