El placer de perderse en los paraísos borgianos
Letras

El placer de perderse en los paraísos borgianos

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Por: Diego Fernandez

11 de enero, 2016

Letras El placer de perderse en los paraísos borgianos
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11 de enero, 2016



Hace unas semanas pasé un día completo inclinado en cuatro compendios cuentísticos de Jorge Luis Borges:
El Aleph, Ficciones, El hacedor y El informe de Brodie. Sus páginas son misteriosas, repletas de símbolos que invitan a una complicadísima tarea hermenéutica para desenredar un el tejido narrativo del escritor argentino. Estos relatos se me presentan como una especie de tratado lingüístico de la Real Academia Española por el denso vocabulario del autor y por su inimitable forma de colocar las palabras para crear un universo en cinco, diez o veinte páginas.  

Vasto es el legado que Jorge Luis Borges dejó en la Literatura Universal. Los cuentos, los poemas y los ensayos cortos del escritor argentino son galaxias vivas dentro del interminable cosmos literario.

Jorge Luis bORGESA

¿Pero qué se puede decir de Borges que nadie nunca haya dicho? Tal vez nada. La capital argentina dio a luz a uno de los más grandes escritores modernos de la lengua castellana. El pequeño Jorge Luis aprendió a leer y a escribir a los cuatro años de edad; fue educado con la normatividad recia de una institutriz inglesa, quien le heredó el idioma anglosajón; a los nueve años tradujo al castellano El príncipe feliz del dublinés Oscar Wilde y escribió su primer ensayo en inglés sobre mitología griega. Borges fue un niño-genio, vivió su infancia acorralado entre las cuatro paredes tapizadas -de suelo a techo- con libros clásicos y enciclopedias (era la biblioteca, el universo de su padre). Desde entonces, el niño Borges comenzó a trazar su futuro frente a una máquina de escribir.

Pienso que la obra de Borges debe clasificarse en el mismo archivero en el que radica la obra de Cervantes, porque fue Jorge Luis Borges quien alimentó el castellano con su imaginación inconmensurable, su inteligencia magistral y con la simplicidad de la tinta y el papel.

Leerlo es aventurarse a un espacio laberíntico, una visita a un zoológico de tigres amarillos, de adjetivos inventados, de divinidades que exponen las debilidades de los seres humanos, de sueños que están dentro de sueños y que se repiten hasta el infinito (como un espejo frente a otro espejo), de caminos eternos, de senderos que a veces se bifurcan, pero cuyo fin seguro es una muerte que se consigue antes de llegar al destino pactado. El mundo de Borges es un mundo de misterios que sólo la imaginación puede resolver.

Jorge Luis Borges

Alguna vez me encontré con una anécdota que relataba el primer encuentro de Jorge Luis con su equivalente francófona, la escritora belga-estadunidense Margarite Yourcenar. Se vieron en Ginebra una mañana de 1986. Cuando la autora de Memorias de Adriano vio a Borges le dijo en un inglés afrancesado: “Borges, ¿cuándo saldrás del laberinto?”. A lo que el argentino respondió: “Saldré cuando hayan salido todos”. Nosotros, los lectores, seguimos dentro de un laberinto erigido con la exactitud arquitectónica de Dédalo. Borges nos mira desde una biblioteca, desde un paraíso literario.  

Entre el ordenado desorden de mi escritorio descansa la obra cuentística completa de Jorge Luis Borges, recordándome todos los días que la literatura es el mejor conducto para conocernos, para conocer el mundo. Los libros de Borges nos recuerdan que la ceguera de la vejez no es un impedimento para seguir soñando, que la vida es un laberinto eterno del que tal vez nunca podremos escapar. Con Borges aprendí a leer y a escribir, a mirar las bibliotecas como universos y el universo como una biblioteca. “Imagino que el paraíso es alguna especie de biblioteca”, dijo Borges antes de cerrar los ojos en Ginebra. Él vive su eternidad en millones de paraísos: en cada biblioteca del mundo.

Borges, el inmortal, sigue vivo en sus cuentos, en las páginas de sus libros. Conversemos con él. Leámoslo de vez en cuando.


Referencias: