Fumándome un recuerdo

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Lsd mushroom - fumándome un recuerdo

Martes, septiembre 9, 2014

9:00 pm

« Se sabe que la vida no es más que un ciclo. La felicidad no existe; es tan sólo un concepto al que recurrimos como única esperanza de encontrar una explicación al absurdo de la existencia. Lo más cercano a la felicidad es la búsqueda de la felicidad misma. Al sentir la determinación y certeza de saber por cuál camino encontraremos la tranquilidad, nos volvemos susceptibles al dolor; aceptamos los infortunios como necesarios. Es decir, nos permitimos engañarnos a nosotros mismos, para así sentirnos –aunque sea por un instante– felices. El optimismo, pues, es el placebo al que tenemos más fácil acceso (dado que somos nosotros nuestros propios proveedores). Y es algo tan común, tan recurrente, tan sobrevalorado (además de ser, en ocasiones, completamente nocivo para la salud), que el optimismo en una realidad deprimente es lo mismo que una droga. Un psicotrópico que no sólo se permite sino que incluso se promueve a diario. Entonces, ¿puedo –en mi libertad de elección–, no sucumbir ante un arponazo de optimismo cada día para sobrevivir, y en su lugar darme un pasón de ácido para negar la asfixiante realidad a mi manera? ¿No es acaso un sentimiento similar el ser optimista y creer que el mundo es mejor si sonrío y pienso positivo, que el de ser un pacheco y creer que lo que vivimos no es más que una ilusión creada por la necedad de nuestra conciencia, y que el mundo sería mejor si rechazáramos lo que vemos con los ojos y comenzáramos a aceptar lo que vemos con el subconsciente? »

La anterior es una reflexión que tuve mientras platicaba con las hojas que caían de un árbol de jacarandas (¿?) después de haber ingerido tres gramos de hongos alucinógenos (de esos a los que llaman con cariño “pajaritos”). Sobra decir que en el estado en que estaba, las hojas me respondieron de tal manera que me hicieron permanecer meditando durante horas (mientras mis colegas cargaban mi cuerpo casi inerte fuera de la mezquitera para evitar que muriera de inanición).

Al regresar de ese estado cuasi onírico, me encontré recostado en la banca de un parque cercano. Quise continuar el dialogo con un guayabo de una casa vecina, mas no recibí respuesta alguna y pensé: “una de dos: o es un árbol muy tímido, o me quedé dormido más de la cuenta y ya se me pasó el viaje”. Esta última versión de lo que pasaba se confirmó y se alzó como verdadera mientras era trasladado –a bordo de una patrulla recién pintada– a la preventiva estatal.

Al parecer (y esto es mera suposición) al estar hablando como loco con su árbol y haberle gritado a las macetas (¿?), la señora que vivía en esa casa llamó a la honorable autoridad municipal; y quiero creer (y es que no hay nada seguro en la vida), que al llegar los gendarmes y encontrarme discutiendo con la flora citadina, vistiendo unos pantalones rotos, una playera con diseño psicodélico de Michael Gardfield, un collar de jade del emperador Pakal y pulseras de macramé, he de haberme visto medio sospechoso. Y me voy a aventurar a suponer (ya de plano y para acabar pronto) que la razón por la que me llevaban en la parte trasera del “automóvil de la ley” era porque al revisar dentro del morral “rasta” que colgaba en mis hombros, encontraron el disco “Sanazión” de Zona Ganjah, una pipa con rezagos de haber sido usada para una profunda meditación y los restantes dos gramos de “pajaritos” que no me pude terminar (y que lo hubiera hecho, de no ser porque las hojas del árbol de jacarandas comenzaron a silbar al unísono las hermosas notas de “Tierra Mestiza” que tanto me gustan).

Puede ser que esta noche duerma en los separos de la preventiva municipal por otra razón distinta, pero la versión anterior me suena un poco más lógica que la segunda teoría que desarrollé: que me habían encerrado como una muestra más del totalitarismo de una autoridad incompetente que le inventa delitos a los ciudadanos para mandar un mensaje a la población de que quienes mandan son ellos y de que no hay lugar para la libertad de elección ni pensamiento la cual es en cambio sustituida por una dictadura intelectual impuesta por– Ok, sí, me enjaularon por pacheco.

« ¿Quién –y bajo qué concepto– le otorga al estado (cualquier estado, en cualquier lugar del mundo) el derecho de declarar a la naturaleza como un delito? Bill Hicks dijo alguna vez que la guerra contra las drogas era en realidad una guerra contra las libertades individuales. Prohíben la mariguana, la cocaína, el LSD, pero te inundan las avenidas con espectaculares diseñados para venderte cervezas, alcohol y nicotina empaquetada; ¿acaso no son esas drogas también? ¿Acaso no mata más gente la cerveza y el cigarro que las antes mencionadas juntas? “El cigarro es tan peligroso, ¡que incluso mata a los cabrones que NO fuman!”, solía decir Chris Rock. Entonces, ¡o le hacen la guerra a toooooodas las drogas…! ¡O mejor no hagan nada! Aunque tiene lógica, ¿cierto? ¿Cuáles son los efectos del alcohol y el tabaco? Uno te pone imbécil y el otro te regula los nervios; ¿y los efectos de los hongos y el ácido? Ambos te ponen pensativo, reflexivo y susceptible al análisis de todo cuanto te rodea; te hacen cuestionar desde lo más banal (¿para qué necesitamos zapatos que nos separen de la tierra, si vamos a volver a ella irremediablemente?), hasta lo más profundo (¿por qué existe la conciencia? ¿En qué momento y con qué motivo la desarrollamos? ¿Será que tras millones de años de evolución física y biológica, el hombre halló una tercera escala evolutiva –la mental– para así asegurar su permanencia al darse cuenta de la naturaleza efímera del cuerpo)».

Esa rabieta iba por buen camino; de verdad creo que tenía un buen punto y que lograría llegar a algún lado, pero el remedo de “mara salvatrucha” que compartía celda conmigo, me mando a callar abrupta y energéticamente lanzándome un zapato –¡mi zapato! – (a pesar de haberle dicho tan fraternalmente que “Sí” cuando me pidió que se los diera si no quería unos madrazos. Me cae que hay gente que nada más no se acopla).

A la mañana siguiente salí libre y me puse a reflexionar (para mí mismo; ya no había plantas que me hicieran segunda) y llegué a ésta conclusión:

Prohibir algo antes de acabar de comprenderlo es una de las peores artimañas de la modernidad. Alguien alguna vez me comentó que –por ejemplo– él estaba en contra de que se dejara adoptar a las parejas homosexuales; «el que sufre es el niño con el bullyng y las burlas que va a recibir en la escuela» afirmó. Y tiene razón, pero mi molestia es que los gobiernos (en complicidad con la sociedad mayoritaria) se vayan por el camino fácil. Porque lo difícil es educar al populacho en cuestiones de verdadera libertad de género, y que ellos a su vez eduquen a sus hijos para evitar que eso suceda. ¡No! ¿Para qué tanto problema? ¡Mejor prohíbelo y ya! Y lo mismo pasa con cualquier asunto que esté penado sin antes comprenderse en sus justas dimensiones y que debería ser permitido (como el aborto, la eutanasia, el poder golpear a las mujeres– etc., etc., etc.).

Quienes usamos drogas de manera recreativa y ocasional no tenemos ningún problema a nivel social; no somos ninguna amenaza: trabajamos, funcionamos, colaboramos y hasta filosofamos. Vuelvo a citar a Bill hicks: “¿Por qué el Zar anti-drogas tiene que ser un general o un sargento? ¿Por qué no puede ser un hombre que tuvo algún problema con las drogas, que lo superó y se rehabilitó para de esta manera poder ofrecer no sólo una solución, sino también un mensaje esperanzador a quienes sufren lo mismo? Muchos drogadictos y alcohólicos no son criminales, sino que están enfermos, ¿creen de verdad que la cárcel es la solución a su problema?”

No lo sé; quizás estoy divagando (o me está llegando un flashback de los hongos porque me parece escuchar “Tierra mestiza” saliendo de un huerto de limones).

Por ahora me retiro a la seguridad de mi hogar; a ese santuario donde sólo existen regulaciones hechas por mí mismo, pensadas para mejorar la existencia armoniosa con mi familia. Y no como aquí afuera, donde también hay reglas, pero que sólo benefician a unos pocos, mientras joden y perjudican a muchos otros, propios y ajenos, culpables e inocentes por igual, con el mismo pretexto: “la existencia armoniosa de la sociedad”. Sólo que con una sustancial diferencia: en mi hogar, las regulaciones y la armonía, así como la sección amarilla, sí funcionan… y funcionan muy bien.

FIN

Pd: Como no sé lo bien que se capta un sarcasmo cuando no es hablado sino escrito, aclaro que lo de golpear a las mujeres fue mero recurso cómico.

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