¿En dónde se esconden las luciérnagas cuando dejan de pensarse?
Letras

¿En dónde se esconden las luciérnagas cuando dejan de pensarse?

Avatar of Cultura Colectiva

Por: Cultura Colectiva

3 de agosto, 2017

Letras ¿En dónde se esconden las luciérnagas cuando dejan de pensarse?
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3 de agosto, 2017

El texto que se comparte a continuación es un relato escrito por la joven autora mexicana María José Jiménez Aguirre. Disfrútalo.


¿En dónde se esconden las luciérnagas cuando dejan de pensarse? 0


El laberinto de la memoria


Ya no sé si es un recuerdo o el recuerdo

de un recuerdo lo que me va quedando,

¿se da cuenta?

El secreto de sus ojos


Lugar de enseñanzas y simulaciones.

Existe un lugar en la pequeña ciudad de San Juan del Río, antiguo pueblo de la revolución y moralidad con camuflaje de liberalismo, donde un hombre hereda una granja. En la calle de Ayuntamiento, con un camino de árboles frondosos, dirigen nuestros ojos al “callejón de la ratonera”, lugar enigmático de tierra y fuego, infestado de personajes fallecidos que son fieles acompañantes de un señor regordete y bonachón, llamado Juan Jiménez, persona, hombre, padre, macho cabrío.

Antiguamente el animal que abundaba ahí eran las luciérnagas. ¿En dónde se esconden las luciérnagas cuando dejan de pensarse?, eran focos o eran ojos a veces verdes, a veces amarillos que mostraban la guía hacia un camino lleno de oscuridad y belleza.

El objeto eran mis rodillas, raspadas después de trepar árboles y pacas, creando casas en lugares donde sólo había ramas.

Yo era una mujercita de 10 años enfrente de la boca de una ballena verde hoja, gigante y hambrienta, esa ballena tenía en la barriga la casa de mi abuela, los caballos de mi papá, los mil perros que protegían la granja, los platillos de mi tía, los postres de mi madre y el tiempo que corría y que no nos avisaba que lo que pasaba no se repetía, que éramos lo más jóvenes que hemos sido y los más viejos que jamás seremos.


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Mis rodillas eran los arpones que cada día luchaban por comerse a esa ballena gigante, “no te puedes comer el mundo de una mordida” las rodillas raspadas, los arpones gastados que se usan diario para tener una mirada de aprecio y un rato del tiempo que nos pisa los talones.

“Camina más rápido que nos come el tiempo”, la frase retumbaba como clave para entrar a la boca del problema y a la boca del placer, al monstruo verde marino que a medida que la mujercita fue creciendo le daba más temor entrar y desarrolló una huida metodológica perfecta para sanar sus rodillas marcadas por las lágrimas del tiempo que no iba de reversa.

No me acuerdo del Juan Jiménez que me ofrecía una mirada de tarro de miel, color caramelo y la sonrisa dulce y empalagosa. A ese hombre se lo tragó la ballena verde que rondaba el callejón de la ratonera, lo hipnotizaron sus amigos y parientes muertos y en cambio dejaron a un hombre preocupado y obsesivo, un hombre que se fija tres veces en la cerradura de la puerta para poder dormir y que sus ojos ya no chorrean miel caliente, te mojan con agua de vinagre (su favorita). Pero con sólo invocarlo voy a convertirlo en miel.


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No me acuerdo de lo que solía ser, porque eso ya no existe, ahora hay una versión nueva y tal vez mejorada de cada cosa.

Ahora no hay duda, aquel callejón mágico y memorable siempre estará enterrado entre hemisferios y adentro del corazón jimenezco y gigante que siempre da y no recibe.

*

Las imágenes que acompañan al texto pertenecen a Kirsty Mitchell.

Puedes apreciar más de su trabajo fotográfico aquí.

***

Dejar ir a alguien siempre nos tomará tiempo, sobre todo cuando sabes que aunque no te hablen y no te escriban, todas las noches piensan en ti. Pero para combatir esas noches de soledad, puedes leer los libros que te ayudarán a superar una ruptura amorosa cuando sientes que has fracasado.


Referencias: