No podría explicar muy bien cómo empezó. Una app de dates con la promesa de encontrar a aquella alma perdida que transitara alguna vez sobre los mismos caminos que yo, era una razón bastante atractiva para comenzar a platicar con aquel hombre que alguna vez se topó conmigo en quién sabe qué banqueta de quién sabe qué lugar.
El saludo de rutina; siempre esperas un “hola”. Piropo a los labios seguido de una lista de preguntas en las que sólo era opción “A” o “B”; dinámica que se complementaría posteriormente con el juego de Verdad o Reto y de ahí salió el número telefónico…

Acto uno. La primera cita. Un par de V o R más y llegamos a la improvisada primera cita. Risas estallaron tras caminar la primera cuadra juntos, era una buena “señal” —a fin de cuentas, a algunos seres humanos nos gusta guiarnos por señales, señales para todo, sobresignificamos momentos, palabras y acciones para poder vivir—. Quentin Tarantino gritó sangre en la pantalla junto con unos cuantos miembros del cuerpo humano, un clásico. Fue una buena cita, amenizada con tacos y cerveza oscura que se postergó hasta las 2 de la mañana.
Acto dos. Te veo cuando te vea. Un par de mensajes más tarde, era tiempo de verse una segunda vez. Parecía lo más conveniente pues quedó un beso inconcluso de aquella madrugada; la invitación fue a un partido de soccer. No llegué a ver cómo se partía las pantorrillas y los tobillos por controlar el esférico sobre aquel pasto sintético. Para una fanática del soccer, tiene mucho significado aplaudirle un gol a alguien. Preferí verlo después de una rica cena de sushi con mejores amigos.
Lo alcancé para llegar juntos a la taquería donde se comentarían los pormenores del partido. Los tacos y cervezas nos hicieron el precopeo. Los amigos se esfumaron y de repente, a bordo de un taxi, estábamos sólo nosotros, fue ahí cuando la ronda de preguntas continuó, ahora con tintes más profesionales que personales.
Más hubiera valido no conocer las capacidades del “mentiroso” en cuestión de minutos, nuestro creativo fue capaz –pese a mi asombro contenido, claro– de armar una historia con cinco elementos mandatorios y dar un final bastante lúcido.
Llegamos a un sitio en cuyo interior albergaba una pequeña lámpara que era manipulada con un dispositivo móvil. Ésta hacía que los colores cambiaran de forma lenta y suave. También descubrí que conocía a la agrupación con el vocalista de voz peculiar y al gaucho que le canta a una intelectual que baila cumbia. Lo más interesante fue conocer a la criatura que era capaz de hacer que aquel “hijo de puta” se derritiera de ternura; el lucero de sus ojos, su cachorra.
La señorita Sabines pasó a ver la luna que colgaba de una pared y que se apagaba cada 30 minutos, el ron con limón y piña puso todo a tono… esa cita terminó a las 3:00 a.m con el “taxi de la vergüenza”.

Acto tres. Cuatro goles de cinco. Un mes pasó, telarañas, excusas, sobreinterpretaciones —la palabra favorita de toda la vida— y los mensajes se hicieron presentes de nuevo. Un asueto que se interpuso, había que buscar la forma de solucionarlo.
El lunes parecía ideal. Nuevamente la invitación al partido de futbol —de haber prestado más atención, hubiera podido darme cuenta que esa invitación no tenía nada enredado u oculto, sólo era un hombre que disfruta de patear un balón y con la esperanza de, por primera vez, cargar un trofeo de tercer, segundo o primer lugar que la vida le había negado en torneos anteriores— y esta vez accedí. En realidad no tenía mucho que hacer esa tarde al terminar la jornada en “El Feudo”—así solíamos llamar a la mounstrosa y seductora industria en la que trabajábamos—, fui por un poco de futbol, unos cuantos goles y, por supuesto, por las simples y putas ganas de ver esa sonrisa seductora que combinaba perfecto con una mirada discreta en unos grandes ojos marrones.
Llegué al lugar iluminado con las luces de colores, ahí estaba aguardando, vestido de mi color favorito: negro. Nos dimos un fuerte abrazo, por el tiempo que había pasado, me ofreció algo para tomar e incluso preparó algo de comer.
El tiempo corría y debíamos estar en la cancha a más tardar a las 9:00 p.m., entonces cambió sus ropas por las apropiadas para jugar soccer; uno de sus compañeros de equipo hizo su aparición algunos minutos después, ya no estábamos solos.
El timbre del teléfono sonó y con un “ya bajo” salimos del lugar que tenía la luna en la pared. Entramos a un vehículo color gris de alguna marca que no recuerdo; durante el camino: besos en las manos, dedos entrelazados y un beso en la mejilla.

Fue interesante ver cómo se apasionaba con aquel partido. Llegó el momento de entrar a la cancha. Pese a la regla de los cambios, el joven del cabello medianamente largo de color rubio oscuro no permitió que nadie tomara su posición, y así fue como corrió de un extremo a otro buscando colocar el balón dentro de la portería contraria y lo logró.
Cuatro goles de cinco y sólo logró emocionarme con los últimos dos, que debo confesar, le aplaudí. ¿A quién no le gusta el goleador del equipo?
El pase a semifinales, como de costumbre, lo celebrábamos en una taquería. Dos de arrachera y uno de rib eye para mí, tres de arrachera para él; un par de cervezas para ambos. Algunos pequeños y juguetones besos hasta que llegó la hora de retirarnos. Llegamos de nuevo al lugar donde estaba su luciérnaga regañada. Hablamos por un rato, sacamos un juego de palabras, también una caja fuerte en forma de libro y por supuesto, el reloj de la luna.
En lo que nuestro atlético, mentiroso e hijo de la chingada se quitaba el atuendo de la victoria —por aquello de los goles—, me puse a revisar su librero. Pienso que puedes conocer mucho de una persona a través de los libros que lee, las películas que ve y la música que escucha; así que no perdería esa oportunidad. Encontré material interesante: un par de películas de Woody Allen, algunas de Wong Kar Wai —FUCK pensé—, y lo más atrayente de todo, los libros: Un diablo guardián, de Velasco, que tanto me gustaba, pasando por el arte de Joan Miró y terminé de morir cuando encontré a mi autor predilecto: Jaime Sabines. La vida me había jugado una gran broma que tomó forma de un sobresalto en el pecho acompañado con la palabra FUUUUUUCK.

Le pedí que leyera el poema de su elección y escogió mi favorito, en realidad no sería capaz describir las emociones que se anudaron en mi garganta y bajaron lentamente por el estómago, pero sí puedo decir que a partir de ese momento, algo cambió en mi mirada y supongo que él se dio cuenta. Un tiempo más y el roce de los labios fue desplazado lentamente por el roce de un par de dedos con piel de la espalda, del estómago, del pecho…
Finalmente, tomó el reloj de luna entre sus manos y se dispuso a acomodarlo en el lugar “perfecto”. Un par de movimientos por aquí, quitar el cuadro de la niña con cara de lobo, colocar la planta en la pared contraria y así, después de varios intentos, la luna quedó donde tenía que estar, muy arriba para poder iluminar todo con su romántica luz.
Un choque de manos por el éxito conseguido y un abrazo que dictaba la despedida; eran ya las 3 de la mañana.

Último acto. Quizá te ganó el corazón. Una felicitación para conmemorar el objeto de deseo que nos unió un par de meses atrás, una broma más y carcajadas.
Un último mensaje cuya respuesta no ha llegado y quizá no llegue, porque en esa noche él constató lo que alguna vez, de manera burlona advirtió: “A alguien le está ganando el corazón”. ¿A quién? No lo sabemos, pero esa respuesta quizás alguna vez se escape de sus dedos.
Siempre hay que tener buena educación, de agradecer por el ron con limón, la luna en la alcoba, el poema recitado, los ojos de la cachorra, los tacos y cervezas oscuras, el baile norteño, las carcajadas por la noche; gracias, joven de los ojos profundos, gracias porque aunque quisiste, no lograste ser un cabrón.
**
Si quedaste enganchado a esta historia, lee los 7 cuentos que demuestran que todos tenemos un poco de locura. O si te gustan los relatos de terror: La perturbadora y grotesca realidad de tus cuentos de hadas favoritos
**
Las fotografías que acompañan el texto pertenecen a Wiissa
