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Ilusiones en una avenida decadente

Letras Ilusiones en una avenida decadente


Las risas alborotadas resuenan hasta la avenida Vice, una pista tan célebre por su decadencia como por el centro comercial con el que colinda. Estas carcajadas provienen de un recinto inundado de incienso, orines, humo de cigarrillo y alcohol, olores que contrastan con el fresco aroma a desarrollo que emana el Real Plaza, el más grande complejo de tiendas de la ciudad de Piura: un poco más de medio centenar de tiendas ocupan 130 mil metros cuadrados de la tierra del eterno calor.

Aquí, en "Ilusiones" hay una vieja rocola de luces centellantes y muchas mujeres regordetas con ropas apretadas, escasas y los labios excesivamente pintados. Las paredes son de color rosa. Un rosa intenso. Sexual. En la fachada está pintada la imagen de una mujer rubia, blanca. Está sentada con una mano en la cabeza y otra sobre el suelo, tiene las piernas recogidas, como formando dos montañas de sensualidad. Frente al recinto, todas las tardes aparca un auto amarillo con flamas verdes dibujadas a los lados laterales y las lunas polarizadas. Tiene la apariencia de un auto deportivo, pero ningún logo respalda esa falsa opulencia.

Además de nosotros (vine con dos amigos más), en la mesa de enfrente hay otros tres parroquianos tomando cerveza y escuchando cumbia. Después de acomodarnos en una mesa roída, sin decirnos nada, una de las mujeres que lleva el escote más grande de todas, se acerca a nosotros con dos cervezas. “Se paga por adelantado. Son doce soles”, aclara tajante. Mi amigo le paga de inmediato con un billete de cincuenta soles. La mujer atraviesa el local y se acerca al hombre.

Éste viste un gorro negro y unos lentes de aviador que ocultan su rostro. Su pelo largo, sin embargo, deja ver unos cuantos rulos dorados que se balancean mientras mete sus manos en un canguro.

– Muchachos, allá están las flacas pa´ que bailen, pa´ que cachen, pa´ lo que quieran. Las sacan nomás– nos dice sonriente (y con una simpatía zalamera, sobona, engañosa y diabólica). Mientras, el hombre de los rulos le entrega el cambio a mi compañero. Todo indica que es el piloto del auto en llamas y de Ilusiones.

Una, dos, cuatro, seis cervezas. En la parte interior del portón hay una inscripción con letras negras y grandes: “Chicas Súperplus S/10”. Me llama la atención. Por eso busco respuestas en una de las chicas. Tiene el cabello rojo y corto, cachetes grandes, tono selvático y me inspira confianza.

– ¿Sí, qué desea? – responde.

– ¿Qué tal? ¿Cómo te llamas?

– Soy Estrella… ¿dos más?

– Sí, por fa.

 – Son doce soles.

Le doy el dinero y ella avanza hacia la barra.

– Espera… - la detengo tomándola de la muñeca y un poco nervioso - ¿cómo es para pasar a los cuartos?

– ¿Qué?

– Para pasar a los cuartos, ¿cómo es?

1606prostitucion

Estrella ríe y me dice que debería hablar con el de los rulos dorados. Luego se marcha a su sitio, con sus compañeras. La sigo con la mirada hasta su mesa. Estrella llama al hombre de los rulos y le habla al oído. El sujeto se acerca a nuestra mesa.

– ¿Qué pasa compadre?

– ¿Cómo es para pasar al cuarto?

– Tienes que arreglar con ella.

– Pero ella me ha dicho que tengo que hablar con usted.

– No, compadre, con ella tienes que arreglar.

El hombre vuelve hacia su mesa y yo miro a Estrella. Abro los brazos como preguntándole “¿Qué fue?”. Ella mira al sujeto de rulos y él parece ordenarle con una mirada fulminante: “¡Anda!”. Estrella me mira y mediante unos gestos burdos intenta convencerme de que su compañera de al lado, la del escote profundo, es la adecuada. Le respondo que no, que yo la quiero a ella, y no porque sea la chica más guapa del local, sino porque me inspira confianza para conocer cómo funcionan las cosas aquí.

Entonces Estrella se levanta, jalonea su falda hacia abajo y camina hacia mí.

– ¿Qué pasó, corazón?

– ¿Cómo es para pasar al cuarto? – le repito.

– Acá no hay cuartos, ñañito – me contesta maternalmente.

– ¿Y entonces?

– Tendríamos que salir.

– ¿Y cuánto cuesta un cuarto afuera?

– Veinte soles. Además tienes que pagar la salida al señor. Son veinte soles más.

– ¿Salida?

– Sí, para salir conmigo tienes que pagarle veinte soles al señor.

Hago mis cálculos. Tengo cincuenta soles en el bolsillo: veinte para salir, más veinte para el cuarto. Me sobran exactamente diez soles para pagar por su tiempo e intentar convencerla de responder las cuestiones por las que he llegado.

– ¡Ah, ya! ¿Y tu – tu – tu..? - Temo ofenderla si pregunto por su tarifa, su costo, su precio, su…

– Yo cobro cien soles – me dice y sus palabras fusilan mi duda y mis planes –. No te convengo, ñañito, mejor ándate de aquí.

Si bien tengo veinte años, mi ingenuidad no llega a tanto. En este momento se me ocurre pensar dos cosas: que los cincuenta soles de mi compañero la hicieron pensar que traíamos mucho dinero, o que nuestra apariencia –la de tres universitarios inexpertos, asustadizos y cuatrojos–  tocaron algún filamento emocional de Estrella.

Pienso en esas explicaciones mientras ella retorna a su mesa, habla con sus compañeras y después todas se confunden en una risotada. Quizá yo sea el motivo de la burla. Quizás Estrella les contó sobre mi propuesta.


Referencias: