El edén de los vampiros

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El edén de los vampiros
El edén de los vampiros

Poema romance vampirico - el edén de los vampiros

El vampiro Fledermaus abrió sus ojos verdes, levemente rasgados y delineados de negro, sombríos y marcados. El sarcófago se abrió lentamente, pronunciando un armónico rechinido y, como una suave estaca, salió de frente. Luz tenue, proveniente del exterior de la cripta, iluminó su traje perenne, gótico como su cabello largo en tonalidades de negro solemne. Bostezó y sus brazos cruzados estiró, sus labios con la lengua humedeció y, suavemente, como flotando, a una puerta secreta se dirigió. La cripta estaba oculta en el sótano de una casa en el centro, a dos cuadras del mercado, y su dueña, la anciana Cleta, no tenía la menor idea.

Era viuda y llevaba más de diez años sola. Su sueño de joven era viajar y conocer el mundo, adentrarse a la aventura de caminar con una mochila al hombro como vagabundo. Sin embargo, sus padres tenían para ella otros planes. Un matrimonio planeado con el hijo de un hacendado, y al recordarlo se llenaba de llanto. “Eres muy vieja”, decía a su reflejo cuando se miraba en el espejo. “Y pronto morirás.” Se limpió las lágrimas, se arregló y maquilló, luego se fue al mercado por harina de maíz para hacer sopes, quesadillas y tlacoyos, que vendía por las noches en el portón de su casa. Ese día estaba emocionada pues sus nietos la visitaban, así que apuró sus pasos y regresó a su casa. La recibieron sus dos nietos, los gemelos Pepe y Chepo.

—Abuelita, hay un fantasma en la casa —le dijo Pepe señalando la sala.

—Y nos quiere comer —confirmó Chepo escondiéndose bajo su ala.

Cleta enchuecó la boca mientras le contaban, pensó que el relato de un cuento de terror sólo copiaban. Se metió a la cocina, puso una olla sobre la estufa encendida y se puso a preparar la comida. Preparó la mesa, puso los cubiertos y los vasos, y en cada plato sirvió una pieza. Llamó a sus nietos y ninguno contestó, los buscó en el comedor y a ninguno encontró. Intrigada y asustada los buscó por todo rincón de la casa, en el estudio, la sala y las recámaras, pero ningún rastro de sus nietos encontraba. La venta de la noche ya no importaba, sólo esperar que no les haya pasado nada. “Tal vez salieron sin avisar y ya no tardan en llegar”, se dijo emocionalmente acorralada.

Entonces llamaron a la puerta y con el rostro bañado en llanto, aunque queriendo ocultarlo, abrió el portón de madera. Fledermaus y a su lado sus dos nietos, pero no eran ellos sino como otra versión de estos. Habían crecido un poco, tenían la mirada fija, como algo perdida, y la piel azulada, como nunca por el sol tocada; sus cabellos negros y recios caían sobre su rostro y cuello. Los dos saludaron a la abuela y Fledermaus explicó la situación a doña Cleta.

—Estaban en la calle, perdidos y confundidos, deambulando cerca de la plaza Juárez.

Los nietos entraron, ellos se miraron y los ojos de Fledermaus produjeron en Cleta un pernicioso efecto.

—¿No quiere usted pasar? —dijo ella sin conciencia.

El vampiro sonrió a sí mismo, sólo siendo invitado por el anfitrión podía extender sus dominios. Dio un paso hacia delante y, luego de entrar a la casa, se sentó a la mesa en la cabecera hacia la sala. Los nietos comieron como energúmenos y su abuela lo notaba, como si seres extraños en el cuerpo de sus nietos habitaran. Fledermaus se disculpó, ya había comido y sólo se quedó con el vino (aunque ningún sorbo hizo).

—He venido a proponerle un trato, doña Cleta —dijo el vampiro—, quiero que me rente un cuarto, el que está en la planta baja, le pagaré mil Euros a la semana.

Sorprendida, miró a sus nietos, quienes con macabra sonrisa asentían; sintió escalofríos y explicó que ese cuarto estaba abandonado, lleno de basura, triques y trebejos por todos lados. A Fledermaus eso ningún problema le causaba, la ubicación del cuarto era lo único que le interesaba. Cleta lo pensó, algo malo presintió y respondió la propuesta con una negación. Él amablemente se despidió y, apenas al salir, en la oscuridad desapareció. Los nietos se veían decepcionados, aunque todo ello parecía olvidado cuando su abuela los reprendió por haber salido sin permiso y terminaron castigados. Ambos corrieron a su cuarto como perros regañados.

En la madrugada, el viento helado golpeaba las ventanas, rechinidos de madera, metales y bisagras. Cleta no podía dormir y se asomó al cuarto donde dormían sus nietos. Fuertemente roncaban, parecían más toscos y grandes con pijama. Bajó a la planta baja y abrió la puerta del cuarto que le proponían rentara. Tiliches, polvo y telarañas. Cleta se adentró y sintió el crujir de madera bajo de sus pies, dio un paso más y sintió un aliento en su nuca, cuello y cara, como si la rodeara un fantasma. Quiso regresarse pero ya era demasiado tarde, topándose con Fledermaus quien la envolvió con su capa de repente.

Cleta despertó a la mañana siguiente, abrió los ojos, estiró sus brazos y se levantó de frente. Se sentía más ligera, más saludable y más alegre. Se puso de pie y al mirarse al espejo quedó sorprendida, perpleja, incrédula e inmóvilmente abatida. Era joven de nuevo. Salió del cuarto gritando y notó que también la casa había cambiado, la estética antes barroca ahora era gótica, y los desperfectos y detalles ya estaban arreglados. En el comedor estaba Fledermaus sentado en la cabecera, y a su lado sus dos nietos, que ahora parecían esperpentos salidos del infierno (los guardias del vampiro en el inicio de su reino). Ella no quería acercarse pero algo en su voluntad se resistía, e indecisa se sentó en la otra cabecera. Sus nietos parecían monstruos y ya no los reconocía del todo. Fledermaus alzó su copa y brindó.

—Por ustedes, mi nueva familia.

Cleta titubeaba por el brindis, no quería ser parte del infierno formalizando algún rito

—¿O quieres nuevamente ser vieja? —preguntó el vampiro.

Cleta de inmediato alzó su copa y bebió formalizando el rito, fundiéndose por completo en la misión de su inquilino. Que la ciudad se convierta en el edén de los vampiros.

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