Memorias del Colegio Williams.

Cuando en tercero de secundaria me eligieron de portero, no podía creerlo, sobre todo porque era la final del torneo. Que se volvió a lastimar el “Steve Austin”, un compañero con incontables cicatrices. Que hay que meter a Mora, que él es medio pendejo con las manos. Que hay que meter a “El abuelo”, un amigo que corría como viejito. Que el abuelo es muy lento. Que se ponga Ontiveros. ¿Y quién va a meter los goles? Que se ponga Serapio. Y nadie objetó. ¿Yo? No mamen, yo soy defensa. Pero jugaste fútbol americano. Sí, pero no mamen, yo soy defensa. Pues que no hay de otra.
Nunca había jugado de portero en mi vida, nunca me había puesto los guantes y ahora iba a debutar en una final. Y no cualquier final. Era contra el grupo “B”, quienes nos habían ganado la final en primero y segundo, ambas ocasiones por la vía de los penales. Ahora teníamos la última oportunidad para la revancha.
Comenzó el juego y sólo tuve dos sencillas intervenciones antes de que Balmori metiera un gol a nuestro favor.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Se nos echaron encima y por poco nos anotan si no es por el poste, cual salvación milagrosa impidió la entrada del balón en un potente tiro de larga distancia. Luego un cañonazo que oportunamente atajé al cubrirme el rostro. Hubo dos tiros más en contra pero uno se fue por arriba del travesaño y el otro fue tapado por la espalda de Granados, un corpulento defensa. Ya no pudimos volver a atacar y se terminó el primer tiempo. Nos prendimos más y nuestro ánimo se acrecentó con los gritos de porra de nuestros compañeros.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Y entre los rostros emocionados y sonrientes de la tribuna estaba Brenda, mi novia, ese día cumplíamos dos semanas. Me gustaba su cara, sus ojos, su nariz, su pelo, su olor, su cuerpo, su voz, su sonrisa y sus labios. Me envió un beso con la mano y sonrió con sus amigas. Yo era feliz.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Me reuní con el equipo y planeamos estrategias de juego y formación, yo insistí en un defensa central. No nos íbamos a echar para atrás pero tampoco íbamos a arriesgar. Había que salir jugando. El árbitro pitó y los equipos entraron a la cancha. Yo estaba estimulado, ya no me sentía inseguro ni nervioso, ahora me sentía un verdadero portero. Seguridad en mis brazos y en mis manos, en todo mi cuerpo.
Listo ¿eh, cabrón? Me dijo Sánchez, el otro defensa. Simón, dije. Vamos a ganar, ando inspirado, y volteé a ver a Brenda, quien me miraba sonriente y coqueta, mordiéndose un labio y sacando un poco sus tiernos pechos. Ando con la más bonita de la escuela. Suspiré hondo, enamorado, completamente enamorado. El árbitro pitó el inicio del segundo tiempo.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Se dejaron venir con todo, tres ataques consecutivos. Un peligroso balón al ras del suelo a un lado de mi poste derecho, un tiro al centro que atajé con ambas manos pero haciendo arder mi pecho, y el tercero salió desviado por las nalgas de Cisneros, quien era muy lento.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Intentábamos atacar pero no podíamos, no pasábamos de media cancha y siempre nos la quitaban y contraatacaban. Pero estaba en mi momento, mi mejor momento. Los tiros comenzaron a ser certeros y tuve que intervenir en todas las atajadas. Una aquí, otra acá y otra más acá. Por arriba no entraban, me sentía seguro, por abajo tampoco pasaba nada. Me sentía pleno, seguro y confiado en mí mismo.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Entonces vino el desastre. Era el minuto cuarenta y, en un centro, “El abuelo” jaló la playera de Selenka, delantero rival, y el árbitro marcó penal. Pinche árbitro.
El doloroso empate o la gloria del campeonato.
Y yo ahí de pie, frente a la posibilidad de hacer mi parte en el partido y celebrar el campeonato con Brenda, con quien me iría para estar a solas. Brenda. Mi novia Brenda. Absolutamente enamorado de ella. La volteé a ver y quedé inmóvil, no podía creerlo, no podía creer lo que veía.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Brenda se estaba besando, apasionadamente, con un tipo al que jamás había visto.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
Se besaban.
¡Tercero C, Tercero C, Tercero C!
El árbitro pitó y alguien cobró el penal mientras yo seguía mirándola.
¡Goool! ¡Tercero B, Tercero B, Tercero B!
Qué te pasa, pinche Serapio. No mames, Serapio. No la cagues, pendejo. Qué onda, Serapio. No mames, güey. ¿Quieres salir? ¿Y a quién vas a poner? Pero qué pedo, por qué no hiciste nada. Ya estoy bien, ya estoy listo; ya, ya, ya. Ya estoy bien.
¡Tercero B, Tercero B, Tercero B!
Pero la verdad me sentía horrible, un vacío en el estómago que me daban ganas de vomitar. La volteé a ver y, por supuesto, ya no se besaban. Se despidieron y el tipo le agarró el rostro cariñosamente, ella sonrió pero se apenó de inmediato cuando me vio. Me vio cómo la miraba. Se puso nerviosa y puso cara de preocupación. Tú misma te delatas, pensé, cuando escuché el pitar del árbitro; pero no era para comenzar el segundo tiempo sino por el segundo gol que ya nos habían metido.
¡Goool! ¡Tercero B, Tercero B, Tercero B!
Los reclamos se dejaron venir y todos pidieron mi cambio. Salí cubierto de insultos y abucheos, busqué a Brenda con la vista pero ya no estaba. Apenas me senté en la banca cuando el árbitro pitó el final.
¡Tercero B, Tercero B, Tercero B!
Busqué a Brenda por todas partes pero no la encontraba. Salí de la escuela y la vi dentro de un coche deportivo que manejaba el tipo. Ni siquiera me notaron y se alejaron.
Pinche Serapio.
Me quedé sin nada.
Eres un pendejo.
El beso más doloroso de mi vida.
