Las despedidas siempre son tristes, pero lo importante son las buenas experiencias que vivimos a lado de personas, aquellas que nos enseñan lecciones de vida:
Necesitaba disfrutar su compañía antes de que partiera,
quería cuidarle y brindarle ternura por última vez,
deseaba grabar el olor de su piel en mi memoria para siempre,
anhelaba reflejarme en la profundidad de su mirada antes de no volver a admirarla jamás.
Quería robarle el aliento con un beso de despedida,
y aplazar el encuentro un poco más con un abrazo interminable
tomar un trago de la esencia que le acompañaba,
y quedarme con buenos recuerdos de esa última vez.

Logré pasar bellos instantes a su lado,
conseguí darle momentos de felicidad,
tomé su mano para decirle cuánto lo amaba,
y que se podía ir tranquilo.
Observé dolorosamente cómo terminaba su camino,
oculté la amargura que me causaba su partida, merecía un adiós en paz.
Le entregué todo mi ser,
luché por hacerlo feliz durante el tiempo compartido con él.

Hoy, que no lo tengo a mi lado, agradezco cada minuto que lo tuve en mi vida.
Aún lo amo y recuerdo la profundidad de su mirada,
igual que la última vez que me vi reflejada en ella.

**
Decir adiós no es fácil, más si es a la persona que creíamos era el amor de nuestra vida y jamás volveremos a probar sus labios… pues como dice el poema “Tú nos sabes lo que calienta un beso en el alma cuando el corazón tirita de frío”.
**
Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Anna Frank.
