La necesidad de estar solas para ser tan creativas como Virginia Woolf

La necesidad de estar solas para ser tan creativas como Virginia Woolf

Por: Olympia Villagrán -




"Constantemente me he encontrado dentro de un santuario... a veces de gran agonía; y siempre con algo de terror; el mayor miedo es el de mi soledad; el de poder ver hasta el fondo del barco. Esa es una de las experiencias que he tenido durante algún agosto; la cual me llevó a un estado de conciencia que yo llamo realidad: algo que veo delante de mí: algo abstracto; que reside en lo más bajo o en el cielo; junto a lo que nada importa; justo donde yo descanso y continúo existiendo. Yo lo llamo realidad. Y en ocasiones me parece que es lo que más necesito: lo que busco. Pero ¿quién sabe una vez que se tome una pluma y se escriba? ¿Qué tan difícil es no ir volviendo realidad esto y el otro mientras esto es una cosa? Ahora esto es mi regalo: esto es lo que me distingue de todas las personas: creo que puede ser raro tener un sentido tan agudo sobre algo como esto, pero nuevamente ¿quién sabe? A mí también me gustaría expresarlo".

Virginia Woolf

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Mujeres como Virginia Woolf comprendían mejor que nadie en la Tierra la necesidad de poseer un espacio desde el que pudiera ver a través de las ventanas de cristal la realidad pasando sin importarle nada. Dentro de cuatro paredes, donde sólo se sentía ella junto a su persona, Virginia encontró en la agonía de saberse impar una fuente de creatividad con la que la escritora transformó el mundo del ensayo y la novela. Para Woolf, escribir una carta, editar un texto o comenzar una novela era igual a desvanecerse en el lienzo de una pintura para colocar cada trazo donde debía ir. 

Y aunque en ocasiones la escritora se desvanecía casi por completo, en el fondo de su soledad se volvía a encontrar para emerger de la nada impulsada por la creatividad. Una que entendía su depresión, sus arrebatos y su amor por la literatura. Misma que soportó todos y cada uno de los despojos con los que la vida le fue quitando partes de su felicidad, la cual ya casi no recordaba, pues lo único que acompañó a Virginia la mayor parte de su vida fue la soledad.

Lo que parecía una triste realidad se convirtió en la mejor existencia de Woolf, sentirse sola la hacía recapitular sus heridas para poder escribir, pero no sobre ellas, sino con éstas. El miedo a perderlo todo, hasta a ella misma, la llevó a un estado de consciencia del que florecieron trabajos inverosímiles; la soledad hacía que su creatividad rebotará sobre las paredes de su habitación, pero también la hizo sentirse en el infierno muchas veces, después la elevaba hasta el cielo de las palabras y finalmente le permitía seguir existiendo, sola, pero real.

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La gran escritora no ha sido la única que ha necesitado de estos atisbos de abandono y aislamiento para dotarse de la mayor inventiva, pues todas podemos encontrar en la oscuridad de la soledad los vestigios de luz que iluminan nuestros pensamientos, pero más que cualquier otra cosa, nuestros sentimientos. Pues justo de ellos es de donde bebe la creatividad, pero muy irónicamente, estos no flotan en la superficie hasta que nos encontramos en medio de una libertad apabullante, misma que sólo podemos alcanzar estando solas. 

Y da miedo; quema, lacera, tortura y nos condena, es cierto, pero estar solas también nos acerca a la libertad de visualizar, de proyectar y crear lo que jamás pudimos habernos regalado en compañía de nadie. Porque permitirnos ser tan creativas como podamos es un regalo que ni el amor más grande de otro podría darnos jamás. Encontrarnos con nosotras mismas, saber que nos pertenecemos, que vivimos por y para nosotras, y entender que lo único que tenemos es lo que creamos es el verdadero sentido de todas las lágrimas derramadas, de todas las noches heladas, de todos los rasguños en el alma y de los varios agujeros en el pecho.

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La libertad con la que te permitirás llorar mientras escribes 
sin planear los movimientos de tu pluma, sólo puede 
darse en la intimidad de "una habitación propia". 
En medio de la independencia creativa, alejada del ruido, 
dejando que la sordera borre los prejuicios de tu mente y 
permitiendo que la soledad desate, como nunca antes, tu creatividad. 


La locura de Virginia Woolf no se trató más que de su valor por enfrentarse sola a una realidad con la que ella supo crear obras magistrales. Por momentos se sintió vacía, derrotada y casi inexistente, pero empaparse de su propia creatividad la salvó de muchas crisis y a pesar de que la tristeza la invadió desmedidamente múltiples veces, Woolf jamás dejó de plasmar en tinta lo que su más leal compañera, la soledad, le decía al oído.

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La ilusión de estar acompañadas se transforma en la prisión con la que enjaulamos nuestra creatividad, algo que margina nuestra realidad, encadena nuestras alas, limita nuestra felicidad y destruye lo único que en verdad importa: nuestra vida. Distinguirse de los demás por defender esa vida, aún si eso significa quedarse sola, es lo que transforma nuestra realidad en algo extraordinario, es lo que vuelve a la soledad en creatividad.

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Lejos de ser un fracaso, caminar solas es el enorme éxito de consagrarnos como mujeres y no como sombras; sacar las espinas que se nos clavan cada vez que nos recordamos junto a alguien más para pintar, bailar, escribir o cantar con ellas, es el mayor amparo del que podemos gozar únicamente las que sabemos encontrar en nuestra independencia la inspiración para imaginar cualquier cosa. Lejos de la desgracia, en la privacidad de la separación, podemos repararnos solas para volver a existir, para volver a sufrir la realidad, para crear sin que nadie nos detenga. 


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Referencias: