La locura como materia prima de la literatura

La locura como materia prima de la literatura

Por: JLenciso -

la locura en la literatura
Existe una tradición en la literatura fundada en la creación de memorias o confesiones como las de Gustave Flaubert o las de August Strindberg, ligadas invariablemente a la locura. El primero tituló a su autobiografía Memorias de un loco en tanto que el dramaturgo sueco narró sus furiosos ataques de celos y las manías persecutorias que lo aquejarían desde 1887, como parte de su esquizofrenia, en Confesiones de un loco, aunque también hay locos no literatos que deciden reflejar en este tipo de textos sus experiencias mentales.

Un ejemplo son las Memorias de un enfermo de nervios de Daniel Paul Schreber, un afectado mental dedicado a labores judiciales –llegó a ser presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde- que decidió escribir sus ideas y percepciones a fin de que el estudio de su persona sirviera al juicio de los expertos como “objeto de observación científica”, en una especie de acto altruista, en beneficio de la humanidad.

Las Memorias… vieron la luz por primera vez en 1903, en una edición de autor que, se dice, fue comprada casi en su totalidad por la familia de Schreber, seguramente con la finalidad de evitar que la locura de su pariente anduviera circulando libremente por bibliotecas públicas y privadas, así como en consultorios médicos. Sin embargo, ese mismo año, el doctor C. Pelman, director del hospital mental de Grafenberg, hizo una distinción entre éstas y otras obras producidas por pacientes de hospitales psiquiátricos que, después de sus reclusiones en ellos, querían hacer públicas las privaciones de su libertad a las que fueron sometidos durante sus tratamientos. Las de Schreber no eran, ni por asomo, una queja similar, sino una rara muestra de un loco que quería aportar su experiencia al estudio de la locura, con una vasta genealogía de contenido artístico.

Es seguro que la amplia cultura de Schreber contribuyó a la peculiar visión del universo que en ellas muestra. Pelman exaltaba las capacidades racionales de quien aun siendo un “enfermo” poseía altas dotes intelectuales cultivadas a raíz de su posición en la sociedad alemana del siglo antepasado. “Que Schreber esté mentalmente sano es algo que no será aceptado por ninguna persona sensata, pero ésta no reconocerá a buen seguro de que se trata de un hombre tan intelectualmente dotado como respetable en su sensibilidad”, decía Pelman.

Schreber era doctor en derecho; tras su importante cargo en Alemania, padeció una “hipocondría” entre 1884 y 1885. Después de un breve periodo de tratamiento se “curó”. Hacia 1893 dicha “hipocondría” se acentuó de nuevo y ya no lo abandonó jamás. Fue recluido en la clínica del psiquiatra Paul Emil Fleshig, hasta mediados de 1894. Después fue trasladado al hospital privado de enfermos mentales del doctor Pearson —la “Cocina del Diablo”, como Schreber la llamaba— y posteriormente a otro hospital en Sonnenstein.

Según los dictámenes de inhabilitación, es decir, la visión “real” del caso, Schreber se quejaba de padecer reblandecimiento cerebral, se creía perseguido, tenía gran sensibilidad a la luz y el ruido. Una de las actas de incapacitación que dictaminaron su desequilibrio se manifiesta así:

“Posteriormente se hicieron (en el paciente) más frecuentes las ilusiones visuales y auditivas, y se adueñaron, junto con perturbaciones en la sensibilidad general, de todo su sentir y pensar; se consideraba muerto y en putrefacción; imaginaba que en su cuerpo se llevaban a cabo toda suerte de atroces manipulaciones y que hacía, como él mismo lo manifiesta aún ahora (1899), las cosas más terribles que alguien pueda imaginar; esto con una finalidad sagrada.”

Lo anterior alude a lo que Schreber consideraba una confabulación divina en su contra. Creía que el orden cósmico del universo, esa “construcción maravillosa”, dependía de él mismo; que su psiquiatra, el doctor Fleshig, estaba capacitado para manipular los rayos que comunican los nervios, órganos contenedores del alma humana, con Dios. Por ello, Dios debía ser nervio también, un nervio susceptible de ser seducido por las voluptuosidades humanas. Para no caer en tentaciones, Dios no trataba con vivos, sino sólo con muertos. Fleshig intentaba aprovecharse de esto y propiciaba un almicidio en contra del propio Schreber. Dicho almicidio no habrá de entenderse desde su etimología como un asesinato, sino como un robo del alma de otra persona para procurarse un beneficio. El fin que perseguía Fleshig al consumar el almicidio de Schreber era manipular el orden cósmico del universo. Esto se derivaba de una vieja relación entre las familias Fleshig y Schreber.

Si el equilibrio cósmico se había roto fue debido a un choque entre ambas ramas genealógicas y provocó que Dios dejara de ver al pueblo Alemán, al pueblo ario, como su elegido. Así, Dios acabó con todos los humanos; Schreber se creía el único que podía restaurar el orden del mundo, de ahí su vulnerabilidad ante el afán divino de exterminio; los seres que le rodeaban —principalmente los enfermeros de las clínicas psiquiátricas en las que estuvo encerrado— eran “hombres hechos a la ligera”, decía él, almas que transitoriamente cobraban forma humana pero que en realidad no eran personas comunes. Por todo esto y en un proceso natural para su defensa, Schreber intentó transformarse en mujer, lejos de la homosexualidad que posteriormente le imputaría Freud, en un acto de emasculación para seducir a Dios y parir una nueva humanidad.

Este destino fatal que le es dado a conocer a Schreber mediante “voces” está acompañado por una concepción genealógica de un universo fascinante. Aquél pensaba que el fin de todas las almas era fundirse entre sí para convertirse en unidades de un orden superior, partes integrantes de Dios; “antecámaras del cielo” les llamaba. Esto ofrece, decía él, un atisbo del eterno ciclo de las cosas subyacente al orden cósmico. Cuando Dios crea algo se desprende, en cierto modo, de una parte de sí mismo, de una parte de sus nervios, pero tal pérdida aparente se resarce cuando los nervios de los hombres muertos, una vez alcanzada la buenaventura, vuelven a Dios en forma de antecámaras del cielo. Sobre éstas entidades se erguía Dios en una bipartición peculiar: un dios inferior (Arimán) y un dios superior (Ormuz). El primero sentía atracción por los pueblos de raza morena y el segundo por los arios. Esta concepción de Schreber se basa, de modo manifiesto, en una tradición persa; para él, los persas fueron “el pueblo elegido de Dios” antes de que lo fuera Alemania. A propósito, el nombre Arimán aparece ya en el Manfredo de Lord Byron, relacionado con otro almicidio y Schreber lo sabía, como también estaba al tanto de los “almicidios” del Fausto de Goethe y del que aparece en el la ópera “El cazador furtivo” de Carl Maria von Weber.

Esta exploración a vuelo de pájaro del universo schreberiano arroja temas y genealogías que en mucho podrían valer la comparación con esquemas mitológicos y paradigmáticos de la literatura universal:

1. En primer término está el asunto de los arquetipos promovida por Jung. Como ha de recordarse, la visión arquetípica alude a ciertas nociones colectivas y heredadas que los ancestros transmiten, mediante algún registro indefinido, a sus descendientes. En Schreber pueden hallarse varios, entre ellos, la incursión de la divinidad en la psique humana mediante la locura, patrón que se repite desde la Grecia antigua, quizá desde antes.

2. Por otro lado está la estructura del relato con tintes míticos que señalaban ya los formalistas rusos, en particular Vladimir Propp. La lucha hombre (Schreber) en contra de Dios/Fleshig puede abordarse desde el esquema clásico de los “cuentos maravillosos”; algunos puntos que reproduce son: consta de un prólogo que define la situación inicial; recae en el protagonista una prohibición (locura, encierro); el agresor (Fleshig) engaña a su víctima para apoderarse de sus bienes (su alma); la víctima (el héroe loco) entra en un proceso de lucha para reparar el daño y recuperar sus “objetos mágicos” (su propia alma); el héroe recibe una nueva apariencia (emasculación); el falso héroe recibe su castigo; el héroe asciende al trono. Esta última etapa podría ser discutida: ¿Schreber obtuvo la victoria en la defensa de su alma y del orden del mundo? Luis Alberto Ayala Blanco ha sugerido una respuesta que bien puede afirmar tal cuestión:

“A fin de cuentas, Schreber demostró que su locura no era ningún impedimento para vencer lógicamente, con una precisión y una destreza inigualables, a las leyes y a la humanidad que lo habían condenado a un estado de imbecilidad irrefutable. En la Memorias… uno puede leer cómo logró, sin abdicar de sus convicciones (convicciones de un loco), que le devolvieran todos sus bienes y su libertad; en pocas palabras: terminó por dejar en ridículo la pretendida racionalidad que supuestamente debe imperar en todo hombre de bien que viva en sociedad. ‘En mi enjuiciamiento por incapacidad (…) obtuve un éxito completo’”, decía el mismo Schreber.

Desde esta segunda perspectiva, las Memorias… cumplen las etapas más generales del “cuento maravilloso” y como tal pueden ser leídas.

3. En tercer lugar dicha obra reproduce, en parte, un paradigma novelesco: El de Don Quijote como loco libertario. El amplio campo referencial de Schreber permaneció intacto aun en su “locura” y esto es algo innegable; las alusiones a Byron señaladas párrafos arriba así lo confirman y hacen recordar el desorden mental que Don Quijote padece después de leer tantas novelas de caballería.

Para profundizar en la fascinante locura de Schereber se recomienda consultar dos libros fundamentales, ambos editados en español por Sexo Piso: Memorias de un enfermo de nervios y El loco impuro, este último de Roberto Calasso; ambos datan de 2003.

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Referencias: