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La muerte en Venecia de Thomas Mann (2ª parte)

Letras La muerte en Venecia de Thomas Mann (2ª parte)

El viaje o el camino

 

Aunque Mann lo afirma, La muerte en Venecia deja poco claro si viajar es, de hecho, una medida higiénica. Probablemente sí. ¿Qué es, sino contaminación, el encierro en una rutina que mata la creatividad, el estancamiento de los sentidos, de la conciencia, el conformismo rampante que deshace los tejidos de la vida, la apatía que provoca el sabernos finitos e impermanentes? Ahí es a donde nos lleva el autor, a la aventura que es seguir los pasos que el corazón dicta, los caminos que dibujan las ansias, el deseo que de antemano sabe la tragedia que avecina. Y nos subimos, con él, con Aschenbach, a aquella góndola veneciana que evoca los ataúdes, las locuras sigilosas y perversas en el destello nocturno de las aguas, la muerte misma, dice Mann, el féretro y la lobreguez del funeral. El silencioso viaje final. Y, entonces, también con él, al principio dudamos, quedarnos en Venecia o en cualquier lugar del mundo, para morir, o irnos a morir a otro lado. Al final, vamos. La certeza de que éste, ése que veía Aschenbach oculto entre los rizos de Tadzio, era el camino correcto, incluso cuando era fatal, borra cualquier rastro de duda.

 

 

Y yo me pregunto, si así fuera el viaje, si nos llevara un gondolero clandestino, sin cobrarnos, si nos recibieran con las puertas abiertas en un hotel de primera, si encontráramos motivo de obsesión, locura y amor sobre la arena de una playa, si nos acompañara la soledad fértil de las páginas en blanco, ¿quién podría negarse a la travesía?

 

La belleza

 

Alguna vez, sentada junto al mar en cualquier rincón olvidado de Acapulco, divisé a un hombre muy hermoso. Su piel morena y aquellos ojos tostados que se convirtieron en poesía no dejaron de hipnotizarme, hasta que la tarde, el ocaso y la muerte de ese día de maravilla anunciaron el fin de la historia. La obsesión quedó encapsulada en un par de versos: “Cabrá toda la grandeza de la luna / en un solo instante de adorarte”.

 

 

¿Es la belleza lo que, en el último capítulo de la vida, nos mata? ¿Morimos de belleza? Para Aschenbach, era la imagen de Tadzio, su figura, su juventud, lo que provocaba el dolor y la esperanza: fue inspiración, fue musa, fue el duende que, una vez dentro, completó lo imposible, el amor inalcanzable que devora por las noches y acelera en las mañanas. Irónica es la existencia: aquello que impulsa a amanecer, a recorrer los callejones de una ciudad maldita, a aguzar oído y vista para capturar hasta el mínimo detalle del objeto del deseo, es también aquello que desvía y descarrila la cordura, es también aquello que domina el sentido común y lleva a las últimas consecuencias.

 

 

Y en un orden de ideas que podría parecer lógico, a simple vista, dice Sócrates que la belleza es la única forma de lo espiritual que podemos aprehender y tolerar con los sentidos; y contesta Schiller que el encanto de la belleza estriba en su misterio, que si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia; y entonces Goethe nos concede el epitafio: la belleza es indivisible, el que ha llegado a poseerla, antes de compartirla prefiere anonadarla.

 

 

Aquella maravilla que leemos en La muerte en Venecia, su tragedia, real o ficticia, duele. Tener al alcance de los dedos tanta verdad hace sufrir. Es de suponer, entonces, que con tanto ruido, con tal estruendo ensordeciendo el alma, “se mueven las palabras, la música / se mueve sólo en el tiempo; mas / lo que sólo vive no puede / sino morir. Tras el discurso / las palabras aspiran al silencio”. Y como en los cuartetos de Eliot las palabras al silencio, en las de Mann, Aschenbach a la muerte y su quietud.

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann (1ª parte)

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann (3ª parte)

 


Referencias: