El amor se vuelve un volcán que espera

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El amor se vuelve un volcán que espera
El amor se vuelve un volcán que espera

(…) duerme en paz, Iztaccíhuatl: nunca los tiempos borrarán los perfiles de tu expresión.
Vela en paz, Popocatépetl: nunca los huracanes apagarán tu antorcha, eterna como el amor.
José Santos Chocano

Férreo y mortífero era el guerrero; tierna y delicada era la joven que motivara su epopéyica travesía con dirección a las caprichosas tierras del suroeste. Recorrería desiertos, llanuras, valles, montañas y lagos si al finalizar del recorrido la encontrara allí, con esa sonrisa que reinventa el mundo, como sabiendo que después de ella no hay nada. Poco le importaría batir su macuahuitl las veces que fueran necesarias para desmembrar ferozmente a sus adversarios y provocar, así, una vorágine sangrienta; le ofrendaría, atravesada por su lanza, la cabeza putrefacta del cacique enemigo al padre de su amada si aquello lo acreditara como el hombre suficiente para obtener su venia y erigir junto a su hija el albor de una perpetua historia de amor.

Cuando por fin, presa del desenfreno y en cumplimiento del mandato de un anhelo rebosante, sus manos dieron cumplimiento a tal tarea, el destino se hizo lúcido ipso facto: otra sería la vida desde ese momento. Sí. No tendría que vivir más la agonía de un amor de piel vibrante y pecho frenético, pero de brazos llenos de vacío. De nada. La absurda nada.

Leyenda de los volcanes - el amor se vuelve un volcán que espera

Aquellas batallas fueron descomunales. Incalculables fueron las vidas que, en el infortunio de la derrota, habían sido reducidas a otro cadáver más de entre una gigantesca montaña de despojos fríos y carentes ya de alma. Años enteros vieron correr su curso, lunas y lunas atestiguaron la masacre que se perpetraba; hubiera podido teñirse cuando menos un océano entero con la sangre derramada por los combatientes de ambos bandos. Sin embargo, el despliegue estratégico militar y las poderosas armas que empuñaba el ejército del guerrero, pero sobre todo, su ímpetu por regresar triunfante al Valle de Anáhuac, provocaron el final de las hostilidades con la gloria de su lado.

Caminaba de regreso al encuentro de su enamorada y pensaba que su vida de guerrero le había entumecido los ojos. Tanto habían visto que, ebrios de experiencia, olvidaron cómo luce la sorpresa. Pero lo recordaron cuando se cruzaron con los de ella. El guerrero era capaz de orientarse con el vuelo de las aves, predecir las condiciones del clima y del terreno a partir del comportamiento de los animales y encontrar el camino a casa con tan sólo sentir la dirección con la que la naturaleza hace soplar al viento. Pero ese día, observó sus negros y profundos ojos y así, sin más, se supo perdido en el universo. Sus miradas se encontraron y se estremecieron hasta sus ancestros. No tuvo ni siquiera oportunidad de resistirse ante el instinto. ¿Para qué? No había batalla qué ganar allí para él: perdería sin luchar al instante de verle llegar…

Mujer olvidada - el amor se vuelve un volcán que espera

Siguió su camino así, acompañado de los pocos hombres que sobrevivieron en su ejército hasta llegar al Valle, donde aguardaba un recibimiento acorde al tamaño de la hazaña realizada por él y sus hombres. El guerrero, a pesar del estado deplorable de sus ropas y penacho, conservaba la gallardía propia de su estirpe mientras la gente formaba una valla y vitoreaba enardecida por su retorno. Mientras tanto, sólo podía pensar en verle de nuevo. Se dirigió ansioso a donde el padre de su enamorada le esperaba para recibirle. Ella seguramente también estaría allí y después de entregarle a su padre la cabeza cercenada del odiado rival, podría llevársela a existir junto a él lo que durase la vida misma.

Aunque para su terrible desdicha, nuestro guerrero descubriría un dolor más intenso que el de cualquier herida mutilante de combate, encontraría ira más ferviente que con la que se odian los huesos del más ruin de los enemigos y una tristeza más profunda que la que cualquier alma podría resistir antes de resquebrajarse en mil pedazos: Xochiquetzal, su Xochiquetzal, yacía allí, pálida y rígida en su lecho de muerte. Un truhan tlaxcalteca, movido por su ambición de poseerla, esparció el falso rumor de la muerte del guerrero al enterarse de su trato con el padre de la muchacha. Ella, invadida por una tremenda tristeza, dejó de dormir y comer y dejó pasar día tras día así hasta encontrar su fatal desenlace.

Adioses - el amor se vuelve un volcán que espera

El guerrero, furibundo y apesadumbrado hasta el colapso, profirió injurias al mundo entero, se arrancó mechones completos de cabello y rasgó con las uñas tiras de su piel y de su carne, y después de un aparente interminable lapso de violencia, comenzó a sollozar con la fragilidad de un niño que ha perdido el rumbo. No volvería a perderse en el abismo negro de sus ojos. Volvería a ser la suya una existencia inundada de nada. La absurda nada.

Cortó algunas flores de Yoloxóchitl, cargó en hombros el cuerpo de Xochiquetzal y la llevó consigo al punto más alto de la montaña, en donde la recostó y acomodó cuidadosamente; le construyó una bóveda mortuoria y la adornó de manera meticulosa con las blancas flores que recogió. Pasaría, pues, lo que quedara de su vida allí, tiritando en la gélida atmósfera del fin del mundo. Prendería una antorcha para contemplar a su dulce amada, dejaría caer una lágrima imaginando la vida que no pudo ser y le diría al oído: “Duerme en paz y no temas por mí. Duerme en paz, te digo, que mi amor protegerá tu sueño lo que dure la tierra incandesciendo en sus adentros”.

Decir adios - el amor se vuelve un volcán que espera

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Imaginemos que no te has enamorado, que no te han roto el corazón. ¿Cambiarías algo en tu historia?… Lee más aquí.

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