El acecho de Marina

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El acecho de Marina

Por Alejandro Ildefonso y Tania LeónEstoy demente, pero no soy una loca despegada de este mundo; al contrario. Sé lo que hago, lo que digo, lo que hablo. También sé que acabo de matar a la persona que más daño y más temor me ha causado en esta vida. Me es imposible decir cómo aquel deseo entró en mi cabeza, pero durante día y noche, no dejaba de pensar en cómo quitarle la vida a esa persona terrorífica. Su rostro atormentaba mis sueños más preciados, no podía seguir sintiendo esto. Tenía que arrancar su repugnante presencia de mi vista y de mis pensamientos. Debo admitir una vulnerabilidad mía. Antes de que naciera este odio desmedido por este ser, adoraba su belleza, su soltura al caminar, la inteligencia que desbordaba con sólo escucharla hablar, así fuera la plática más vana. Llegué a sentir una pasión desmedida, quemándome las entrañas siempre que le veía.Me toman como alguien cuerda, pero realmente he perdido la razón. Mi cabeza es un hervidero de todas las atrocidades que estoy dispuesta a realizar con este ser humano. Sepan que soy una demente, pero con una inteligencia descomunal. Si tan sólo hubieran podido verme en acción. Cómo paso a paso y tan metódicamente, tracé mi plan de arrancarle su rostro de superioridad y seguridad.Todos los días le citaba para platicar sobre nuestros gustos literarios, hasta que llegaba el momento en el que nuestros estómagos reclamaban un poco de comida. Reíamos sin parar contando anécdotas estúpidas. Mi corazón no reía por lo que este ser despreciable me decía, sino reía porque me imaginaba cómo le iba a arrancar los ojos, para que dejara de verme, y yo dejar de ver toda inmundicia que me causaba repulsión. Me veía arrancándole la lengua para no volver a escuchar sus sonidos lastimosos, y que mi mente descansara así de su horrenda voz. Por último, visualizaba la forma en que le cortaría el cuello, lentamente. Que el caer cada gota, fuera como una gota del mejor vino que pueda existir en este planeta.Me daría el placer de tomar ese manjar burbujeante para cerciorarme que ya no pertenece a este mundo. Pero esto, sólo era mientras este ser se reía con plena soltura, sin imaginarse todos los pensamientos tan retorcidos que surgían en mí sobre su detestable persona. Siempre me hablaba de cómo los autores habían cambiado su visión de la vida. Ahora, era alguien tan estudiada que le sobraría inteligencia para una humanidad paralela. Yo siempre escuchándole tan atentamente, observando cada movimiento, contando las respiraciones cuando hablaba, siguiendo el movimiento de sus labios y de sus manos. Siempre era tan elocuente este ser humano. Qué pena me daba pensar el final que le deparaba a toda esa sabiduría y hermosura. Después de toda esta plática intelectual, bebimos un poco y se retiró argumentando que se sentía cansada. Educadamente le comenté que viniera pronto para continuar con esta plática tan interesante. Me respondió afirmativamente, y desde ese momento, firmó su sentencia de muerte.Pasó una semana exactamente. En ese lapso de tiempo me fui preparando mientras trazaba mi plan minuciosamente. Sabía que el lunes acudiría a mí, y de nueva cuenta platicaríamos de cosas, que en lo personal, no tienen sentido alguno. Lo único que me importaba era sentir su sangre recorrer mis manos, escuchar sus sollozos de terror al verme por última vez, mutilar su cuerpo, cortar su cuello como la mantequilla. Arreglé mi casa de manera que se adecuara a mis necesidades del día tan deseado, mi indumentaria para la ocasión ya estaba lista, los filos ya aguardaban en su lugar para proceder con mi cometido.Llegó el momento. Me encontraba sentada en la sala tomando una copa de vino, disfrutando de mis más horrendos pensamientos. Sentía tanto éxtasis, tanta ansiedad de poder concluir con todo ese odio y placer, que me estaba consumiendo desde el primer momento en que vi a este ser tan despreciable, causante de mis más obscenos y bajos deseos.

*

Se escucha el timbre, me levanto lentamente, me miro por última vez en el espejo y me dispongo a abrir la puerta. Le cedo el paso para que pase a su morada final de este mundo mortal. Entra con su aire de superioridad de siempre, calmada. Tomamos asiento y comenzamos a hablar de las mismas trivialidades. De un momento a otro me pongo de pie, comentándole que traeré una copa de vino. Ella me da su plena autorización.Pobre ilusa, no sabe que estas van a ser sus últimas palabras. Me dirijo a la cocina, tomo mis fieles filos, ¡qué hermosos son! Es el momento de saciar ese deseo que lleva tiempo carcomiendo mi alma perversa. Me paro frente a ella, le ofrezco la sonrisa más encantadora que mi persona le puede dar, espero que ella haya notado lo retorcida y sádica que es, preparada especialmente para ella. Me inclino un poco hacia su cuerpo y al instante se tensa por completo. Me percato de cómo sus dientes rechinan y sus ojos se salen de órbita al ver que saco el filo de mi espada y comienzo a acercarlo a su rostro.

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Ya es demasiado tarde, y yo demasiado rápida para que se defienda de mi inmenso odio. Comienzo a desgarrarle la piel una y otra vez. Con cada embestida siento que mi cuerpo tiembla de un placer sobrehumano. Miro su rostro desencajado, casi formando parte ya del inframundo, así que me dispongo a ponerle fin a su mortalidad: paso el filo por su delicado cuello.Al hacerlo mi alma se estremece. Comienzo a perder la respiración de una forma gradual, pero de manera profunda. Me dirijo al espejo. Quedo horrorizada al darme cuenta que está ahí, completamente cortada, desangrándose, con las arterias expuestas.Me precipito hacia el suelo, caigo como un costal de cien kilos, me retuerzo del dolor, mi ser tiembla por completo. De un momento a otro ya no siento nada más que simple paz y un frío total. Se despide mi demonio terrenal de este mundo vano, y sin espacio para una astuta desquiciada, desprovista de toda emocionalidad y apegada al dolor íntimo de su ser.

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