‘Cuando crean en mi inocencia empezaré yo a considerar la de todos ustedes’. La fiesta de fin de año había estado bien. Me comporté adecuadamente. A veces encajo mal las copas y doy problemas. Pero esta vez, según parece, nadie estaba furioso conmigo. En fin, que a las doce y media de la mañana suena el timbre. Me levanto a abrir. Vuelvo a la habitación y me meto en la cama.

–¿Quién es? – me dice Carla.

–No sé – le digo  –Ven, acércate, que estás calentita y fuera hace frío.

Ella se acerca a mí y me abraza con su calor. Siempre desprende mucho calor. Yo me pego a ella y la aprieto. Mis manos se deslizan por sus muslos eternos y tersos. Entonces aparece Santana. Entra de repente en la habitación y nosotros estamos a lo nuestro debajo de la manta. 

–¿Quién está en la otra habitación? –me dice

– Pues ni idea –le digo  –yo pensaba que estarías tú.

Me levanto de la cama en calzoncillos y salgo con Santana. Él todavía conserva la ropa de la fiesta. La puerta de la habitación contigua a la que yo estaba permanece cerrada.

–Ahí dentro están mis sábanas, mi manta y el resto de mis cosas. Esté quien esté tengo derecho a levantarlo a hostias –dice Santana.

–Hombre… sí, vale –le digo –pero vamos a mirar.

Abrimos la puerta despacio. Dentro está oscuro. En la cama hay un bulto sospechoso pero no revelador.

–¿Qué dice la peña? –dice una voz pequeñita que sale del bulto de la cama.

– Es Fanuel –dice Santana –¡Fuerte hijo de puta! Levántate de ahí. Venga.

–¿Estás con Paqui? –pregunto.

– Sí –dice Fanuel, como murmurando.

–Venga, Santana, vamos, te quedas en la otra habitación –digo yo.

 Salimos y Santana se va a la habitación que queda más cerca de la cocina. Sus movimientos son lentos y pesados. Se escurre por el pasillo. Entra en su habitación y yo me meto en la del medio donde Carla sigue medio dormida. Entro en la cama. Me pongo a su espalda y me pego a ella como una lapa.

– ¡Qué frío estás!– dice ella. Yo le doy besos en el cuello y le meto la mano por dentro de la camiseta y ella se da la vuelta y me mira con sus ojos casi cerrados, los mofletes redondos y dibuja una leve sonrisa. Me acaricia el pecho con su cabeza. Me cura la resaca. Es algo mejor que el amor. Luego aparece Santana de nuevo.

juego sucio

–Me importa una mierda que esté Paqui ahí también –dice –Yo voy a entrar a coger mis cosas, que se me están congelando los huevos.

Yo ni me levanto de la cama.

–Claro que sí, Santana –le digo –y cierra esta puerta cuando pases para acá.

Se escucha el trajín en la habitación, algunas palabras malsonantes incluso, pero al cabo de poco tiempo pasa Santana con sus atarecos al hombro, cierra la puerta y yo sigo dándole a los asuntos del placer por otro rato con Carla. Después nos dormimos. Sobre las dos y media vuelve a sonar el timbre.

–Están tocando abajo –dice Carla.

– Me la suda –digo.

Y seguí durmiendo. Al minuto suena mi teléfono. Es Joe. No contesto. Me levanto. Abro la puerta y vuelvo a la cama otra vez. Estamos durmiendo un par de horas más, y cuando me levanto son más de las cinco. Carla sigue durmiendo. Fanuel y Paqui se fueron. Joe dejó una nota que dice que salió a comprar tabaco y vuelve. Entro en la habitación y Santana duerme como un tronco. Subo la persiana y, poco a poco, el hombre, va entrando en sí mismo. En cuestión de una hora ya había vuelto Joe y aparece Fanuel, esta vez sin Paqui. Todos de resaca. Era como una reunión de cadáveres en un cementerio.

Comemos las sobras de la cena y rememoramos algunos momentos de la noche. El que mejor se lo pasó fue Cuco. Alguien dice que hay que llamarlo, y yo le mando un mensaje para que venga a mi casa, pero Joe dice que con la que llevaba encima cuando acabó la fiesta, era complicado que ya estuviera vivo. Fanuel me dice que va a comentarle a su primo que yo tengo todo el material de pesca en el garaje, porque a no sé quién puede interesarle. Yo no le presto mucha atención pero le digo que sí, que hable con quien haga falta. Carla me pide que la lleve a su casa. Voy hasta allí en mi coche, la dejo y vuelvo despacio a mi casa. Al llegar veo que no ha cambiado mucho la estampa. Humo, cenizas en tazas de café, caras largas, suspiros. Elefantes que esperan pacientemente su inevitable muerte. En esas llega Cuco. Sus pasos son vacilantes y pausados. Llega hasta la cocina y nos saluda uno a uno chocándonos la palma de la mano.

–No somos nadie… –sentencia, agachando la cabeza.

 Arrima una butaca a la ventana y se sienta, quedándose callado por un rato. Asimilando su resaca, su situación, mimetizándose con el resto de lo que queda de nosotros.

*

Mientras los hospitales, los cementerios y los centros comerciales se llenan cada vez más de gente, yo vagabundeo por los rincones de mis dudas. Las palabras son enredaderas que cubren los bastidores de las puertas. El viento agita las cortinas. Se acaban los rollos de las cajas registradoras y las colas se hacen más y más grandes. Las bolsas de plástico van cargadas de pesares. La pesadilla es el temario en sí. La gasolina baja un poco pero sube el pan, la luz y el kilo de ciruelas. A lo mejor tú sabes lo que quiero decir. Es viernes por la noche. Me apetece comer algo. Voy a llamar a Santana. Me decido y lo llamo. Está sonando. Contesta:

 –¿Qué pasa Fé? –dice

–Santana –le digo – ¿vamos a comer al sitio este nuevo que está en Arinaga?

–¿Al de Zebenzui? –me dice.

–Sí, el que me comentó Paqui el otro día, en Santa Lucía. ¿Cómo se llamaba?

–Canela y Hierba huerto.

–Ese. Me dijo que el tío hace todo él mismo allí.

–Sí. Zeben es un máquina, el cabrón.

– Venga, pues vamos. ¿Dónde estás?

 –En casa de Brani.

–Ah, pues dile si quiere apuntarse. Paso por ahí ya.
 
Me subo en el coche y voy a buscarlos. En la rotonda del centro comercial Atlántico hay un buen atasco de principios de enero. Las pitas de los coches silencian el ruido de los pájaros. Fuera la gente parece preocupada, acelerada, como persiguiendo sombras. El aire está contaminado. Me cuesta pertenecer a esto. 

Me acuerdo de una mujer que suelo ver en el semáforo del cruce de Arinaga pidiendo dinero. Va con un cartel de cartón que dice que tiene dos hijos y que es muy pobre como para poder mantenerlos. Supongo que mientras nosotros estamos atascados en nuestras cosas ella permanecerá en su semáforo y sus hijos estarán dónde quiera que estén, y a ti y a mí, la verdad, no nos importa demasiado. Llego a casa de Brani. Toco la pita y salen. Conduzco hasta Arinaga. Llegamos y está todo ocupado. Nos sentamos en la barra a esperar.

Están todas las mesas ocupadas por familias o grupos de tres o cuatro personas, menos la más cercana a la puerta en la que sólo hay un hombre mayor bebiéndose una jarra de cerveza. Vemos a Zeben de aquí para allá; en la cocina, saludando gente en las mesas, preparando cócteles. Su ayudante pone panecillos en el horno. La verdad es que tienen un buen tinglao montado. 

Esperamos diez minutos, llega más gente pero no se desocupa el local y al viejo le sirven la segunda jarra. Cinco minutos después se vacía una mesa. Nos sentamos los tres y nos atienden. Hay dos hamburguesas de ternera. Una viene con jamón serrano, queso de cabra y cebolla frita. La otra viene con queso Camembert, cebolla caramelizada, aguacate y champiñones. Los tres pedimos la segunda. Yo la pido sin aguacate. Brani la pide medio hecha, igual que Santana. Yo la prefiero tres cuartos.

 –¿No te gusta el aguacate? –dice Brani.

–No me disgusta –le digo –pero no tenía ganas de echarle aguacate a mi hamburguesa.

–El aguacate contrarresta el sabor del queso –dice Brani.

–Yo quiero que el queso se imponga siempre.

 Brani trabaja como ayudante de cocina. Sabe algunas cosas del tema. Santana estudia Cocina también. Yo no me entero de nada pero me gusta el queso.

–Me gusta eso de que tengan una carta cortita –dice Santana

–Claro tío –dice Brani –y cuando te dé la gana coges y cambias la carta.

–Sí. Y te preguntan cómo quieres la carne –dice Santana –eso es un punto a favor.

–Tiene buena pinta este sitio –digo.

– Santana, ¿dices tú que este tío nunca ha trabajado en la hostelería? –pregunta Brani.

–¿Zeben? –dice Santana –Que va. Que va. Nunca, tío. Y se le ve desenvuelto eh.

Al cabo de unos minutos llega la comida. No se escuchaba palabra hasta que Brani habló.

–El cebollino es la clave.

–La verdad que sí… la cebolla caramelizada esta es una delicia –digo.

–No, jodío, el cebollino. el CEBOLLINO.

–¿Eso qué es? –pregunto.

–Las pintitas verdes que tiene la carne. Eso es lo que le da el sabor a la ternera –dice Brani.

– Sí que está bueno –dice Santana. 

Terminamos de comer y pedimos la cuenta. En lo que viene la señora con la cuenta Zeben se para y nos pregunta qué tal nos parece el sitio y si nos había gustado la comida. 

–Tío, está todo espectacular. ¿Lo haces tú todo? –le digo

– Sí, Fefo.

–¿Las salsas también?

–Sí… hasta el pan –me dice

–Sí, ya vi al chico dentro poniéndolos en el horno. Pues tío, enhorabuena. Esto parece que funciona –le digo.

–Fefo, como tú lo estás viendo ha estado toda la semana.

–Pues de puta madre –le digo –Nos veremos por aquí.
 
Y nos vamos. Caminamos por la calle peatonal, digiriendo la comida. Fue una buena cena, un buen descubrimiento el bar de Zeben. Brani saca la caja de tabaco y se enciende un cigarro. Santana le pide uno. Yo no quiero. 

–Lo único que me tocó los cojones –dice Santana –fue que tuviésemos que esperar quince minutos en la barra y un viejo sentado en una mesa bebiéndose una jarra.

–Seguramente cuando el bar esté vacío y no haya nadie comiendo ahí también estará ese viejito echándose su cerveza – digo.

–También es verdad…–dice Santana.

–La cocina era dos tercios del local –dice Brani –Ese tío se entera. No me digas a mi tú que nunca ha trabajado en la hostelería…

–Ya coño, Abraham…  –dice Santana.

Seguimos caminando. El aire fresco de la noche me roza en la cara mientras nos acercamos al coche y noto un pequeño escalofrío en la nuca que me recorre la espalda. De repente me siento bien. Supongo que no va a durar demasiado. Es agradable estar vivo.


*

 Ahora es por la mañana y me encuentro fresco. En el Barranquillo, algún niño que está de vacaciones tira bombas que le debieron sobrar el día 31. Me pregunto si los niños tirarán bombitas en Kósovo o en Sarajevo, como lo hacen aquí. Seguramente no. Allí eso no es ningún juego. Me llaman al móvil. Es Fanuel. 

–Mi primo le dijo eso a Acaymo y quieren ir por tu casa de Sardina esta tarde –me dice.

–Vale. Dile que nos vemos a las 6 –digo.

–No llegues tarde, Fefo, que ese tío es súper puntual.

– Que sí.
 
A las seis llego a mi casa. Aparco y me bajo del coche. Caminando hasta la puerta veo a Acaymo y a Damián. Acaymo es pescador de profesión y además es campeón de España de pesca deportiva. Es un hombre enorme, simple, de piel oscura chamuscada por el sol y rasgos marcados. Tiene pómulos enrojecidos, las cejas pobladas, nariz ancha y larga y la cara habitada por una barba de cuatro días. 

–Aquí sólo en anzuelos tienes un montón de material –dice Acaymo –aparte de todo lo demás. ¿Cómo lo dejas de precio?

–Tú separa lo que quieras. Yo suelo venderlo a la mitad de lo que pone el ticket, que es el precio que tenía en la tienda.

Él sigue mirando cosas. Parece interesado, absorto en todo ese montón de mugre que para mí no significa gran cosa. Me pregunta por algunas cosas y yo casi ni sé qué decirle.

–Tú sabes mucho más que yo del tema – le digo –Yo sólo tengo el material.

–¿Tienes plomos? Es difícil conseguir plomo hoy en día.

–Lo que queda está en esa estantería de abajo –le respondo. Él lo mira con bastante interés.

–Me puede valer para hacer péndulos –me dice. Yo no tengo ni idea de qué es eso, así que Acaymo saca su móvil y me enseña una retahíla de fotos con un montón de peces enormes. Por lo visto, los péndulos son los hilos de plomo de los que cuelgan los peces ya cadáveres. Tiene fotos con atunes, medregales más largos que él mismo, meros que parecen baúles…

–En mi vida he visto yo peces así, como mucho los habré leído en El viejo y el mar. ¿Has leído tú ese?

–¿El qué?

–¿Conoces a Hemingway? –le digo.

–¿A quién?

– Nada, déjalo ¿Te gustan los anzuelos?

– Sí. Hazme precio de esas cajas que están ahí –y me señala las cajas de anzuelos que había amontonado en el suelo.

 Empiezo a calcular lo que hay y suma algo más de 100 euros en anzuelos. Acaymo sigue regalándose el placer de mirarlo todo, escrutar lo que puede ser suyo y separar lo que quiere llevarse. 

–En 50 euros se te queda todo –le digo –y te regalo las cholas. –Él había estado mirando unas cholas de playa pequeñas, para su hijo.

Ñoss, ¿tanto? –me dice –Por cierto, el plomo no tiene precio. Yo, si me lo dejas a buen precio, me lo llevo todo.

–¿No pone precio ahí?

– No.

–Busco cuánto valen y te digo algo.

–Bueno, en principio me voy a llevar la mitad de los anzuelos –dice –y quita un par de cajas del montón que había separado. Yo recalculo el precio.

–Son 35 euros –le digo.

–¿Tienes cambio?

– Qué va. ¿Tú tienes cambio, Damián?

– No, qué va.

– Bueno, Damián, ¿tú respondes por este tío, no? –dice Acaymo –Yo te doy 50 euros y tú ya le das el cambio a él. Bueno, no, mejor te doy 55 y así le devuelves 20.

–Vale –le digo. Entonces lo meto todo en una bolsa y se la doy. Me guardo el dinero y los acompaño hasta la puerta.

–A ver, –vuelve a decir Acaymo –tú le tienes que devolver a él 20 euros. Espera –y entra de nuevo y se pone a revolver cajas –Me llevo también estas y estamos en paz –y cogió un par de cajas más de anzuelos.

– Vale –le digo.

–Mira tú a ver cuánto plomo tienes ahí. ¿Tienes como pesarlo? –me dice

–Sí, tranquilo. Yo lo peso y te digo un precio. 

Él coge su bolsa y desaparece con Damián. Yo me quedo delante de todo aquel montón de plomo. Después cojo el coche y conduzco hasta Pozo Izquierdo. Entro en mi casa y me siento a salvo, amparado del murmullo del gentío. Reposo, animoso, relamiendo el absurdo de mi existencia. Hay que andarse con ojo porque pretenden que piques tú también en el anzuelo. El juego sucio continuará hasta mucho después que estalle la última bomba. Los vivos corretean por el mundo, ciegos y sin rumbo. Los muertos trafican muerte a los moribundos. No confundas lo que digo con lo que tú quieres que diga. Si yo pago una ronda se supone que tú pagas la siguiente, aunque no es una obligación. Suena el teléfono y no quiero responder. La gente es mejor que yo.



Referencias: