El vendedor de milagros

El vendedor de milagros

Por: Amed Aguirre -


El sol de Piura es implacable y en el mercado de la ciudad el calor sofoca aún más. Malhumora. Aquella sauna de comercio en forma de trapecio llamada Mercado Modelo se circunscribe entre las avenidas Sánchez Cerro, Country, Blas de Atienza y Sullana. Allí, la estabilidad de un caos extrañamente armonioso impera sobre los diez mil setecientos veintiocho metros cuadrados del local, donde conviven polleros-relojeros-modistas-cocineros-yerbateros-estilistas-chifleros y decenas de gremios comerciantes más. Pero entre todos hay un tipo que es único en su clase. Un remediero, un charlatán, o, probablemente, un vendedor de milagros. Un tipo al que, físicamente, le falta mucho de místico.


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Un domingo, tras dos días de la celebración de todos los santos, él vestía con una camisa color vino, mangas cortas y manchas de sudor; un pantalón negro empolvado y unos desgastados zapatos de vestir. En cada dedo índice llevaba un anillo grueso de un metal plateado, y del cuello le colgaba una cadena gruesa que detenía algunas gotas de sudor que resbalaban por su pecho, agitado por tanta palabrería que escupía enseñando sus milagros. Unas líneas muy marcadas, como cinceladas, adornaban horizontalmente su frente; sus ojos eran negros y pequeños; y sus labios y dientes, finos, desgastados, roídos… por tanta palabrería.

***

Una señora joven, de pequeña estatura, vestido floreado y chanclas se sumó al tumulto que se empujaba para ver las maravillas del remediero. Una niña la acompañaba, probablemente su hija. Una pequeña de unos siete años aproximadamente que se le soltó de la mano y se escabulló por entre las piernas del público para poder ver aquello por lo que todos se aglutinaban allí.

“¡Ahhh!” Un tenue pero agudo grito se confundió con el vozarrón del remediero. Nadie lo percibió. La pequeña regresó corriendo a tropezones para esconderse tras las faldas de su madre luego de haber visto la serpiente que el protagonista del espectáculo tomaba entre sus manos.

El reptil estaba todo enrollado y con todas las miradas del público clavadas en sus escamas. Su cabeza estaba erguida, pero sus cavidades oculares, vacías. La niña nunca había tenido a una serpiente frente a sus narices. –Una mapana –dijo el remediero. Señoras y señores.

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El hombre tomó la cola del animal con una mano, con la otra la cogió de la cabeza y la estiró como un acordeón. –Mire, señora, una mapana. Si quiere puede tocarla –soltó una carcajada al ver la cara de terror de la mujer que estaba más cerca de él. Luego, echó al reptil de vuelta a la olla, un depósito negro y grande que tenía al lado de su asiento. Se inclinó, metió sus manos y –¿Qué creen que es esto: una lagartija, otra serpiente, una iguana? –preguntó el tipo con las manos aceitosas y aquel otro reptil entre sus dedos. –No, señora, no es un jañape –soltó otra carcajada que resonó en el micro que tenía acomodado frente a su boca con unos alambres para que no le estorbe las manos y su labia sea escuchada por todos. –Esto de aquí es una cría de cocodrilo. Era el cadáver de un pequeño cocodrilo sin cola ni ojos. Tiró al reptil a la olla y sacó otro animal. –Mire, señor, no se ahueve, toque nomás, una charapita. Era una tortuguita de esas mini que habitan en la selva peruana, toda embadurnada de un líquido rojo y con ojos invisibles.

El remediero continuó sacando caracolas, un pedazo de madera –es uña de gato, sí ha escuchado de esto, ¿no, señora? –y un objeto ovoide color negro –no, no es huevo de dinosaurio, señor.

El remediero empezó a explicar las propiedades curativas de cada uno de estos animales y objetos selváticos que, junto a algunas sustancias irrevelables, finalizaban en un aceitoso líquido rojo que resultaba ser un efectiva cura contra los calambres, los entumecimientos, las magulladuras, el dolor de huesos, el dolor de pecho, la congestión nasal, el chucaque. Era un milagro.

Y aquel día no lo iba a vender por veinticinco, ni por veinte, ni por quince soles. Solo por diez soles, un hombre de brazos fuertes, muletas y una pierna encogida se llevó la primera botellita del aceite mágico que le llenaron ahí mismo, frente a sus ojos, con el líquido rojo en el que nadaban todos los cadáveres; pues, ese remediero no daba gato por liebre, él vendía salud, vendía vida, vendía los milagros de la mamá naturaleza. Y esa tarde se le acabaron todos, señoras y señores.

Peruvian Money

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No dijo su nombre, no le pregunté, no le preguntaron, pero a nadie le importaba. Muchos estaban ahí, no de sapos, sino de curiosos, que son cosas totalmente distintas. El único sapo era yo. El resto en aquel tumulto quería comprar una medicina, un ungüento, un remedio, una solución, un poco de esperanza.

Esperanza empaquetada en pequeños sachets que trasformaban el agua turbia y amarillenta – que simulaba ser orín humano – en un agua de manantial: clarísima, traslúcida, por solo diez soles. Esperanza embotellada en depósitos marrones que eliminaban parásitos: unos gusanos gordos, largos, redondos, serpenteantes, blancos, muertos, metidos en botellas transparentes para deleite del público, a quince soles. Esperanza transformada en manteca… perdón, en aceite de tortuga, como la que tenía panza arriba, inerte pero real para respaldar la credibilidad del milagro.

Esperanza comprada a un precio justo y con los riesgos necesarios. Total, no hay para la clínica, no hay chamba fija ni seguro médico y ni hablar del Sistema Integral de Salud, ese programa que el Estado peruano proporciona a las personas más pobres del país, eso parece un cuento chino. Por suerte, en aquella sauna pública en forma de trapecio llamada Mercado Modelo un hombre de voz ronca y palabras infinitas, de vez en cuando trae una aparente solución.

Referencias: