Cuando dos cuerpos se funden bajo la luz tenue de una habitación, el resto del mundo siempre desaparece:
Y fue su presencia la que iluminó la recámara mientras su mirada encendió mi ser.
Todo mi mundo se redujo sólo a él, a la sensación de su piel, a su olor…
Sus manos recorrieron mi cuerpo mientras su esencia penetró mi alma,
dibujó en mí el camino del placer y creó con su aliento el sonido del deleite.

Mis piernas se enrollaron en él como ramas al árbol,
mordí mi labio inferior,
jalé las sábanas,
arañé las paredes y poco a poco el calor de nuestros cuerpos
creó un ambiente cálido en aquella fría y oscura habitación.

Cada grito y gemido,
los rasguños, las mordidas y cada respiración agitada,
fueron una súplica desesperada para que el fin no llegara.
Y así fue como con sus caricias tatuó su nombre en cada parte de mi ser
y con cada beso quedó marcada la promesa de estar juntos: sólo él y yo.
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El siguiente poema también querrás dedicárselo a tu pareja: “Seamos todo lo que poseamos en la estrechez de nuestra habitación”.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Phil Chester.
