Nadie nos advierte que enamorarnos, algunas veces, puede ser un error hermoso:
Te escribo desde el mismo lugar.
Tu sabes, mi cama… donde se ha armado una tormenta,
cielos nublados con tempestad
con amenaza de huracán.
Pero nadie quiso evacuar
porque fue allí donde te vi por última vez.
Y ahora pareciera que el sujeto ese,
que se llama tiempo
olvidó salir a caminar.

Y estoy acá, en las montañas que son mis sábanas,
viendo el amanecer que me tuve que dibujar
desde que te fuiste,
el tipo ese que llaman Sol
tampoco ha querido colaborar.
Y sigo en la tormenta
esperando el mensaje,
un mensaje,
cualquier mensaje
que diga que me extrañas.
O que me amas y que tu vida no es la misma sin mí.
O que me hables del clima o de fútbol.
O que tus torpes dedos que
—sin querer—
tocaron mi nombre en la pantalla.
Sin pensar y sin saber
—esa mentira que siempre decimos—.
El accidente de los dedos confundidos.
Te espero
sentada en la tormenta que se armo en mi cama.
Armándome de valor para no contestar.

Y pasa siempre, lo de siempre…
Me la paso armando murallas,
las coloco estrategicamente
entre tú y yo,
pero me robas la valentía con un Hola.
Las murallas se derrumban
al ver tu nombre en la pantalla,
porque eres tú,
un error hermoso,
posiblemente el más lindo de todos.
Y es que
quisiera cometer ese error que somos
una y otra y otra y otra y… bueno tu entiendes.
Hasta que el error deje de ser error
Y tu historia se funda con la mía,
que desaparezca esta tormenta,
y pueda borrar el amanecer que me tuve que dibujar.
Pero…
Pero no llega el mensaje.
Un mensaje.
Cualquier mensaje.

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Todos los días son perfectos para sonreír, así que si tienes pareja, dedícale diario un poema, como el siguiente: “Me enamoré de ti cuando nuestros cuerpos temblaban juntos”.
