Letras

En la salud y en la enfermedad

Letras En la salud y en la enfermedad

 

 

Sólo ruinas testificaban que en otro tiempo existió una gran ciudad. Hierro torcido, concreto devastado, cenizas y añicos eran vestigios de objetos que algún día fueron útiles. Ella había buscado sin descanso un rastro de compañía viva y, al no hallarlo, se había acostumbrado a los muertos, a compartir con ellos los pedazos de sustancias comestibles que la mantenían en pie, así como a despojarlos de algún jirón que le proporcionara abrigo. A menudo tropezaba con artilugios de utilidad desconocida u olvidada, lujos inútiles ante la carencia de ojos que los codiciaran. La inválida avaricia le hizo pensar que los deseos habían llegado a su fin, ya no tenían sentido. Estaba convencida de que era la última de su especie sobre la Tierra. Cambió de idea cuando apareció él. Lo miró, incrédula, hurgar en busca de algo comestible entre los escombros de un centro comercial. Ella se acercó y se convenció de que no alucinaba: había asumido equivocadamente que era el único ser vivo de su naturaleza. Al advertirla, él detuvo su búsqueda. La contempló unos instantes, inmóvil, sin embargo el pasmo le duró poco tiempo. Se abalanzó sobre ella y arrancó los guiñapos que la cubrían. Ella se resistió, al principio, pero luego se entregó con un entusiasmo insospechado, consciente de que el pudor era una sensación también aniquilada. Se estrujaron, se besaron con torpeza y voracidad, lamieron las costras de mugre y lodo del otro. Las palabras, inservibles, no acudieron, y en ese momento no importó en qué idioma hubieran sido pronunciadas, pues tal vez no se trataba de una lengua compartida. Se revolcaron abrazados entre los cascotes y desde allí divisaron un cuartucho, con la puerta entornada, que extrañamente no había sido derruido. Se miraron, corrieron hacia aquel sitio y se introdujeron en él, no por vergüenza, sino debido al temor de compartir ese momento, el más preciado en mucho tiempo, con los restos y los muertos de afuera. Quizá no hubo amor en ese acto, mas se abandonaron al retozo. Impacientes, ansiaban recordar cómo era aquello que los distinguió de las bestias durante años. Ambos interrumpieron en varias ocasiones el ritmo de su goce para cerciorarse de que las ventanas estaban bien cerradas y de que el cerrojo de la puerta había sido bien corrido —mientras más disfrutaban, más temían—. Y entre ese miedo creyeron escuchar improbables ruidos en el exterior. Ella se apartó del hombre, justo en el momento en que oyeron golpes en la puerta. Después se dieron cuenta de que no había duda: no se trataba del viento azotando despojos, ¡estaban llamando! Él, desconcertado, veía cómo ella se refugiaba en un rincón e intentaba cubrir su desnudez con tiras de harapos, aterrada. La mujer empezó a llorar, mascullaba un lenguaje casi olvidado, al tiempo que se convencía, acaso, de que el pudor no había desaparecido del todo, en especial porque siempre había sido una mujer fiel y temía que quien golpeaba la puerta en ese instante fuese su marido.

 

Este es uno de los cinco cuentos que conforman la colección inédita Chismes del fin del mundo, escrita por José Luis Enciso. 

 


Referencias: