Cuentos de las terribles historias que ocurren en las esquinas del mundo
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Cuentos de las terribles historias que ocurren en las esquinas del mundo

Avatar of Natalia Lomelí

Por: Natalia Lomelí

1 de septiembre, 2017

Letras Cuentos de las terribles historias que ocurren en las esquinas del mundo
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Por: Natalia Lomelí

1 de septiembre, 2017

¿Alguien sabrá con exactitud cuántas esquinas hay en el mundo? ¿Cuántas personas transitan todos los días las calles y se detienen en aquellos cruces donde chocan universos? La cantidad de esquinas que hay es proporcional a la cantidad de encuentros, desencuentros, accidentes e historias que narrar.


Esa es la inspiración para la pluma de Macaria España, crítica, curiosa y ansiosa por hallar las voces de las esquinas del mundo. En sus relatos se muestra la cruda realidad sin tapujos, no son historias fantásticas de finales felices, sino violentos testimonios de una sociedad en duelo, porque en nuestras ciudades los encuentros y coincidencias no siempre resultan afortunados. Entre sus líneas se encuentra el miedo de no poder confiar en aquello que nos acecha a la vuelta de la calle e incluso en nuestros hogares y relaciones, no como una alerta para vivir en paranoia, sino como la obligación de exponer el grave problema de inseguridad que ha sobrepasado la capacidad de protección de un gobierno guiado por la impunidad y una sociedad desencantada que ha aceptado a la muerte como personaje estelar en las noticias del día.


Te presentamos los siguientes cuentos para que a través de la narrativa de esta joven escritora y periodista mexicana conozcas todo lo que callan las esquinas, los campos y las autoridades.


La esquina de Juárez


La inspiración pasaba a las nueve de la noche en la esquina de Juárez y Callejón de las Ánimas. Tenía muchos días haciendo guardia desde las seis de la tarde, esperando a que apareciera. Pero, cuando por fin llegaba, no lograba reconocerla a tiempo, sino hasta que pasaba de largo y volteaba a verme burlonamente.

Siempre llevaba un disfraz diferente. A veces usaba sombrero de ala ancha y plumas, pasamontañas, smoking, o vestido de gala. Ese día me mimeticé con un poste, no podría verme hasta que yo tuviera mis manos encima de ella. Se aproximaban las nueve en punto, pasó junto a mí y esta vez logré detenerla. Pero apenas la agarré, empezó a brotarle sangre de la boca, una fuente sanguinolenta que comenzó a cubrir el pavimento. Cuando la miré bien, ella no era la inspiración, sino una niña con cabello largo, no pasaba de los dieciséis años.

Traté de revivirla pero fue en vano, murió en mis manos. Sentí una mirada en la espalda, volteé y la Inspiración se iba caminando pero esta vez lloraba. Se detuvo en seco. Me miró y me dijo: He ahí tu inspiración. Ven cada noche y te enseñaré más.

Estuve asistiendo puntualmente por unos cinco años o tal vez fueron diez, ya no recuerdo. Sólo sé que vi morir a cientos de caras de niña en mis manos, nunca supe quién las mataba, sólo las sombras de la noche las escupían y tiraban ahí, en la esquina de Juárez.

Pasé noches enteras tratando de soplarles el alma de nuevo dentro de sus pequeños cuerpos, pero todo fue en vano. La Inspiración me había engañado, qué podría escribir yo de una montaña de niñas muertas, qué podría hacer yo, si lloraba de verlas, qué podría ser yo, sólo el poste que observaba en silencio y donde ahora cuelgan las fotos de las caras de niñas desaparecidas.


Cuentos de las terribles historias que ocurren en las esquinas del mundo 0

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La generación del desencanto


Apareció de la nada. Floreció en medio del tedio, de la absurda melancolía por los tiempos pasados. El desencanto se generó espontáneamente, o tal vez vino atraído por el olor de mi alma en estado de putrefacción, como rata buscando migajas.

Trabajaba once horas diarias en un empleo que jamás me gustó, en una oficina de tantas en la Roma. Siempre había pensado que estaba destinada a realizar algo grande. Algo más que lamer las suelas de mi jefe y ovacionar sus ridículas ideas. Al parecer, no me esforcé demasiado y me conformé con ser una empleada más. Una estadística para el Inegi en algún censo de jóvenes económicamente activos. Ser una rayita entre miles de rayitas pobres. (El gobierno gusta de jugar con las rayitas. Cuando le conviene hace cuadrados, triángulos, rectángulos y, cuando no, apila un buen número de rayitas y forma cruces. Nunca pude ser siquiera un cuadrado).

