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El suelo de nuestros héroes

Letras El suelo de nuestros héroes


cuentos

Mientras escribía en la computadora, recordaba la pelea con mi padre, a los vecinos llamando a la policía y a mi madre yéndome buscar a la comisaria con mi hermana, las dos llorando, todo un drama. Los policías que me llevaron detenido me habían dicho que no estaba bien que me peleara con mi padre como lo hice, que al final del día él seguía siendo mi padre y siempre lo sería, que no valía la pena portarse así. Recuerdo haber pensado que de pronto esos policías parecían tener más sentido común que yo.

Me trataron bien en la comisaría, en parte, creo, por lástima después de saber que era mi padre con el que me había peleado a puños. Ni siquiera me encerraron, sólo me dejaron sentado en la oficina del comisario, mirando las paredes mohosas y el escritorio lleno de carpetas apergaminadas que parecían haber estado allí por décadas.

En algún momento, mientras reproducía en mi cabeza la pelea y lo inusual de mi reacción tan violenta, imágenes del tiempo que viví en Seattle comenzaron a entreverarse y recordé el autobús que tomaba todos los viernes y sábados después de trabajar en el hostal para ir a ensayar con la banda al norte de la ciudad. Este autobús recorría la extensa Aurora Av., lugar embadurnado de miseria y junkies.

Después de pasar el Green Lake y la calle ochenta, los barrios alrededor de la avenida cambiaban y se volvían zonas pobres y peligrosas. Se podía percibir el cambio en el aire y en la gente que uno veía caminando por la calle, personajes que luego se subían al autobús y parecían sacados de algún desfile de carnaval.

El viaje duraba lo suyo pero me gustaba hacerlo, me desconectaba de la pobreza y la miseria diarias preparándome para el ensayo. Pasaba cerca de la casa de Kurt Cobain, o eso me habían dicho alguna vez, jamás lo averigüé ni me interesé mucho por el tema. Antes, demasiados años atrás, había sido fan de Nirvana y en ese momento hubiera dado cualquier cosas por estar donde hoy estaba para ir a la puerta de su casa y sentarme en el mismo banco de madera en el que todos se sentaban y dejar mi nombre grabado en esa misma madera como todos hacían. Pero en aquel momento estaba muy lejos de sentir algo así. Aun conservaba el gusto por su música, pero no el fanatismo de otras épocas. Si algo sentía referente a él eran unas ganas enormes de que algo parecido me sucediera a mi para salir del pozo musical en el que había estado encerrado por más de una década. Estaba siempre dispuesto a dar años de vida por algo de buena fortuna musical, por empezar a tocar seguido o grabar un disco con una banda.

La avenida a la que antes me refería era donde Cobain y compañía compraban la heroína. Duff Macgagan, bajista de Guns and Roses, también había hecho referencia a esta calle en una entrevista que vi en internet. Me gustaba recorrerla, había una magia en hacerlo que nada tenía que ver con ídolos de antaño o adictos a la heroína, una magia por la que valía la pena el viaje. La melancolía y la tristeza que me producían ver el abanico de personajes que se subía era similar a la que sentía cuando más tarde me bajaba en medio de la nada, rodeado de pinos, montes y centros comerciales gigantes, a un par de kilómetros del estudio donde Dave Grohl grabara su primer disco, en el área de Shoreline, a unas cuadras de la casa donde yo ensayaba.

Cruzaba Aurora Av. y me sentaba en el Jack in the Box de la calle 182 a comer una hamburguesa de $1 y una coca chica de $0.75 para tener algo de fuerzas para cantar, y desde allí miraba al sol esconderse detrás de los pinos y al frío bajar flotando desde cielo como una bendición invisible para los corazones solitarios. El llanto del atardecer se trasladaba entonces a los table dance que poblaban la avenida y los junkies y ex convictos se juntaban en las esquinas para recibir el regalo de los cielos y ver morir al sol una vez más; los pobres de la tierra llenaban las calles marchando como ejércitos de zombies descerebrados para invadir los Walgreens y los CVS Pharmacies, mientras el grito salvaje y puro de la montaña moría ahogado en el constante lamento de todos los que yacían enterrados en el cementerio de la calle 115 y yo descubría que morir ya estaba pasado de moda, que morir ya no era cool y ahora lo nuevo era vivir, porque la época de matarse había terminado.

Fue en ese momento que la vida se convirtió en carencia, una carencia infinita de cosas y personas que según mis cálculos deberían haber estado y sucedido, una falta enorme de sueños y fantasías que nunca fueron respaldadas por hechos reales, una ausencia colosal de “tangibilidad” en el paseo diario, un laberinto sin salida en la ardua remada.

“¿Cuándo fue que el más importante de mis descubrimientos se convirtió en algo insulso?” me pregunté. “¿Dónde descansan ahora las promesas hechas, el lago de fuego en el que dormitaba, esa única gran verdad qué por tanto tiempo perseguí?” “En el pecho” recitó mi reflejo en la ventana del Jack in the Box; “en el agujero que mis ojos negros crearon en el sol; en el terror que el miedo escondió detrás de cada estrella.”


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