Letras

Cuatro bandidos en La Habana

Letras Cuatro bandidos en La Habana


"Viajar es útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino fastidios y sin sabores". –Louis Ferdinand Céline.

Allí estamos, nuevamente en busca del deseo y la ilusión. La vida es eso, además de esperanza y cierta certeza. Al menos para mí eso representa. Mis compañeros de juerga y quien te escribe arribamos a La Habana con la ansia del descubrimiento. Las mujeres, los tragos y más mujeres. Cierto anhelo por conocer los barrios y costumbres pero lo que imperó fue conocerlas a ellas.

–¡Qué feos estamos!– Fue lo primero que escupió Fabian, el más viejo de la camada, pero el más borracho de nosotros. Cierto que lo estamos, secundé. Desde migración nos enamoramos de rubias, mulatas, morenas. Culazos estáticos, moviéndose al son de la isla .Cotilleos variopintos se escuchaban en el recinto. Hombres musculosos, guapos, atiborrados de cadenas doradas, sombreros exóticos, boinas coloridas, en fin... La moda excéntrica les brota de sus poros. Si por ello no bastara, para hacerse notar, la sociedad cubana en su conjunto ladra con ganas. Para nosotros, los mexicanos mansos, su tono y dicción nos sabe a enojo o regaño, pero no. Así se comunican. Alan, el cosmopolita de los nuestros no dejaba de girar su cuello admirando el espectáculo.

–Pero es que sí que estamos feos– decía. Luis,nuestro tímido bandido sonreía.

–Si el principio es prometedor, apuremos el paso –rugí.
 
Nos esperaba un cubano que sería nuestro guía, salvador y amigo. Se llama Osmel Sotolongo. Nos presentamos sin más qué decir. Se hizo de palabras con Alan para orquestar el itinerario. Una carroza armada nos esperaba. Metimos las valijas en el cacharro. Alan y Luis son fotógrafos profesionales que aprovecharían la vuelta para retratar instantes. Fabian, un empresario acaudalado se lamia los bigotes, listo para acumular recuerdos. ¿Yo? Un escritor discreto puesto a documentar experiencias. La cosa siguió sin tregua. Faldas cortas, "shortsitos" ajustados en traseros de infarto circulaban, esperaban, se erigían entre "reguetoneros", viento y asfalto. Al fondo de ellos se opacaban a nuestros ojos las ruinas de lo que la revolución y el socialismo han aportado. Poesía pura para las almas sensibles, cascotazos de placer para nuestro instinto. Osmel nos iba poniendo al tanto de la situación:

"Acá la gente se mueve de esta forma. Cuidado con esto y aquello. Miren esos modelitos. Vamos a pasear hacia estos sitios".

Nosotros queríamos llegar ya a instalarnos en una casa previamente apalabrada desde Ciudad de México. Tan pronto nos relajamos en dicha propiedad adaptada por una Señora Mulata bien gritona comenzamos a darle duro al trago. Ron Havana es lo que corre por las venas del turismo y del cubano promedio. Es barato: 3.85 cuc (la moneda cubana para extranjeros). En pesos mexicanos equivale a unos $58.00 M.N. Nada mal para unos chilangos sedientos. En la segunda copa Alan y yo estábamos alegres, emocionados por lo que viniera. (Vendrían unas amigas de Osmel listas para comenzar la fiesta). Decidimos ir a un bar para conocer la noche y sus encantos. Ebrios ya íbamos en la carroza. "Oz", como le bautizamos de cariño nos mostraba su mundo y su magia. Nos sentamos en una mesa de no sé qué local frente a algún monumento a comer y beber.

4 bandidos en La Habana

Me perdí entre las calles y con trago en mano caminé sin rumbo. Extraviado miraba el panorama. Me preocupé un poco. Si no encontraba a mis amigos, ¿a dónde iría? Ignoraba la dirección de llegada, la ubicación, el punto exacto. Me dije: ¡Ánimo! En otras calles has estado sin brújula y llegas al destino.