Las arrugas empezaban a atacar mis ojos, a marcar el disgusto cerca de mi boca. El café cada día se tornaba más amargo y esto sucedía cuando recordaba los viejos tiempos, años de infancia cuando un Gansito costaba doscientos pesos ochenteros y aún sabía a pan. Cuando la Coca Cola no era tan adictiva y los personajes de las caricaturas no repetían cada dos minutos: «Eres un idiota».

Bien sabía que era una idiota. Debí de haberme casado con un hombre con dinero o, al menos, trabajador. O, en el último de los casos, que aparentara alguna de tales cosas. Que mi primer hijo se llamara como el padre del que debía ser mi esposo y este cónyuge desgarrara una virginidad conseguida a fuerza de amantes impotentes.

El desencanto seguía inmutable, impregnando todos los rincones de mi vida. Se adueñó de la cocina, los patios, la azotea y hasta de mi cama, donde ahora el sexo se había convertido en un acto mecánico. Ni siquiera tenía que quitarme la ropa para fingir un orgasmo.

Los amigos, las calles, los aparadores se convirtieron en cosas difusas, inanimadas, como si fueran figurillas de papel mal recortadas. Llegué un viernes a casa. Abrí la puerta y el fétido olor me dio un jab en la cara. Era como si mi hogar fuera un rastro público. Una morgue mal aseada. Un cementerio abierto. Comencé a buscar el lugar de donde provenía el olor semejante a un cadáver. A cada paso que daba me lastimaba más la nariz. El hedor venía de mi habitación. Entré y ahí estaba, a un costado de la cama yacía el desencanto en un charco de sueños coagulados.


Cuentos de las terribles historias que ocurren en las esquinas del mundo 1

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45 Super


Me quedé con su alcoholismo, la sudadera que tanto me gustaba y su credencial de elector. La última vez que lo vi estaba en mi cama desvistiéndose para correr entre mis piernas. Él ni siquiera se molestó en ser romántico ni me dijo las habituales mentiras de cuánto me quería. Nada. Me alzó la falda, hizo a un lado las penas y apretó mi corazón. Cogí como lo haría cualquier mujer absurdamente enamorada de un clásico patán.

Descubrí –nuevamente- lo que es ser humillada. Romperte la dignidad en pedacitos, tragarte tu propia sangre nomas porque te gusta el sabor agridulce en la boca, ver a un tipo jadear sin amor.

Se vino mientras su cabeza estaba entre mis muslos. A mí sólo me importaba que los vecinos no hubieran despertado con el rechinar de la cama por la frenética penetración en esta herida abierta de par en par. La llaga donde Mauro una y otra vez ponía su dedo.

Terminó el sufrimiento, el rechazo de su boca.

–A veces, como hoy, es mejor no decir nada cuando cogemos –dijo toscamente mientras fumaba un cigarrillo y destapaba una cerveza.

–Te pareces al Che Guevara –le dije para ignorar su comentario–, ¿te lo han dicho alguna vez?

–Si me dieran un puto peso por cada vez que me lo dicen, ya sería millonario -me respondió con fastidio.

Sus ojos verdes me lastimaban, sus pupilas eran el cañón de una 45 especial, como la que cargaba siempre bajo el asiento de su camioneta.

Me quedé en silencio mientras pensaba por qué diablos estaba con él. Qué me ataba a un tipo desgastado por llevar ese pinche dolor a cuestas y que no me dejaba arrancárselo. 

-¿Sabes que moriré joven y trágicamente? Sí lo sabes, lo veo en tus ojos, entre tus piernas, sabes demasiado, por eso sigues conmigo –murmuró como adivinándome el pensamiento.

Me levanté con pesadez, ahora yo era la fastidiada. Hablar de su muerte inminente era algo habitual y que me molestaba.

–Entonces me dejas algo en tu testamento. Si te vas a morir quiero algo, una herencia por soportarte –dije burlonamente.

–Lo que te voy a dejar es la soledad, un día de estos yo soy el que te va a dejar– respondió.

Mauro se metió a bañar. Me quedé pensando en las que serían las últimas palabras que escuché de él. Agarré su cerveza a medio terminar y me la acabé. Busqué en sus pantalones su cartera, saqué su credencial de elector. Me vestí con esa sudadera roja que tanto me gustaba y quedaba enorme en mí. Apuré mis pasos hacia el baño. No toqué. Abrí silenciosamente y apenas pude ver su cuerpo difuso por la cortina plástica y el vapor. El sonido del agua impidió que notara mi presencia.

Cerré la puerta y fui a la cochera, ahí estaba su camioneta y bajo el asiento, la 45 especial. En el retrovisor coloqué su IFE, como si fuese la estampita de mi Santo Mauro y jalé del gatillo.


Cuentos de las terribles historias que ocurren en las esquinas del mundo 2

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El Tartalán


Eran casi las siete de la tarde cuando llegué a Colpan; un poblado que ni siquiera aparece en los mapas. El sol arrebolaba las nubes, la noche comenzaba a lamer los cerros. Colpan es un pueblo pequeño, apenas unas cuantas calles empedradas bordean la avenida principal, la única pavimentada. El lugar parece un cuadrado, se pueden observar a simple vista las esquinas dónde inicia y dónde termina el poblado. No se ve movimiento, unas cuantas luces comienzan a alumbrar alrededor de las pequeñas casas. El tiempo no se detiene y necesito llegar a El Tartalán antes que anochezca.

Me detengo en la última casa al final de la calle, afuera de ella está un señor sentado en el bordo de la puerta. Sonríe mientras me acerco. Quiero preguntarle si voy en la dirección correcta, no quiero tener contratiempos para llegar a El Tartalán, una comunidad aun más alejada y pequeña que Colpan.

–Buenas tardes señor, disculpe, para El Tartalán, ¿este es el camino correcto? –pregunté.

El anciano abrió los ojos un poco más como para verme bien. Se acomodó los gruesos lentes sobre la nariz y parecía que le deformaban la mirada.

–Dé vuelta en esta esquina a la izquierda y siga derecho, todo derecho y dará con El Tartalán. Pero, ¿por qué quiere ir para allá? A esta hora no le recomiendo que vaya –me contestó.


No es que yo deseara ir a El Tartalán, no era un viaje de placer, sino de trabajo. Es la entrega de apoyos y estamos a marchas forzadas verificando el padrón de beneficiarios.

–Soy de la Secretaría de Desarrollo Agrario y voy a verificar unos datos, pero he salido un poco tarde de la ciudad y quiero llegar pronto. ¿Cómo cuánto falta?

–Para llegar le queda como una hora y media a buen paso, seguro lo va agarrar la noche y pasaría a oscuras los sembradíos, eso es muy peligroso. Nadie de Colpan va para allá. Siendo honesto, hace mucho que nadie va para El Tartalán. Sentí algo de temor y curiosidad cuando mencionó el peligro. Las carreteras siempre son peligrosas de noche, pero más los caminos rurales de regiones lejanas.

–¿Por qué es peligroso pasar por los sembradíos? –pregunté creyendo que de ahí salían ladrones, como en otros pueblos– ¿Y por qué no va nadie para allá?

–Mire, el camino no tiene luz, pero no van porque dicen que en la noche, en los sembradíos, se paran los muertos. Si no hubiera sido por el semblante serio del anciano, hubiera lanzado algún comentario fuera de lugar, pero su cara sombría me contuvo. Yo no creía en las supercherías de pueblo. Aparecidos, fantasmas, el diablo, son temas muy recurrentes en el imaginario de la gente de lugares pequeños, pero a mí me parecía puro folklor.

–¿Muertos? –pregunté con incredulidad burlona.

–Sí, los muertos de los sembradíos.

–No termino de comprender qué tiene que ver una cosa con la otra.

El anciano, que había estado sentado todo el tiempo, se paró acercando mucho su cara hacia mí, como si fuera a contarme un secreto, algo que nadie más debía oír, y aunque no había nadie alrededor, parecía que el aire nos escuchaba.

–En el Tartalán la gente siembra cadáveres en sus parcelas. Así como nosotros sembramos frijol, ellos siembran cuerpos –me dijo en voz baja.

–¿Cómo, matan gente y la entierran? –pregunté desconcertado.

–No muchacho, tal vez seas muy joven y de otros rumbos para entender, pero en El Tartalán, ni dios ni el diablo se acordaron de pasar. Era un pueblo sumido en la miseria, sus tierras no eran fértiles. Sembraban maíz y no salía nunca la milpa, frijol, sorgo y lo mismo, nada se les daba.

–¿Y entonces?

–Pues entonces pasó que un día encontraron un muertito en una de sus parcelas. No dijeron nada a la policía, por temor que les echaran la culpa.


Dejaron al muerto ahí tirado y regresaron a verlo dos días después, fue cuando se dieron cuenta. La historia me tenía intrigado, ni siquiera me había dado cuenta que ya todos los faroles de la calle se habían encendido. La noche nos vigilaba. Y se había hecho tarde para irme.

–Se dieron cuenta de qué –pregunté impaciente.

–De que al muerto le habían nacido cientos de gusanos. Pero no gusanos cualesquiera. Unos gusanos grandes, brillosos y gordos, que nunca habían visto. Agarraban el color de lo que se comían y se tragaron rápido el cadáver, pero nada más lo de adentro, dejaban el cuero, como si fuera un cascarón, después de unos días al sol el cuerpo quedó como un judas de cartón. Imaginar los gusanos devorando la carne humana me había causado escalofríos. No había tenido esa sensación desde los ochos años, cuando se murió mi abuelo y vi su cadáver en el cajón.

–¿Pero entonces qué hicieron los pobladores?

–Pues vieron que si no se les daba sembrar maíz, podían sembrar cuerpos. Y empezaron a llevarse los muertitos que nadie reclamaba para sembrarlos en sus parcelas. Después alguien le habrá contado la historia a gente mala y empezaron a tirar cuerpos por todo el campo de El Tartalán. La gente no preguntaba y sólo los sembraba. A las pocas semanas tenían toneladas de gusanos, algunos los usaban para su propio consumo, dicen que hacen una sopa muy buena y nutritiva. También sacaron metros de cuero curtido que empezaron a vender.

Nunca había escuchado de ese pueblo y que sucedieran esas cosas. ¿Por qué la secretaría no se había dado cuenta de eso? ¿Por qué me mandaban ahora a buscar beneficiarios para los programas de apoyo al campo? No entendía qué pasaba.

–Pero, ¿el gobierno sabe de esto? –pregunté asombrado.

–Claro que saben, sino quién cree que les manda tanto cadáver.

Aunque también les mandan vivos, que también siembran. Son más de mil hectáreas de puros sembrados. Hay de todo: mujeres, hombres, niños, son miles.

–¿Y los periodistas? ¿Nadie ha venido a investigar?

–Mire, este es el único camino que lleva a El Tartalán, por aquí han pasado muchos de ida, pero jamás de vuelta.

Respiré hondo. Ahora muchas cosas tomaban forma en mi cabeza. El hijo del secretario acababa de graduarse con honores en una universidad privada del extranjero y había escuchado rumores sobre sus deseos de obtener mi cargo.

–¿Y por qué dicen que se paran en la noche?

–La gente dice que se despiertan y se paran, que quieren regresar a su casa. Pero como la mayoría ya no tiene ojos, porque se los han comido los pájaros o los gusanos, nomás se paran, se caen y dan vueltas por toda la tierra.


Me parecía todo irreal, como si me hubieran dado una descarga eléctrica y mi visión se hubiera tornado borrosa. Aunque siempre he sido muy escéptico, en este caso, podía sentir que una verdad profunda me acababa de ser revelada.

–Pero si usted dice que nadie ha ido para allá, ¿cómo es que sabe que todo eso sucede en El Tartalán?

El anciano se quitó los lentes, que tapaban las cuencas negras donde alguna vez tuvo ojos, creo que lloraba pero no le salían lágrimas, se dejó caer de nuevo en el bordo de la puerta, el semblante se le perdió en la esquina donde inicia el camino al Tartalán.

–Porque a mi hijo se lo llevaron para sembrarlo, traté de recuperarlo, pero ya se lo habían comido los gusanos.


Cuentos de las terribles historias que ocurren en las esquinas del mundo 3


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Referencias: