Crónica para Louise Bourgeois (y su mamá)

Crónica para Louise Bourgeois (y su mamá)

Por: Adrián Chávez -

Livia ―veintiún años, brasileña― está sentada en las escaleras a la entrada del Palacio de Bellas Artes. Frente a ella se yerguen las seis patas de una araña monumental. «Lo primero que sentí cuando la vi fue una sensación de amenaza», me dice. Y sí: a la distancia, lo menos que causa un arácnido más grande que una casa de interés social, incrustado en pleno centro histórico, es un miedo laxante. Por eso resulta curioso que el nombre de esta escultura sea “Mamá”.

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 “Mamá” es la primera de las obras que componen la exposición Petite Maman, de la artista francesa Louise Bourgeois, que estará en el Palacio de Bellas Artes hasta el tres de marzo de este año. Se trata de una colección de esculturas, instalaciones, y algunas pinturas, que exploran la relación de la artista con su madre, desde un punto de vista psicoanalítico.

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«¿Estaba loca?» Es una pregunta recurrente en las visitas guiadas, me cuentan Carlos y Fernando, de 19 y 22 años, respectivamente, quienes estudian arquitectura y están haciendo su servicio social en el museo. Quizá la pregunta se repita porque, al entrar a la exposición, uno se topa con cajas de acero que guardan cabezas de tela pendiendo boca arriba, con lo que parece un móvil del que cuelgan huesos como ganchos que sostienen ropas de mujeres de distintas edades, y con una nueva araña, ésta resguardando una celda de metal. Nada que yo pondría en mi sala. 

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Observo con atención. Algo hay de bello y perturbador en todo esto. Cuando le pregunto a Carlos si algo no le gusta de estas piezas, me contesta: «sí, el dolor». 

La locura se queda corta como explicación para un arte que ataca por diversos frentes. Algunos temas son tan recurrentes que con cada aparición se afilan. La celda que cuida la araña: un vientre materno que al mismo tiempo es guarida y trampa; la tela, cortada y vuelta a coser, como una relación restaurada; figuras de madres y fetos de fibras suaves como el tejido uterino.

Si estoy de humor positivo, me interesa unir; si estoy de humor negativo, cortaré cosas. ―L.B. 

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Son precisamente los materiales lo que más llamó la atención de Deni, de 19 años, quien se enteró de la exposición en las redes sociales. «Nunca había visto algo así», me dice muy elocuente. Y lo más seguro es que sea verdad: uno no ve todos los días cuerpos femeninos forrados de tapicería, bebés hechos de toalla o figuras fálicas de bronce. 

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Caminando por los pasillos de Bellas Artes, las diversas piezas adquieren una impresión de unidad, cuyo hilo conductor ―o debería decir: cordón umbilical― es una relación bicéfala de una hija con su madre, oscilante entre la protección y el miedo, que abandona el diván de la artista y toca lo universal.

A la salida me topo con otro Carlos, que no trabaja aquí, y que aunque disfrutó mucho la exposición tiene un juicio categórico: «Es evidente que esta señora tenía un trastorno». Y dale, Carlos. Qué diría Freud de tu comentario. Qué diría tu mamá. 

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