El inevitable vicio de la escritura
Letras

El inevitable vicio de la escritura

Avatar of Diego Fernandez

Por: Diego Fernandez

24 de febrero, 2016

Letras El inevitable vicio de la escritura
Avatar of Diego Fernandez

Por: Diego Fernandez

24 de febrero, 2016


la escritura

Escribimos para los otros, para los que leen. Los escritores publican los libros para ser leídos, nunca con el egoísmo pactado de plasmar el sentimiento en la palabra solamente para sí mismos. Tengo un anecdotario personal que no hago público, que escribo sólo para exorcizar los demonios que a veces me poseen sin poder evitarlo, dejándolo perdido en algún recodo de mi escritorio para que no regrese nunca más y me recuerde lo que yo he decidido olvidar. No hay duda. Es un torrente de energía lo que nos lleva a describir un pasado en dos o tres cuartillas, lo que nos lleva a plasmar una idea dentro de un mundo que se asemeja a la realidad. ¿Escribimos para recordar o recordamos para escribir? Quién lo sabe, pero el acto de la escritura nos engrandece como seres humanos, perpetua la memoria y hace que creemos con la tinta y el papel un mundo que se asemeja a la realidad que percibimos y que alteramos con la imaginación.

Todos los lugares son propicios para la escritura: una estación del Metro, la sala de la casa, el estudio, un avión, un cafetín, una banca del parque más cercano. El acto de la escritura es maravilloso, único, indispensable para el ser humano. Escribimos como si estuviéramos varados en un desierto que de día es ardiente y de noche es gélido. No hay nada peor para el escritor que una hoja en blanco. Yo escribo frente a mi ventana, con pluma fuente porque me declaro un conservador vicioso y ensalzado, sumergido en un mundo virtual, tengo vista hacia el jardín y hacia una pared de ladrillos rojos que me deletrean. A veces es inevitable encender un cigarro, porque la inspiración llega después de una taza de café y una cajetilla de cigarrillos.

Escribir es la mejor forma de expresar lo que el alma calla, pero quizá la mejor forma de hablar sea el silencio. Lo digo como quien dice una paradoja, porque yo hablo hasta por los codos y me importa muy poco –casi nada– lo que mundo pueda decir y opinar de lo que digo. “Deja que te hable también con mi silencio”, decía Neftalí Reyes, alias Pablo Neruda, en uno de sus textos de “Veinte poemas de amor”. Neruda escribía con tinta verde, porque le recordaba el color de los bosques chilenos. Yo prefiero la tinta negra, porque me recuerda que las palabras también son obscuras, que tienen en sí mismas un delirio que debemos diseccionar en la obra que trazamos en los libros que escribimos, que escribiremos. De vez en cuando hablamos con la mirada, con la inexorable idea de que el corazón hable por nosotros por medio de las ventanas del alma.


Escribir


Escribimos para callar bocas, para llenar huecos, para saturar los silencios que nos embargan el espíritu. Un mundo nace cuando alguien toma el pluma y traza un instante perdido en la imaginación literaria. Escribimos para liberarnos, para buscar en los recodos más distantes de la memoria un pasaje que nos ayude a curar el alma, transcribiendo lo que vemos en la imaginación, lo que es una certeza ficticia, una mirada a un pasado remoto que nos dicta lo que el mundo quiere leer o lo que nadie quiere escuchar. Al escribir conversamos con los lectores, la lectura es una conversación constante con el autor de la obra, con los personajes, personas que probablemente ya están muertas en la vida pero que siguen aferrados a la eternidad de la lectura.

Escribimos para recordar, sin duda. De cuando en cuando la escritura se busca para sanar el alma que grita silenciosa en nuestro mundo, en nuestra realidad creada por medio de la indispensable literatura que entra en nuestra vida para hacer de ésta una novela irresoluta que no buscamos resolver, sino dejamos que corra como el agua que es el tiempo poroso que se nos va de las manos. Escribimos para rehacernos, para renacer del polvo que somos y rebasar así los límites del olvido, los temores que dejamos escondidos entre las líneas de un poema, entre los pasajes de una prosa que no sólo cuenta una historia, sino que revive las eternidades incumplidas de un amor cínico que nos dejó hace ya algunos meses.

Cuando nos da la endémica manía de sentirnos escritores y colocamos las palabras con la insoportable precisión de quien teje una bufanda, cuando uno quiere escribir algo para llegar al más recóndito resquicio del otro, sabe, de buenas a primeras, que lo que se dice puede ayudar a sanar el alma, como una aspirina, o, por el contrario, puede lastimar el espíritu, como una daga. ¡Qué suerte tienen los introvertidos que saben callar cuando deben callar y que sólo abren la boca en los momentos cruciales de su destino! No hay peor golpe que una palabra bien dicha. Hay que tener cuidado con lo que se dice, porque el mundo da vueltas alrededor de las palabras, porque, según el Génesis, Dios creó el mundo con la poderosa, con la inasible, con la manoseada, con la imprescindible palabra. ¡Dichoso el que encuentra su dicha en las letras, pero antes que todo, dichoso el que encuentra la sabiduría también en su silencio!


Referencias: