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El secreto mejor guardado

Letras El secreto mejor guardado




El secreto para guardar los secretos más grandes es que deben ser ocultados en la cotidianidad del panorama, saber que están ahí y exponerlos sutilmente
 y así todo el mundo lo tomará por normal. 

-   EAE, muy buenos días le atiende Reyna López, ¿cómo puedo ayudarle?

-   Buenos días, oiga señorita ¿cuánto me cuesta un envío a Querétaro?

-   Con gusto lo verificamos, ¿con quién tengo el placer?

-   Con la señora Teresa Casareal viuda de la Torre.

-   Señora Casareal, ¿qué desea enviar a Querétaro?

-   Un barril…

-   ¿un barril?

-   Si, mire le cuento, mi nombre es Teresa Casareal Cocom soy una anciana de mas de ochenta años que ha tomado malas y buenas decisiones en su vida,
de las malas no hablaré aunque pueden resultar muy entretenidas, hablaré de las buenas y sólo de una: matar a mi marido.

En mi memoria ese día es uno de los mas felices de mi existencia y no por el hecho oscuro que cometí sino por lo que antecedió a él.

Hice una cena esplendida, digna de un banquete de la realeza: sopa fría de maracuyá, ensalada de tres lechugas con vinagreta de frutos rojos, pato a la ciruela y pastel de pétalos de rosa.

Banquete para ciento veinte invitados, gente del ramo vinícola, gente influyente de la sociedad, familia conveniente para nuestra reputación y dos o tres personajes relucientes en la política.

Como cada año la fiesta era un derroche de lujos ubicados en la decoración, la comida, el servicio, los recuerdos, la pasarela de ropa proveniente de Europa, sedas de China y bolsas americanas que portaban cada una de las invitadas y por supuesto el vino, cosecha de nuestras tierras; la fiesta era ni más ni menos que para festejar al amor y hombre de mi vida: Ignacio de la Torre Correa.

Para ese día Ignacio y yo llevábamos cerca de veinticinco años juntos y la gente asistió con muchas ganas, pues esa fiesta era el prólogo de lo que sería el festejo de nuestras bodas de plata que jamás llegaron a festejarse.

Hombre alto, fuerte, osco, velludo, con barba viril y su voz que desde que le conocí hasta ese día me hizo estremecer.

Él, sin lugar a dudas era el amor de mi vida, lo supe desde la primera vez que nos miramos justo en ese viñedo que se convirtió en nuestra casa, en nuestro legado para los seis hijos que tuvimos y que hoy a Dios gracias no saben de mi crimen, mucho menos el de él.


La fiesta comenzó al atardecer, con el choque de copas, el estruendo de cubiertos y risas falsas; para el postre decidí que debíamos acompañarlo de la cosecha especial de ese año: un vino rosado, suave, aromático, para nada seco, frío y que ensalzaba mi persona y el gran amor de mi marido que para envidia del pueblo me amaba, fue mi regalo de cumpleaños, a ese vino lo nombro ´Teresa´.

Fue un gran regalo pues no sólo era de lo mas fino sino de lo mas embriagante y eso también coincidía con mi persona, claro en aquellos años de carne firme y en su lugar.

Para la media noche todo el mundo bailaba con su pareja o con una prestada, daba igual, el punto era bailar en medio de aquel calor sofocante de mayo, las mujeres mas cautas habían llevado dos pares de zapatos: unos para entrar y otros para salir de la fiesta, generalmente esas mujeres eran las esposas, las prometidas; las demás sencillamente bailaban descalzas embrujando a los presentes con sus bailes, esas eran las amantes, las acompañantes, las casquivanas, para mí solo eran muchachas divirtiéndose y gozando de ser bellas y admiradas.

a las tres de la madrugada, algunos se despedían, otros pedían otra copa, los menos jugaban póker, los más vivían una eterna noche, Ignacio no estaba, lo busqué entre toda la gente, me di cuenta de su ausencia cuando un par de solteronas dueñas de tiendas de abarrotes en el pueblo y que se presumía se acostaban con el cura más joven de la parroquia se acercaron a despedirse de “el hombre de la casa”, lo disculpé y comenzó la búsqueda.

Después de los rostros más que conocidos aunque deformados por los efectos del alcohol y la libertad que este imprime en el semblante, continúe por la cocina sin hallar nada, la despensa, las alcobas, el patio… me decidí a ir a los sembradíos temiendo que por borracho y aventurero se hubiese quedado dormido en medio de ellos o que por una mala broma estuviera lastimado y tirado.

Comencé a recorrer el terreno aguzando el oído y rezando el rosario de oro que pendía de mi cuello y el mismo que deje caer cuando visualice la ropa de Ignacio haciendo un camino, un camino a mi infierno; lo seguí, descubriendo que no sólo era ropa suya, a cada paso que daba el vaho de la madrugada en los pulmones me rasgaba la garganta, un sudor frío corría por mi piel y una leve hiperventilación finalmente me permitió escuchar los gemidos que conocía muy bien.

cuento

Los encontré. Ignacio y Adrián eran amantes, lo has escuchado bien. Adrián. Un hombre de unos treinta años guapo, casado e hijo ilegitimo del gobernador, que a pesar de su posición ante la sociedad de todos sus hijos era el único que parecía tener las agallas de seguir los pasos del padre que aparte de ser un buen político para la época también era un buen hombre: caritativo, devoto y agradecido; eso creía yo hasta que, pálido y asombrado, Ignacio se levanto de esa posición tan deprimente que suele gustarle a los hombres y aborrecemos las mujeres, sólo para decirme en un tono ebrio, doloroso e increíblemente débil para como era él:

-   Mujer, esto es lo que somos cuando ustedes no nos basta, esto es lo que somos cuando hace falta más porte, más hombría, más diversión, mas dinero… no te sonrojes Teresa, que a todos los de esa fiesta me los he cogido también. Hoy me tocó perder, es un juego, es una apuesta, somos… muchos… siempre dijiste que no te gustaban los limites…

Para cuando terminó su gran parlamento Adrián ya estaba muy lejos de ahí, me quité el rebozo y el frío me erizó la espalda. Estaba mas que ebrio, dicen que cuando uno tiene una impresión muy fuerte hay dos opciones: sentir correr la fiera que lleva dentro o paralizarte, generalmente a mi me sucedía la segunda desde niña, me sentía estúpida y perdía el control de mis sentidos: comenzaba a gimotear y hasta me orinaba de miedo, de coraje o de cualquiera que hubiese sido la causa pero esta vez pasó lo primero y con el rebozo le apreté el pescuezo tan fuerte hasta que no se movió más, arrastré su cuerpo pesado, desnudo e inmoral por la tierra sin pensar que a causa de eso quedaría salada por siempre.

Todavía con la sangre caliente llegue a la cava y lo metí en un barril rompiéndole en la cabeza todas las botellas que encontré a mi paso, cuando termine cerré el barril, me solté a llorar y comenzó la segunda parte de mi vida.

Con una euforia descomunal llegue al centro del patio corriendo y gritando que no encontraba a mi marido; todos me prestaron atención, los que se despedían lo hicieron más pronto, los que aún no tenían ganas pero tampoco nada que hacer ahí desaparecieron, ellos “esos muchos” a los que se refería mi difunto marido fueron los que se quedaron, nos encerramos en el estudio -ellos sabían lo que había hecho- Adrián los había alertado y yo sabía lo que ellos hacían y seguirían haciendo.

Cuando el día comenzó a clarear firmamos de palabra el tratado que hasta hoy debía cumplirse: yo me iría del pueblo y ellos se encargarían de mantenerme a mí y a mis seis hijos con la finta de una panadería en la ciudad de México, la versión oficial seria que Ignacio desapareció y nadie supo nada de él, yo sólo podría recuperar esas tierras cuando todos ellos hubieran muerto.

Adrián era el mas joven y murió la semana pasada así que yo regresaré por fin a mi casa pero corro el peligro de que el barril sea estropeado y ponga al descubierto esta historia.

- No voy acorrer ningún riesgo, ¿en cuanto me sale mandarlo?
-Aaah, muy bien señora Casareal con mucho gusto lo cotizamos, pero ¿segura desea llevárselo a Querétaro?
-Tienes mucha razón, yo me vuelvo a comunicar.

cuento

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