
Sé que es él. Llega puntual. Es, tal cual, como no me lo había imaginado, por eso decido llevármelo de chelas.
Se sienta en la barra y no puede evitar mirar el periódico. Me muerdo la lengua de periodista para no tragármelo a preguntas. «Guarda el celular en el bolso», me susurra.
No le hago caso y salgo un segundo a fumar. Me encanta. Estoy atacada de los nervios. Cuando pido fuego me roban el iPhone. Pido otra cerveza y le pregunto qué debo hacer para publicar Los amores cojos. Me dice que utilizo palabras fuertes, pero que le parece bien; y que lo que estoy haciendo es lo que debo hacer. Yo le respondo que a mí también me inspira Cantinflas. Dios se ríe y comenta que vamos a perder la reserva que hizo.
Llegamos al restaurante y pienso que si él ya sabe lo que vamos a comer, que entonces pida por mí. Se queda callado, parece que se ha enfadado. Pero desde hace mucho que no reacciono al temor de Dios.
-¡Estás muy guapa!
-Gracias. Es por ti- respondo con rapidez.
Le propongo que hagamos un juego. A él le encantan los juegos y yo no tenía la menor idea.
“Muéstrame a la mujer que más se parece a mí en el mundo. A mi doble terrestre”. Se vuelve a desternillar y se mete a Internet desde su teléfono de modelo único. Me alejo un poco para no ver dónde está buscando.
-Seguro que no es Facebook, ¿verdad?
En blanco y negro aparece mi otra yo.
-¿Dónde vive?
-No podrás dirigirte a ella ni en español, ni en inglés ni en italiano -añade picándome el ojo.
Imposible que me esté engañando. Pero me quedo con la sensación de que esa de las fotos soy yo, y que Dios me está tomando del pelo.
Pasa una mano por mi cuello y se queda inmóvil. Supongo que mi tatuaje no le gusta.
-Intenté tres veces que no te lo hicieras.
-Es verdad -respondo.
A Dios le gusta el vino, pero a mí me tira el ron. Lo invito a fumarse un cigarro y acepta. Se pone a hablar con los que están en la puerta, con los hermanos en paro, y hasta saca una foto de dos ingleses que cruzaban por ahí.
Yo ya voy peda, pero él no. Me pido un pincho de tortilla y me apetece ir al cine; pero también me encantaría invitarlo a otro plan. Subimos a un taxi. Él prepara de antemano 7.50 euros, lo que sabe que costará la carrera.
Subimos las escaleras, me alegra que no quiera convencerme de que con él no me pasará nada en el ascensor. Mi claustrofobia no me la quita ni Dios. Busco las llaves, el corazón se me va a salir.
No puedo creer que me lo haya traído a casa.