Seguí andando. Di varias vueltas. En el camino encontré un par de bares. Ordené unos mojitos. Salí con alegría en busca de los otros tres bandidos. Bien comidos y bebiendo los encontré. Sonrientes reclamaron mi ausencia. Ordenamos una botella. Oz esperaba con sus amigas perfumadas y acicaladas en el cacharro. Me acerqué a unas turcas. Me ignoraron ipsofacto. Agarré una morena que pasaba frente a mí. La senté a una mesa con soltura y la intenté seducir a mi manera. Atendía con indiferencia. La besé con fuerza y le agarré la entrepierna. La convencí que me acompañara. Luis vino por mí con insistencia .

–Larguémonos de aquí- Me decía. Obedecí con gusto.

Rumbo a casa nos acomodamos cada quien con su cada cual. Ya en el interior de nuestra morada seguimos con los choques de copas. La madrugada seguía su curso. La morena se largó pues no quise acceder a pagarle. Ignoraba su oficio. Pequé de ingenuo e imbécil. Poco a poco me fui embruteciendo más de lo habitual. Los otros seguían con lo suyo. Sus mujeres se comportaban como peces en el mar al ritmo del reguetón: "Dame un besito con lengua", "Mami te deseo " y otras melodías mas danzaban sin tapujo alguno. Les restregaban sus generosos traseros mientras los hombres se elevaban a grito pelado.

Solo y borracho me trasformé en la bestia casi siempre dormida, pero que allí habita muy dentro de mí. Hablaba y mascullaba con todos y con nadie. Me metí a las habitaciones, quería bailar con los colchones, seducir a las maletas, besar las paredes.. Todo un numerito de espanto. De pronto la dueña de la casa salió de sus aposentos. La tomé de la cintura y me puse a bailar con ella.. Muy atrevido comencé a "cantinflear" mientras ella me aventaba miradas de pocos amigos.

Regresé con las amigas, los bandidos y Oz al ruedo. Le pegué otros tragos al Havana. Me escabullí de vuelta a los pasillos de la casa. Un par de mulatas bellas yacían allí postradas velando la alborada. Les insinué toda clase de propuestas que uno hace cuando se siente poderoso. Sobra decir que no hubo respuesta positiva. Vencido en mi locura me fui a mi habitación a reposar mi borrachera. Cinco minutos de pestañeo y vuelvo a la carga, pensé. Caí rendido, sin mujer, sin cordura y sin elegancia. 

Desperté como al medio día cuando los rayos del sol acariciaron mi cuero.
Me levanté a tomar el almuerzo. Allí estaban bien portados Alan, Luis y Fabian.

–Discúlpate cabrón– me cantaron al unísono. Después de aquella orden, sus rostros volvieron a verse apacibles y satisfechos. Sonreían. Al parecer habían recibido la mañana cada quien en compañía. Me alegré por ellos. Escurriéndome hacia la cocina con ojos de cachorro indefenso me acerqué a las mujeres y a Doña Tania, la propietaria de la casa.

Comencé con algunas palabras a manera de disculpa. Argumenté cansancio previo del vuelo, mal pasadas de comidas y un sin número de vericuetos que no tenían sentido. Pensé que allí mismo me mandarían a tomar por culo. Ya me veía arrastrándome en las calles confusas de La Habana buscando un cuarto para seguir mi aventura. La grata sorpresa fue que me invitaron a almorzar solicitando que me controlara.

– Bájele a su parranda mexicano y aquiétese que usted apenas comienza.

Engullí los alimentos con discreción, limpié el plato y me levanté a besarlas. Mis primeros besos sinceros y genuinos a unas mujeres cubanas. Ya era lunes por la tarde. Luis llamó por teléfono a México para que le girarán más plata. La fiesta había ya dado buenos sablazos.

Fabian bebía, Alan conversaba. Sus mujeres se carcajeaban. De oreja a oreja dibujaban onduladas sonrisas.

Me fui al baño a meditar. Miré mi rostro frente al espejo, me cachetée un poco y me senté a filosofar.

Referencias: