El arte de la seducción en Sören Kierkegaard
Letras

El arte de la seducción en Sören Kierkegaard

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Por: Jacobo

8 de septiembre, 2015

Letras El arte de la seducción en Sören Kierkegaard
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Por: Jacobo

8 de septiembre, 2015

“…que el vivir sólo es soñar…”

Calderón de la Barca

En Diario de un seductor, Sören Kierkegaard (1813-55) nos plantea el ejercicio de la seducción como un arte, una construcción paciente, metódica, intelectual, y, además, cargada de emotividad, al punto de que el propio seductor se encuentra inmerso, seducido, cumpliendo así aquella frase de María Zambrano: “Pues la sucede al que posee, que es poseído a su vez fatalmente” (El hombre y lo divino, FCE, 1973).

Sören Kierkegaard

De que nuestro personaje está enamorado no hay duda, pues reconoce: “Estoy perdidamente enamorado, podría decirse que me ahogo en amor. No hay que extrañarse, por este motivo, de que esté desconcertado. Mucho mejor, ya que espero mucho de esta relación”.

Nuestro protagonista novelesco avanza en su conquista con serena y al mismo tiempo apasionada delectación (es un gourmet de los detalles), al punto de afirmar “la mayoría de los hombres se lanzan al barullo, se enamoran o cometen otras tonterías y, en un abrir y cerrar de ojos, pasa todo y ellos no saben ni lo que han ganado ni lo que han perdido”.

Se trata de un juego sublime entre inteligencia y deseo; astucia y sentimiento; emoción y lógica calculadora. Porque suele suceder que “bajo los más fríos y claros pensamientos corren, a veces, los sentires más apasionados”, como dijera en el libro ya citado y a propósito de otros asuntos la filósofa y escritora española María Zambrano.


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Al punto de que el seductor asemejaría al conductor de un sueño, pero ¿quién puede pilotear un sueño? Tal vez sólo un artista con dotes de filósofo, como lo era el escritor danés. Llevar a cabo tal equilibrio entre pasión y razón de la seducción, repito, es como tratar de conducir un sueño. Algo que, por otro lado, hay quien jura que lo puede hacer, me refiero al artista chileno Alejandro Jodorowsky.

En su libro autobiográfico La danza de la realidad (Ediciones Siruela, 2004), el creador de la cinta de culto El Topo, señala respecto a lo que él denomina “sueños lúcidos”, y que consisten en saber, mientras se duerme, que se está soñando:

“Todos actuamos como víctimas de los sueños, como soñadores pasivos creyendo que no podemos intervenir en ellos. A menudo dentro del sueño tenemos atisbos de que estamos soñando pero por miedo, ignorancia, de inmediato rehuímos esta sensación y nos dejamos atrapar por el mundo onírico”.

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¿Y acaso el amor o el enamoramiento en el mundo real, consciente, de la vigilia, no es como un sueño?

Enamorarse podría caber en la definición “más general y correcta” que Freud atribuía al sueño: “Es la actividad mental mientras se duerme” (Freud/Pfister, Correspondencia 1909-1939).

Es cosa sólo de interrogar a quien ha cesado de sentir el enamoramiento para escucharle decir que aquello fue “una locura”, “una fantasía”, “un sueño”.

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Afirma el prologuista de Diario de un seductor: “También yo me siento arrastrado a aquella zona nebulosa, a aquel mundo de sueños, donde en cada instante hasta nuestra sombra suscita terror”.

Soñante de sus intenciones seductores, el personaje de Kierkegaard no cae a su pasión, no cede al cumplimiento del deseo. Hasta en sus momentos más intensos controla el enamoramiento, del que él mismo es verdugo y víctima.

El control sobre la pasión amorosa en Kierkegaard se asemeja así al sentido de mando que más de un siglo después plantea Jodorowsky como condición indispensable para tener un “sueño lúcido”. Dice el escritor chileno respecto a mantener el control del sueño en tanto uno permanece dormido:

“Pero, en cuanto me entregaba al placer, inevitablemente el sueño me absorbía y se transformaba en pesadilla. El deseo, al apoderarse de mí, hacia que perdiera la lucidez y que los acontecimientos escaparan a mi control”.


Sören Kierkegaard

Y no otra cosa es lo que nos dice con claridad el personaje seductor de Kierkegaard, auxiliándose para ello de metáforas marinas. Primero nos habla de la “tempestad” de una pasión que lo puede mandar a los “abismos”, para luego decirnos que en realidad hay un vigía (digamos un “piloto” que controla el sueño de la seducción que está viviendo en el mundo real), un centinela que no dejara perder al seductor en los precipicios de su pasión y sus deseos.

Podríamos aventurar entonces que el personaje creado por Kierkegaard vive en el mundo real un sueño pasional “lúcido”. En otras palabras, el personaje enamorado del escritor danés tripula con lucidez su sueño. Nos dice Jodorowsky que, mientras duerme, se pierde en sus sueños si cede a sus pasiones y deseos; así también en el mundo de la vigilia, el personaje de Diario de… advierte que de ceder a sus impulsos con su enamorada echaría a perder todo su artificio seductor.


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Veamos:

“Me reconozco con dificultad. Mis sentidos se enfurecen como mar embravecido en una tempestad de pasión. Sí, en estas condiciones, otros pudieran ver mi alma, les parecería una barca, que, con su aguda proa, va cortando las olas y no tardará en precipitarse, en su atormentado viaje, en los remolinos de los abismos”.

Pero enseguida repara:

“Pero no verían allá arriba, en el palo mayor, a un marinero alerta, como centinela. ¡Enfureceos, elementos salvajes! Desencadenad la fuerza de vuestra pasión! Aunque vuestros flujos lanzasen espuma hasta las nubes, no conseguirían alcanzarme. Yo, como rey de los escollos, estoy tranquilamente sentado”.

O, en palabras de Alejandro Jodorowsky:

“Puesto que soñamos nuestra vida, vamos a interpretarla y descubrir lo que trata de decirnos, los mensajes que quiere transmitirnos, hasta transformarla en sueño lúcido. Una vez conseguida la lucidez, tendremos libertad para actuar sobre la realidad, sabiendo que si sólo tratamos de satisfacer nuestros deseos egoístas seremos arrastrados, perderemos la ecuanimidad, el control y, por lo tanto, la posibilidad de hacer un acto verdadero. Para lograr divertirnos actuando, tanto en el sueño nocturno como en este sueño diurno que llamamos vida, hemos de estar cada vez menos implicados”. (Psicomagia, 2004).


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Por otro lado, el seductor de Kierkegaard es un educador estético del alma femenina. Despierta en ésta los sentidos de la sensualidad, del espíritu, de la imaginación estética, ¡y sin tocar materialmente a la mujer!, o gracias precisamente a esa carencia. Y es que no busca el placer sexual, pues como ser inteligente y muy espiritual, desdeña a un segundo plano estas menudencias, nos confiesa en una parte de su Diario:

“Yo busco siempre a mis víctimas entre las jovencitas, y no entre las jóvenes casadas, por ejemplo. Una mujer casada resulta menos espontánea y más coqueta; y tener una relación con una no es bonito ni interesante, es sólo excitante, y lo excitante es siempre lo último…”.

Y en otra parte es más explícito al respecto al decir:

“La simple posesión es demasiado poco, y los medios de los que se valen algunos amantes son en general mezquinos; no vacilan en recurrir al dinero, a la fuerza, a las influencias externas, a los filtros de amor y a otros. ¿Qué gozo puede haber en un amor que no exige el abandono absoluto de al menos una de las partes? Para esto, en realidad, se necesita el espíritu, y esto es lo que en general les falta a esos amantes”.


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Pero nuestro seductor no es de ese tipo, él quiere vivir en el ideal de la belleza, poetizar la realidad, vivir estéticamente. Mientras en el prólogo se afirma del personaje “su vida, efectivamente, siempre estuvo inspirada en el sueño de vivir poéticamente”, el propio personaje señala “me alimento de la poesía, es mi única comida”. Y da muestras de ello, por ejemplo, al describir a su Cordelia cuando apenas empieza a conocerla, apunta: “Ella era delgada y arrogante, misteriosa y grave como un abeto, un vástago, un pensamiento, que desde el vientre de la tierra germina hacia el cielo, incomprensible, incomprensible hasta para sí mismo, un todo sin partes”. Y en otro lugar afirma “era tan ligera, que la podía levantar la mirada”.

Aquí la “locura del amor” no pierde al enamorado porque éste antepone las exigencias de su estética a las complacencias narcisistas, al punto de renunciar a su amada al momento de sentir que ya ha cumplido con su tarea. Es decir, cuando ya ha seducido a Cordelia (pero no poseído fisicamente) y ésta se encuentra dispuesta a lo que él disponga. Es en ese instante cuando la joven pierde el encanto que le provocaba al seductor: “Una vez que una jovencita ha dado todo, está rota, lo ha perdido todo”, afirma en el último día fechado en el Diario, el 25 de septiembre.


Sören Kierkegaard

Es en esos momentos culminantes de la historia cuando el personaje siente su goce estético satisfecho y su deber de seductor cumplido. También percibe que la relación no puede darla ya nada, y no representa reto alguno desde que ella se encuentra a su merced espiritual y, si quisiera, también física.

Se va. No tocará a la mujer que le ha costado esfuerzo, y tanto despliegue de artificios para atraparla. Pasa a convertirse en un “perverso”, si entendemos bajo este adjetivo a quien se desvía del cauce natural, “normal”, instintivo. Un perverso si comprendemos bajo esta denominación a quien mediante artificios de la mente trastoca la marcha natural de las cosas.

Al final, el protagonista del Diario se revela como un ser vital, una especie de cazador dispuesto a otras aventuras que le doten de más vida y de más objetivos seductores: “No veo lo que ha sido, sino lo que será...”, “todo duerme en paz, menos el amor”, “todo lo caduco y lo mortal ha sido olvidado”, “¡Mi alma está tensa como un arco!”, “Mi alma se siente fuerte, sana, alegre, presente, como un dios…”.


Referencias: