La Montaña de fuego

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La montaña de fuego
La Montaña de fuego

Para finalizar, camina lentamente entre los asientos, nos mira con desprecio y toma nuestras hojas. Las alza una por una al aire, saca su encendedor y les prende fuego ante las miradas desconsoladas de todos nosotros. Mi esfuerzo se quema, y las llamas metiéndose por mis pupilas. Javier “el apuntador” Rivero lo goza, es un maldito. Su sonrisa de payaso, una lágrima en mi rostro. Terminado el espectáculo toma sus cosas, y antes de irse exclama sin complejos con su pose de triunfador —la clase ha terminado.Al salir veo el escenario de la calle. Los autos cruzándose, la noche que llega puntual como las olas desatadas, y la misma rabia de todos los días. Llego a casa. Intento dormir pero el jodido sueño de siempre me exaspera; mis padres cogiendo al mediodía, obligando a su hijo de 10 años a ver películas de los años 60´s en la sala. Fahrenheit 451. Es como un trauma.Aturdido, regreso a la realidad. Saco de mi mochila el cuaderno de apuntes y me clavo en la fotografía oculta. La manía de ver a Esther con sus ojos deformes y su figura atrayéndome… como la extraño. Sin querer, mis ojos no se mueven ni se cierran, y una pregunta se suelta por el túnel con pálido altavoz. ¿Qué carajos estoy haciendo?Quería irme de casa, lo logré. Vivo en la azotea del Hotel Lovercraft, un edificio antiguo que fue adquirido por unos gringos locos aficionados a “Las montañas de la locura”del viejo Howard.Es por eso que, ¡carajos!, yo vivo en la montaña de la locura. Como todas las noches, subo al techo, admiro la ciudad desde las alturas, sentado en la cima de la montaña. Una oscura tranquilidad. Puntos de luces en todas partes, gatos invisibles gritándose entre sí. Quería trabajar, no lo logré. Ser independiente, creo que lo logré. Ser escritor…. ¡Qué mierda!El jefe me quería para ser abogado, doctor y hasta arquitecto. Pero esas jaladas no son para mí. Yo quería ser escritor.Fue así como llegué a la Academia Nacional de Escritores. Pero todo es una pinche mamada, porque nos quieren volver máquinas sabelotodo, capaces de destrozar textos con la mirada, perpetrar universos, juzgar sin saber lo que realmente el autor quiere decir. Me da asco creer que puedo convertirme en un superdotado capaz de encontrar el error, la mancha absurda en el paraíso, y dejar de leer por placer.¡Vaya pensamientos tan jodidos!. me digo mientras espero las 10 de la noche para ir a un concierto de Punk Rock, con mis amigos Manolo Dexter, José Pepe Grillo y el Gustavo Zanahoria. Amigos entrañables.Al llegar al bar, con luces tenues y mucho ruido, todos los chavos lucen el negro, color insignia del inframundo. Tragos, gritos, y besos furibundos de las parejas. Ambiente de nivel. La banda sube al escenario. La gente grita, el suelo sucio y mojado, y el alcohol escurriéndose por los cuellos. Estridencia. Todos los cuerpos comienzan a girar como ritual prehispánico, el calor los rodea y los ojos se aceleran, se golpean. Las guitarras sin explotar, nadie se detiene. “En mi mundo sólo hay amigos y cervezas, y a veces unas viejas”, grita el vocalista. Y yo quiero matarme aquí, para qué verga quiero leer libros si puedo reventarme, explotar. Una danza de malditos, guitarras veloces. Para qué mierda quiero escribir, si todo es una porquería. El ruido como arte, la palabra con destino vuela y gira, agoniza, y de repente, cae matándose en miles de pedazos y la respiración es una bomba de tiempo que no perdona, los golpes ya no duelen, y el corazón se agita.El show ha terminado. Un sonar de moscos invisibles en las orejas, producto del ruido constante que cuando desaparece deja un vacío inesperado. Una llamada, me vibra el bolsillo. Pepe Grillo y Manolo Dexter a mi lado, saciando su sed. Gustavo Zanahoria es hijo de mami, hace horas que huyó. —¡Bueno!—¡Hola, mi escritor favorito! ¿Dónde andas?. Ya llegué a casa, te espera tu domadora.—ríe como perra la maldita.—Estoy en la Sekta, hubo tocada de Punk.—Qué fastidios con esa noña.—Sabes que no me gusta esos bares de mala muerte, puros mugrosos van y tu no lo eres. Ven a casa, te traje un ejemplar buenísimo de Bukowski, y ahh—grita emocionada la cuatro ojos—te conseguí “El hombre más triste y solitario del mundo y salpicado de vómito” de JoséAgustín.Obviamente me emocioné un chingo, le dije adiós a mis cuates, y ahora salgo disparado rumbo a mi casa para hojear los hermosos libros.Al llegar al hotel, subo rápidamente por las escaleras hasta la azotea. Abro de golpe la puerta de acceso a la locura y todo es silencio y oscuridad. Enciendo las luces y la miro. Ella sentada en la cama, con su cuerpo curvo y delgado que provoca orgasmos, sus piernas apenas cubiertas por un diminuto short negro de mezclilla, una horrible cucaracha en su muslo derecho; es Kafka, se ve radiante con tinta negra. Ella sonríe, como si hubiera estado esperando el momento de mi llegada para quitarse los lentes y la blusa y dejarme ver sus senos bien plantados y totalmente fijos en mí. A su lado están “La Máquina de follar”y “El hombre más triste y solitario del mundo y salpicado de vómito”, un techo azul en forma de piso.Por cortesía, la beso efusivamente y tomo los ejemplares. La gloria del universo está contenida en mis manos.—¿Te gusta?—¡Por supuesto!, ¡muchas gracias!

Jodida sonrisa de felicidad.Bebemos Whisky hasta quedar fuera de órbita, lejos de nosotros mismos. Violeta, una fotógrafa que vuelve a extasiarse en mis brazos, en un ciclo de imágenes opacas que circulan a una velocidad incalculable.Los minutos mareados siguen pasando. Ella desnuda en la cama, se levanta y trastabilla. Vieja putrefacta. Quiero dormir. Va por sus libros, me llama el gran escritor. Me harta. Yo no soy un escritor. Su cuerpo tatuado y los libros. Quiero besar a Kafka. Quiero acariciar a Kafka con demencia, y subir…Elige “las flores del mal”. Sus labios, rojo hinchado. Pasos ciegos. Recita a Charles, pág. 233:“El demonio se agita sin cesar a mi lado, flota en torno a mí como un aire impalpable”.

Mis ojos difusos. Todo gira, regresa, se deforma. Está leyendo, al borde de la cama, sobre mí…“Lo respiro y siento que quema mis pulmones, y los llena de una ansia sempiterna y culpable…“Y se repite. Un sueño, una realidad. Los padres amándose, Fahrenheit en la sala. Consumiéndose sin remedio, sangre color fuego por mi cuello, hojas que se extinguen…Cerca del amanecer, el cielo invisible, sin ganas de vivir. Prendo el estéreo, “Simphony Of Destruction” de Megadeth.Ella sin ropa, atada de pies y manos a una silla. Violencia en su cabello, hundida en resaca. Al frente, una montaña de locura, armas dominantes de la mente apiladas frente al receptor. El cuarto bien cerrado, Violeta despierta sin comprender y me ve frente a ella. La montaña nos separa.—¿Qué pasa? ¿Por qué me amarras?

Saberse sometida le hace entrar en pánico.

—Lo comprendí, cariño. Tuve un sueño y ya sé que tengo que hacer.Un deseo me invade al acercarme a ella, como el de penetrar mujeres, pero con más sentimiento.—Querida, no necesitamos tener libros, son sólo letras que limitan nuestra mente, nos oprimen y nos dictan lo que debemos pensar y hacer, nos minimizamos al saber que existe un maldito libro, el cual leeremos y leeremos. Tenemos que matarlos, mi amor. Su única función es enseñarnos cosas nuevas, no manipularnos…La música sonando…

—¡Qué tonterías son esas! ¡Tú amas los libros!—Los amo, es verdad. Pero no debemos atarnos a ellos, sólo sirven para ser leídos, y luego hay que desecharlos, porque de eso modo usaremos lo que hojeamos con pasión y desenfreno. Los libros sólo nos mantienen viviendo al azar.—¡Estás enfermo, has perdido la razón!—No, mi amor. La he encontrado. Ahora, quiero que decidas. Tu vida o la de estos demonios.Violeta rompe en llanto, grita débilmente ¡Auxilio!

Le lanzó una bofetada para luego cubrirle la boca. Casi me muerde, pinche zorra desquiciada.
Ya no me importan sus nombres ni sus hazañas; Saramago, Bradbury, Borges, Quiroga, Bolaño, Dickens. A todos los rocío sin remordimientos, y luego con despiadada mirada y como acto de liberación de mi alma, arrojo todo mi rencor en ese pequeño palillo con la cabeza quemándose, que cae tímidamente en la montaña.Una enorme llama que casi llega al techo comienza con la fiesta, la fotógrafa no para de llorar y desear poder hacer algo.Yo sólo admiro el momento, que arda el mal. Recuerdo todo mis textos muertos, mis ganas se escribir se van. El fuego se esparce por todo el cuarto. Humo negro, todo se nubla, la vida, los sueños, el ambiente se calienta.Mi querida Violeta. Aún con tanto humo, la hermoseo. Su cuerpo de diosa bañado en sudor. El sonido del fuego, las páginas velozmente se van, me voy, me lanzo boca arriba. La veo por última vez, sufriendo, atada sin poder luchar.Aterrizaje. La tortura está aquí, todo arde. Todo se va, sangre hirviendo, el estéreo explota. La montaña colapsa…Me arrojé, y sólo queda, la destrucción.

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