Flores en el mar

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Flores en el mar

Cuando en el vientre su corazón latía por primera vez, en la calle un niño gritaba al perseguir a su perro, una señora lloraba en el parque mientras releía la última carta que recibió de su amante, una jovencita corría directamente a un grupo de palomas y reía divertida mientras las veía volar despavoridas; en el cementerio velaban a un anciano que se había ahogado comiendo cacahuates y en la sala una catarina se alimentaba de los tulipanes.

En el momento que respiró por primera vez, unos jóvenes internos de medicina hacían el amor en el cuarto de residentes, un par de golondrinas pasaban volando frente a la ventana del que sería su cuarto, una copa de vino se rompía después de ser derribada por un gato y en una esquina dos personas se miraban por primera vez. 

Lucía nació pesando dos kilogramos y medio. Su pelo era castaño y escaso. Tenía lanugo en las orejas y unos ojos gigantescos.  Era Lucía por su abuela, y su abuela era Lucía por una canción de Gardel. Era una bebé silenciosa. Le gustaba escuchar. Se tranquilizaba con los latidos del corazón de su madre y se dormía escuchándola cantar. Esas canciones se grabarían en su inconsciente y la acompañarían por el resto de su vida. 

Cuando creció, se divertía contando los lunares de la espalda de su madre. Eran 24. En las noches, cuando su madre dormía, Lucía se metía a su cama y se acurrucaba entre sus senos para escuchar su corazón. Coleccionaba las piedras que se encontraba de camino a casa. Le sorprendía encontrar nuevas piedras donde no había habido nada el día anterior. Le gustaba el sonido de la tiza sobre el pizarrón y los mapas de la clase de geografía. Conservaba el pelo castaño y sus ojos eran la parte más atractiva de su cara. Ya no tenía lanugo en las orejas. Le gustaba usar listones de colores en la cabeza. El rojo era su favorito. 

Algunos años después, las tablas de su clóset se rompieron por el peso de los jarros de piedras. Lucía entró ese día a su cuarto para encontrar el piso tapizado con todas las piedras que habían estado entre su casa y la escuela por más de seis años. Mientras sonreía y recogía una de ellas particularmente ovalada, un motociclista se pasaba la luz roja de un semáforo, un espermatozoide fecundaba un óvulo y un niño sentado en una banca empujaba su diente flojo con la lengua. Ella tenía más de 20 años. Le gustaba la piel de los ancianos y las canas azules de algunas señoras, le gustaban los muslos de las bailarinas de ballet y las grietas en el pavimento. 

Cuando su madre murió, un arpón atravesaba la piel de una ballena, un padre le enseñaba a nadar a su hijo, y una mariposa salía de su capullo. Lucía lloró poco. Durante el velorio se acercó al ataúd y colocó la cabeza en el pecho de su madre. Silencio absoluto, eterno vacío. Sintió una soledad aislante, parecida al sentimiento infantil que se experimenta cuando los padres se olvidan de recoger a sus hijos de la escuela. Ahí, recargada en el pecho de su madre como cuando era una niña, canturreó en voz baja una de las canciones que su madre le cantaba en la cuna. Escuchó al cura hablar al pie del cajón, sin entender las palabras. Tenía una voz grave y profunda, parecía que venía de otro lado, de otro mundo; tenía la textura del mar.  

Mientras la tierra caía sobre el ataúd cerrado de su madre, comenzó a escuchar su propio corazón retumbando en los oídos y sonrió satisfecha. Su corazón y el de su madre eran el mismo. Los movimientos tenían la misma intensidad, el mismo ritmo. Mientras sonreía en medio del cementerio con nudos en los ojos y lágrimas en la garganta, un avión despegaba del suelo, un joven exhalaba humo de cigarro y dos flores flotaban etéreas en el mar.

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