“La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes”. Arthur Schopenhauer
Si echamos un vistazo a la vida de algunos de los autores más destacados de la literatura universal nos encontraremos con infinidad de diferencias entre ellos, independientemente del momento histórico en el que hayan desarrollado su obra; técnicas de escritura, disciplina, la amplia baraja de estilos es proporcional a la variedad de situaciones que le dan forma a la comedia humana.
Dentro del zoológico de almas que han encontrado su propósito en las letras nos encontramos con una raza peculiar, escritores casi crípticos que decidieron aislarse del mundo ya sea de una manera simbólica renunciando de cierta forma al reconocimiento público hasta, en algunos casos, enclaustrarse voluntariamente evitando a toda costa el contacto humano.
Para estos autores, Calíope es muda y tienen que aislarse del mundo para poder entenderle entre señas y silbidos. Lo que podemos observar con certeza a través de la vida es que la soledad puede ser el peor adversario del hombre, o por el contrario, puede llegar a ser el consejero sensato que guíe los pasos en el sendero escabroso en el que puede llegar a convertirse la existencia, un faro irrumpiendo en la negrura de la noche.

Podríamos especular con respecto a las turbaciones que pueden tener los escritores en su proceso creativo a raíz de vivir en plena y deliberada postura de ascetismo. No permitir que la convivencia cotidiana con el prójimo interfiera en la fuerza y significado de los textos, es una postura de cierta forma válida. Si bien, una de las principales intenciones de los escritores es plasmar la realidad de su época y expresar su óptica con respecto a la existencia, la duda que cabe aquí es: ¿el aislamiento les da el panorama idóneo para apreciar y establecer una postura genuina de su percepción, o podría, por el contrario, desfigurar el contexto y la esencia de la misma de su realidad?
También entra la posibilidad no tan romántica y la más convincente para un servidor, de que el resguardo celoso de parte de estos escritores sea por mera misantropía; a veces no hay más trasfondo que el odio a los semejantes, la intolerancia a la abundante ignorancia de las masas; cierto, un sentimiento de superioridad es igual a un desorden de personalidad desde el punto de vista psicológico, pero puede ser la principal razón del aislamiento, ser un cretino obstinado, sólo eso, lo cual no resta en absoluto la trascendencia y calidad de sus escritos.
Las distintas casillas por las cuales podríamos escrudiñar para entender los motivos del aislamiento en estos genios literarios irían desde un miedo a pertenecer al colectivo, donde la identidad sea desfigurada y el alma se aniquile como la colilla del último cigarro en el cenicero, hasta una inseguridad por el tamaño e inmensidad del leviatán que es el mundo, que avasalla sin tregua. El apartarse de la convivencia sería equivalente a situarse en ese rincón tranquilo donde nada pasa, ni el tiempo mismo. Escribir, lograr la creación de otro plano existencial, de múltiples planos, eso podría ser esa otra realidad a la que uno quisiera pertenecer, a la que uno pertenece cada vez que abre un libro.
Compartimos con ustedes algunos de los escritores quienes vieron en el aislamiento esa confrontación cara a cara con sus emociones; aquellos quienes decidieron permanentemente adentrarse sin un carrete de hilo en los inhóspitos laberintos de su psique, lo cual dio como resultado algunos de los trabajos literarios más apreciados a través de los años:

Thomas Pynchon. Novelista norteamericano considerado uno de los mayores del género en Estados Unidos. Se ha convertido en un fiel estandarte del eremita moderno; su fobia social es tanta que en el 97, encontrado y filmado por la CNN, se molestó por esta invasión de su vida privada, pero aceptó hacer una entrevista a cambio de la no difusión de estas fotografías. Cuando se le interrogó por su reclusión voluntaria, respondió “creo que recluso es una palabra desfigurada por los periodistas; lo que significa es que no quiero hablar con los periodistas”. El rasgo característico que impregna la obra de Pynchon es su extrema dificultad y complejidad estilística y estructural. Sus temas habituales son la paranoia, el signo apocalíptico y decadente de la historia reciente, la degradación del lenguaje y el sentido de la ciencia. Su obra más reconocida es El arcoiris de gravedad.
Emile Cioran. Nacido en Rumania, Cioran fue un intelectual y filósofo muy criticado en cierta etapa de su vida por mostrar simpatía por el fascismo, aplaudiendo en muchas ocasiones la ideología Hitleriana. Cioran emigró a Francia donde, bajo el aislamiento en un pequeño departamento parisino, realizó gran parte de su obra caracterizada primordialmente por sus aforismos cargados de ironía, pesimismo, soledad y derrotismo. Dentro de sus obras más sobresalientes se encuentran los ensayos Breviario de la podredumbre, Ese Maldito Yo, Silogismos de la amargura, entre otros.

Marcel Proust. El eterno investigador del tiempo perdido se consagró al realizar una de las obras más completas y representativas de la literatura universal del siglo XX. Proust sigue siendo un referente e influencia para cientos de escritores. Su obra En busca del tiempo perdido, dividida es siete tomos, aborda con precisión las manías y vicios de su época mediante un lenguaje rebosante, logrando a su vez una exposición psicológica panorámica de la sociedad parisina de finales del siglo XIX; los celos, el amor, el arte, la relación tiempo/memoria e incluso la homosexualidad son algunos de los puntos tratados a través de un estilo impresionista con toques simbolistas que sólo Proust pudo desarrollar. A pesar de llevar una niñez gris colmada de enfermedades y convalecencias, logró una vida social muy activa durante su juventud; sin embargo, al ver mermada su salud, decidió encerrarse en su casa sin tener contacto alguno con el exterior para concluir su majestuosa obra.

Jerome David Salinger. Escritor norteamericano culpable y estigmatizado de por vida por su novela El guardián entre el centeno, convertida en un clásico moderno de la literatura estadounidense. Salinger luchó por escapar del ojo público por lo que optó por llevar una vida de completo hermetismo y ascetismo; sin embargo, al convertirse en una figura de culto, se vio envuelto por el acoso de medios de comunicación así como en líos legales por la publicación de biografías no autorizadas. Alguna vez dijo: “los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida”.
